El árbol de peras silvestre (Ahlat Agaci) 
Turquía-Macedonia-Francia-Alemania-Bosnia y Herzegovina-Bulgaria-Suecia, 2018, 188′
Dirigida por Nuri Bilge Ceylan.
Con Dogu Demirkol, Murat Cemcir, Hazar Ergüçlü, Bennu Yildirimlar y Serkan Keskin. 

Las raíces

Por Carla Leonardi

El joven Sinan regresa a su pueblo de origen luego de haberse graduado como maestro en la ciudad portuaria de Canakkale. A poco de llegar es frenado en su camino por un comerciante que manifiesta que su padre le debe dinero y que se ha negado a saldar su deuda dándole a cambio  su perro de caza. Idris (Murat Cemcir), el padre de Sinan (Dogu Demirkol), es el patriarca de esta familia de clase media venida a menos, en parte por las circunstancias económicas del país, y en gran medida por las deudas que contrae apostando a los caballos en un intento de redención para paliar su magro sueldo como docente. Los planos que muestran a la madre y al padre de Sinan, encuadrándolos mediante las aberturas de las puertas, dan cuenta del encierro de ambos en esa situación matrimonial y económica de decadencia. Los fines de semana Idris trabaja en el campo, donde vive su padre junto al perro de caza, y lo ayuda a mantenerlo. Su persistencia y obstinación en trabajar en un pozo del cual quiere obtener agua y hacer prospera la tierra, contrario a los resultados que obtiene, serán características de él, que cambiarán de valor para Sinan, conforme pase el tiempo. Sinan, a su vez, acaba de graduarse y ha escrito un libro que ansía publicar. El mundo se abre como una gran promesa para él, fuente de esperanza capaz de librarlo de su chata vida de campesino, pero chocará con dificultades tanto para insertarse laboralmente (debe aprobar un examen estatal al que se presentan muchos aspirantes), como para publicar su libro, ya que al no tratar de lo que la mayoría espera (que son los valores turísticos de la Ciudad por la cual la pondera Occidente), sino de experiencias personales ficcionalizadas, ninguna de las personas influyentes con las que se entreviste, querrá financiarlo. 

Aquí ya podemos ubicar varias cuestiones. La idea de la tierra como riqueza y abundancia que debería alcanzar para todos, pero que el sistema económico hace posible sólo para aquellos que tienen los medios de producción en escala industrial antes que la artesanal. En esta linea funciona el monumento del Caballo de Troya que vemos al comienzo, antes de que Sinan tome el ómnibus de regreso al hogar, símbolo del engaño del progreso, que en apariencia se presenta como agradable en tanto posibilidad, pero que en verdad funciona con vastas cantidades de excluidos respecto de las grandes riquezas.

Por otro lado, el padre de Sinan, se presenta como un padre devaluado, a quien se le ha perdido el respeto, tanto por sus fracasos económicos como por su compulsión al juego. En este sentido, Idris es símbolo de la declinación del padre en tanto ordenador, reemplazado por la matriz simbólica y despersonalizada de los mercados que organizan nuestra vida, homogeneizándonos en tanto consumidores. Esta pérdída de las marcas identificatorias y de la sacralidad de la tradición es uno de los efectos de la globalización a la que el director pone de relevancia. Como contrapunto, aboga por recuperar el color local a partir de la puesta en valor de lo artesanal y de la particularidad de la tierra turca, que se expresa tanto en el libro que ha escrito Sinan (que lleva el nombre de la película), como en la propia película y en el estilo del mismo director, que opera como un modo de resistencia frente a los modos de representación hegemónicos. 

La película, al mismo tiempo, puede leerse desde el género de historia de aprendizaje. El regreso de Sinan, al fin de cuentas, no es otra cosa mas que su iniciación en el mercado laboral, mundo hostil que lo confrontará a perder su pureza y traicionar ciertos principios morales para poder publicar su libro y aspirar acaso al reconocimiento de construir una identidad como adulto. Publicar un libro es para Sinan la posibilidad de vanagloriarse de haber logrado algo. En los esfuerzos por diferenciarse de su padre, de no repetir el lugar de “perdedor” que le atribuye, Sinan no se da cuenta cuánto termina pareciéndose a él. Nada más seguro que repetir el modelo paterno, que aquello que se haga por oposición a él. 

El regreso de Sinan en tanto regreso a la aldea es la posibilidad de verla con nuevos ojos, ya que en el intervalo ha transcurrido cierto tiempo. Por eso el punto de vista de la película preponderantemente el del protagonista, que observa a sus padres, al alcalde local, a la joven con quien tuvo un amor platónico en su adolescencia, a un famoso escritor, al Iman, en sus contradicciones. Su mirada al comienzo está teñida de arrogancia y condena. Su padre ha caído en el juego, su madre se queja de él pero permanece a su lado por amor, su amor adolescente ha dejado de escuchar a su corazón para casarse con un hombre adinerado, el escritor reconocido lo confronta con sus sueños románticos de una literatura anti-sistema, el Imán acepta dinero para su salario y mezquita a sabiendas de que sea dinero mal habido. Todos son mediocres provincianos. Y Ceylan no tiene inconvenientes en poner todas esas miserias sobre la mesa. 

Los colores del terruño, luminosos en verano, durante la etapa de búsqueda y esperanza de Sinan, darán paso a la aridez y crudeza del invierno, cuando sus esfuerzos hayan fracasado y deba realizar el servicio militar. La tierra prometida de prosperidad, vira hacia ese escuálido e infructuoso árbol de peras que se encuentra en el campo de la familia Karasu, símbolo de la escasez económica, pero a la vez del valor del crecimiento que ha dejado la experiencia en Sinan. Ese padre, que al comienzo avergonzaba, ahora jubilado y que ha vuelto a vivir en el campo, será visto con otros ojos cuando Sinan regrese del ejército. Ya no es el reproche y la distancia lo que lo liga a él, sino la posibilidad de un acercamiento, tolerando las contradicciones compartidas. No se trata de que el padre sea un modelo intachable, sino de que pueda transmitir su deseo. El goce de la palabra, la perseverancia, la rareza y la soledad; lo dulce y lo amargo, se vehiculizan en Sinan como efectos de su transmisión, como esa savia que corre producto de su inscripción en la genealogía familiar.

Lo notable de El árbol de peras silvestre, es que pese a ser una película con varios pasajes de extensos diálogos filosóficos sobre política, literatura, religión o la experiencia de vida, Nuri Bilge Ceylan evita el subrayado y la pesadez, apoyándose principalmente en poética visual, que habla y dice mucho más y mejor que sus personajes: ya sea a través de la fotografía, de las sutiles irrupciones de lo onírico y lo fantástico o del acompañamiento que la cámara realiza de los personajes en la sinuosidad de los caminos campestres, la película es una explosión de belleza que se abre a múltiples resonancias. 

Comentarios