Cartero 
Argentina, 2019, 80′
Dirigida por Emiliano Serra
Con Tomas Raimondi,  Germán de Silva,  Macarena Suárez,  Jorge Sesán,  Carlos Defeo

Vender un buzón

Por Rodolfo Weisskirch

Hay que terminar con la nostalgia. Seguir exprimiendo sentimientos de juventud, cuando todo era, en apariencia, más inocente e ingenuo, es un leit motiv que se está agotando. El problema es que, a veces, esa nostalgia es doble: no es lo mismo representar el pasado (con los códigos actuales) a representar un tiempo pretérito con una estética y un código del pasado.

Aunque parezca mentira ya pasaron 20 años del 2000. Asi las cosas, el cine argentino está comenzando a rememorar esa época como una era dorada, como un contexto de renacimiento de la cinematografía nacional después de años de oscuridad y abandono (las diversas dictaduras destruyeron la continuidad industrial del cine argentino pero desde el retorno de la democracia costó muchísimo reconstruir una tentativa de estabilidad institucional, que llegó con la nueva ley del cine a mediados de los 90 pero que recién entre finales de esa década y los primeros 2000s comenzó a rendir frutos). Pero estos “renacimientos” no vienen solos, sino que están situados -inevitablemente para un cine con un fuerte anclaje realista- en un contexto socio-económico-político. La Argentina de finales de los 90s e inicio de los 2000s es la del final del gobierno peronista de Menem (con estafas, robos, privatizaciones fraudulentas, desocupación y bastante más), pero también es el país de la crisis del 2001, los saqueos, la devaluación brutal de 2002, la represión social. En esa transición se sitúa Cartero, una película que no se decide entre representar el pasado o representarlo con las estrategias narrativas del pasado.

La ópera prima del montajista Emiliano Serra es una película que retrata la hipocresía estatal, la melancolía…pero fundamentalmente la nostalgia por una época de transición, donde todavía no usábamos mails y mucho menos internet o celulares -eran muy pocos los que tenían- para comunicarnos. Todavía se valoraba escribir una carta a mano, expresar sentimientos a través de un pedazo de papel, a puño y letra. Ahí hay una declaratoria de principios.

El asunto es que, en su intención de llevarnos a aquellos años, el punto de vista del film de Serra termina muy alejado a la estética de una película de los 90s. Esto, a priori, no es bueno ni malo. Pero tiene sus efectos. Sin ir más lejos, el realizador se preocupa en cuidar cada detalle para que su opera prima parezca post 2000, es decir, se propone reconstruir un pasado histórico con la agenda estética de años posteriores. Hay indicios concretos de esa inscripción transicional: un local se llama 9 reinas -en una clara alusión al film de Bielinsky que marcó un quiebre al cine nacional de aquella época-, elecciones de casting que no parecen casuales, como Jorge Sesán -protagonista de Pizza. Birra, Faso; película que es tomada por críticos e historiadores como punto de partida del Nuevo Cine Argentino-, que tiene aquí un personaje secundario-, y sobretodo la estética, la elección de colores de fotografía, vestuario, elección de locaciones céntricas, edificios que están olvidados en el tiempo, negocios eternos, etc. Los méritos del cuidado de la fotografía, no solo en la elección de filtros de colores, sino en el uso de lentes y cambios de foco también es funcional para que no veamos la Buenos Aires de 2019 colada en la Buenos Aires de los 90. Por último la elección de Gustavo Santaolalla para la composición musical (recordemos que a mediados del 2000, y gracias a un par de Oscars en su haber, Santaolalla era el músico del momento). Es tal el cuidado de la reconstrucción de esta época -tanto de los 90s, como de la estética del NCA- que Santiago Hadida (guionista) y Serra se olvidaron de lo que realmente parecían narrar.

El pretexto es la historia de Hernán, un joven que viene de Los Toldillos a la Capital para hacer el CBC y trabajar en el Correo Nacional (en vez de argentino, curiosamente). Progresivamente Serra va develando de a poco que estamos a fines de los 90: ausencia de celulares, carteles conmemorativos del crimen de Cabezas -para quienes no lo sepan: un fotógrafo asesinado en 1997 por el entorno de seguridad del entonces exitoso empresario Alfredo Yabrán, vinculado a negociados con el gobierno de entonces-, referencias publicitarias, etc. Todo aparenta que se trata de un relato de iniciación mezclada con retrato de un contexto económico, que incluso se vincula a la actualidad: recambio generacional, presiones para retiros voluntarios, estafas de financieras.

En el medio, vemos al protagonista obsesionado con una mujer que camina por la calle. Y de a poco Serra va abandonando toda búsqueda de retrato de época para concentrarse en este comportamiento un poco stalker del protagonista, que pone en peligro la relación con sus compañeros de trabajo. De joven tímido e introvertido, algo ingenuo, el personaje comienza a transformarse en un suerte de Travis Bickle porteño (pero con otras aspiraciones).

Cartero procede, entonces, gracias a un estudio meticuloso de las obsesiones narrativas del NCA. Películas que mostraban al argentino de clase media, luchando el día a día, calladito sin levantar el rostro hasta que en algún momento explotaba todo, en un climax, a veces, un poco inverosímil, pero que simbolizaba un cambio de rumbo doble: el final de una época pero también un cambio en el modo de narrar. Y los críticos y cinéfilos aplaudíamos entonces, enceguecidos, por la novedad del recurso. Pero los últimos 5 minutos de Cartero no solamente son inverosímiles y abruptos, sino que además pecan de una cursilería ridícula y manipuladora, efectista, incluso para un film que apela a cierta nostalgia a la vez que critica valores y costumbres perdidas. Incluso, hay que atribuir que el film tiene buen ritmo y momentos atrapantes, y podría haber continuado tranquilamente durante media hora más, exprimiendo un poco más el comportamiento del protagonista con su obsesión. Era preferible eso antes que justificarlo de la forma más naif posible. Un giro narrativo forzado e innecesario, que demuestra la ausencia de una idea o concepto más allá del retrato formal o reconstrucción llena de matices de una época.

Porque vale aclarar que, incluso, en la forma de hablar, y de utilizar ciertas expresiones, el film es meticuloso. Pero si detrás de aquello no hay una narración sólida que sostenga las pretensiones de radiografía generacional, el resto se cae a pedazos, como si lo único que importara fuera el gesto de replicar formalmente la época pero no de interpelarla. Un flashback explícito destruye no solo el esfuerzo técnico y de puesta en escena de toda una película, sino también la efectividad narrativa. No es la primera ni la última vez que suceda. Pero acá la decisión se encuentra completamente fuera de contexto, injustificada. Es tan arbitrario el uso del recurso, que la sensación final que se genera es la de una enorme impotencia: la sensación de que durante 80 minutos, los realizadores estuvieron subestimando al espectador, al que le vendieron un buzón.

Cartero es la demostración más explícita que debemos dejar atrás una década (o dos) y mirar al frente, al presente. Preguntarnos qué dilemas acontecerán en los próximos diez años en materia cinematográfica. Cómo podremos reflejar los contrastes de los últimos tres gobiernos, en apariencia opuestos, que pasaron por el poder durante la última década. Y cómo, eventualmente, eso influyo en una sociedad adicta a las redes sociales y al streaming. Presente y política. La apología a la nostalgia, al menos, con esta estética, murió acá.

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