Buscando justicia (Just Mercy)
EE.UU., 2019, 136′
Dirigida por Destin Daniel Cretton. 
Con Michael B. Jordan, Jamie Foxx, Brie Larson, Rob Morgan, Tim Blake Nelson, Rafe Spall, O’Shea Jackson y Karen Kendrick.

Veinte casilleros atrás

Por Gabriel Santiago Suede

Suelo llegar tarde a casi todos lados. Es una constante en mi vida. La cuestión es que, para no perder la costumbre, había leído algunas reseñas favorables a esta película pero por esas cosas del trabajo, hijos, esposa, vida en general, se me había hecho imposible ver. Bueno, llegó el fin de semana. Por esos azares que brindan los compromisos familiares me tocó quedarme solo entonces me puse al día. Por algún motivo empecé por Buscando justicia. Todo lo que había leído sobre ella me resonaba a esas películas bienintencionadas sobre juicios malhabidos y condenas injustas. No me pregunten por qué, pero conmigo suele funcionar muy bien eso: En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993) me había afectado bastante al final de mi adolescencia, allá por inicios de los 90. El problema es que estas películas suponen un problema más bien del orden de lo afectivo, de lo emocional, antes que cualquier otra cosa.

Si, Mi primo Vinny (Johnathan Lynn, 1992) también mostraba un proceso judicial con acusados equivocados. Y el efecto no era el mismo que el de la película protagonizada por Daniel Day Lewis. No obstante, por más que el tono fuera distinto, la sensación de impunidad de buena parte de las películas de juicios sobre acusados injustamente siempre tuvo algo de interés extra. Distinto era el caso de Mientras estés conmigo (el ridículo título local de Dead Man Walking, de Tim Robbins, 1995), en donde la culpabilidad estaba comprobada, pero lo que estaba en cuestión era el sistema de la pena de muerte. De igual manera la sensación frente a esas películas siempre es la de un sistema de justicia que funciona como si ser tratara de El proceso (Orson Welles, 1962). Si, ya sé que hay un montón de casos más sofisticados, mejores (de Von Sternberg a Ford, de Lang a Wellman, de Hitchcock a Preminger, de J.M. Stahl a Wilder, de Lumet a Friedkin), pero la cinefilia emocional tiene esa consistencia grasosa en donde lo que flota inmediatamente en la memoria es lo que tiene menos peso, menos proteína y mùsculo.

Buscando justicia me recordó de inmediato a esos thrillers judiciales de los 80s/90s en donde lo importante no era narrar algo desde una perspectiva distinta a la corrección política (quién puede estar en contra de que se libere a una persona encarcelada incorrectamente?), sino indignarnos todos juntos y en coro. Y es que, en definitiva, las películas de juicios de barricada tienen ese componente que las vuelven irrefrenables: no les podemos pedir originalidad, ni sentido del humor, ni contradicciones. Son películas hechas y pensadas para el statement, para que afirmemos declaraciones del estilo «qué hijos de puta estos yanquis racistas y su sistema de juicios de mierda» y cosas así. Porque el statement es tranquilizador, nos deja pipones después de la cena. Nos permite insultar al hombre invisible y a otra cosa. Y si algo tiene la película del ignoto Destin Daniel Cretton (que será el responsable de dirigir la película de Shang Chi and the legend of the ten rings para Marvel, dato que me acabo de anoticiar) es que cumple con todos los requisitos que el formato pide: personajes acusados injustamente, abusos policiales, jueces corruptos, amenazas contra quienes buscan la verdad, abogados abnegados y asexuados, estados sureños con un racismo extendido…y casos reales.

El mayor de los problemas que expresa Buscando justicia es que no funciona ni como relato clásico y convencional de lo ya conocido y visto una y mil veces como tampoco funciona ninguna tentativa autoconciencia. No se trata de un ejercicio de estilo, no se trata de una parodia pero tampoco es una narración que salga de la medianía de la corrección. Es, en buena medida, una película realizada sin alma, sin mayores ideas pero también carente de corazón, algo que demanda de una u otra forma esta clase de subgénero del policial. El resultado entonces resulta poco estimulante porque ni siquiera alimenta las ansias grasulientas de quienes queremos emociones baratas, indignación fácil y puteada. Porque si bien cuenta con todos los requisitos está vacía. No es casual tampoco: se ha ido perdiendo esa relación con el pasado, en donde incluso la historia más convencional del mundo podía ser representada porque se confiaba en los personajes y en la narrativa. De todo eso solo nos queda una sucesión vacía de esquemas apolillados.

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