Downton Abbey 
Reino Unido-Estados Unidos, 2019, 122′
Dirigida por Michael Engler.
Con Hugh Bonneville, Jim Carter, Michelle Dockery, Elizabeth McGovern, Maggie Smith, Imelda Staunton, Penelope Wilton, Laura Carmichael y Joanne Froggatt.

Solo para entendidos

Por Carla Leonardi

Antecedentes: la serie. Situada temporalmente a comienzos del siglo XX, la serie desplegaba a lo largo de sus capítulos (emitidos entre 2010 y 2015) las vicisitudes de la familia Crawley en su mansión de Downton Abbey (situada en el Condado de Yorkshire). Los Crawley pertenecen a la aristocracia rural inglesa y se ven en aprietos de herencia y sucesión cuando el futuro heredero (esposo de la primogénita Mary), fallece en el hundimiento del Titanic y deben recibir al nuevo heredero. El desconocido, resulta ser un abogado de Manchester, nada familiarizado con las costumbres de la aristocracia. La introducción de este nuevo y extraño integrante genera desavenencias entre los miembros de la familia y así también entre el mundo conformado por la aristocracia y el mundo conformado por la servidumbre.

El especial de Navidad con que concluyó la serie, situado temporalmente en el año 1925, planteaba un cierre relativamente armónico para la mayoría de los personajes. Este final vacilará ante el nuevo acontecimiento que, tanto los Crawley como su servidumbre, deben afrontar en su aparición cinematográfica: la visita a la mansión de la familia real. La estadía de la realeza en Downton se presenta como la oportunidad de recuperar un momento de esplendor, en medio de la decadencia en la que ha ido sumiéndose la aristocracia a partir de la Primera Guerra Mundial. Desde ahí hay que arrancar para pensar el por qué de esta película, que aparece cuatro años después de terminada la serie y sin motivaciones aparentes.

La continuación: la película. El film abre con el imponente recorrido que la carta real, anunciando la visita, realiza desde su escritura, pasando por su transporte y su recepción en la puerta trasera de la mansión, hasta llegar a las manos de Lord Robert Crawley (Hugh Bonneville). Teniendo por delante dos semanas, comienzan los ajetreados preparativos por parte de la servidumbre y ya se advierten diversos focos de conflicto. Por un lado, la incomodidad de Violet Crawley (Maggie Smith) por tener que recibir a Maud Bagshaw (Imelda Stauton) en la residencia en calidad de dama de honor de la Reina María (Geraldine James). Entre la matriarca Violet y Maud (que es prima de Lord Robert) hay un tenso resquemor por cuestiones de herencia y sucesión.

Por otro lado, la llegada de Wilson (David Haig), el mayordomo real, anuncia que los reyes traen a su propio servicio completo. La servidumbre de Downton (por exigencia despótica de Wilson) queda relegada del agasajo a los reyes, teniendo solamente a a su cargo el servicio de sus pares reales y este hecho comienza a crear fricciones. Al mismo tiempo, la ineficiencia e inseguridad del mayordomo Barrow (Robert James-Collier) para comandar el servicio e imponerse ante el mayordomo real, genera que la primogénita Lady Mary (Michelle Dockery), haga regresar a la escena al viejo y retirado mayordomo Carson (Jim Carter), abriéndose así un potencial frente de conflicto entre el viejo y el nuevo mayordomo de los Crawley.

Por otra parte, la presencia de un extraño personaje que se hace llamar Mayor Chetmore (Stephen Campbell Moore) instala un clima de misterio. Chetmore es un personaje ambiguo para el espectador, entre el detective y el espía, dado su típico atuendo. Los encuentros de Tom (viudo de la fallecida hija de los Crawley, Sybil) con el intrigante personaje (al ser Tom irlandés y sostener una posición política de desprecio por la aristocracia) lo sitúan para la familia como el blanco de todas las sospechas de deslealtad.

Esta línea narrativa en clave de intriga así como la puesta en escena de colores apagados, los ambientes en penumbra y la bruma que rodea en ocasiones a la campiña dan cuenta de un ambiente turbio y enrarecido que coquetea con el film noir pero también con ciertas formas del policial de enigma, aspectos que conectan a la película con el clima de corrupción moral y de intrigas palaciegas que en algún momento planteara Gosford Park (2001) de Robert Altman. Esto no es casualidad, ya que el creador de la serie participó en aquel film como guionista.

El conflicto interno. El tratamiento que se da a las diferencias y disputas en la película tiene la particularidad de no ser abordado en términos de conflictos entre clases sociales, sino al interior de cada una de ellas. Así las envidias, los celos, las luchas de poder, se juegan en lo que podemos llamar, a decir de Freud, el “narcisismo de las pequeñas diferencias”.

Siendo de la misma clase social, la distinción de “reales” genera, en los sirvientes de la realeza, un sentimiento de superioridad desde el cual expresan su agresión, sometiendo y humillando a sus congéneres de Downton. En lugar de trabajar juntos en un ambiente de colaboración lo que se produce es una réplica de las formas autoritarias del ejercicio de poder. Es así que en respuesta a la tiranía de la servidumbre real, se gesta entre los sirvientes del castillo una maliciosa y simpática “revuelta” orientada a restituir su honor, sirviendo en la cena de agasajo a los Reyes. Esa tensión intra-clase es un dato curioso, por lo general omitido en esta clase de películas que ponen el eje en las relaciones de contraste alto

En cuanto a la aristocracia, las disputas por el poder se dan en una lógica más de tipo capitalista, en pos del control del patrimonio. En esta línea, destacan las escenas del dueto entre Lady Violet y Lady Maud, con mediación de Isobel Merton (Penelope Wilton), vehiculizadas por un logrado humor ácido e irónico en boca de Violet.

Al mismo tiempo el director aporta como temática propia de la época la rigidez de un puritanismo moral que lleva a varios de los personajes (como Lady Maud, Thomas Barrow o la Princesa María), a sostener los pesados semblantes socialmente aceptados, para evitar la condena social. La felicidad se ve asi cercenada por el secretismo de relaciones amorosas y nacimientos por fuera del marco de la aristocracia, por el ocultamiento de la homosexualidad y el silencio respecto de la disparidad de género de tipo patriarcal. Estamos en la lógica del melodrama palaciego. Asi y todo, el anclaje principal de la película gira en torno a la comedia, por lo que la rivalidad no aparenta un cierre hiperbólico ni melodramático, sino que habilita una estructura de reconciliación con las diferencias, lo cual tiene su broche en la secuencia final del baile de salón.

Y entonces? Es cierto que Downton Abbey es una película que sin dudas disfrutarán más los seguidores de la serie que los neófitos. Acaso la idea no haya sido otra que permitirles a los seguidores de la primera hora ver a sus entrañables personajes brillar una vez más en la pantalla grande. Y no mucho más que eso. Como un bonus track. Como un bis final en un recital. Al mismo tiempo, para quienes no hayan transitado el universo de la serie, la película resulta un tanto ardua y caótica al comienzo, dada la cantidad de personajes con una frondosa historia previa que resultan desconocidos y en los cuales no se puede profundizar plenamente ya que la velocidad que ostenta hace que sea compleja la comprensión en una primera instancia de visionado. No obstante, si el espectador novato, logra meterse en la trama, puede llegar a aquerenciarse con las aventuras de los singulares Crawley y sus sirvientes, funcionando la película como una interesante puerta de entrada al universo de la aristocracia y la realeza que, al ser tan alejados y extravagantes, al ser tan opacos y plagados de pliegues, resultan particularmente fascinantes.

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