El emperador de París (L’Empereur de Paris)
Francia, 2018, 110′
Dirigida por Jean-François Richet.
Con Vincent Cassel, Olga Kurylenko, Freya Mavor, August Diehl, Denis Ménoche, Fabrice Luchini y Denis Lavant.

Ídolo con pies de barro

Por Carla Leonardi

Mito. La placa del comienzo de El emperador de París, acompañada con sonido de tambores de batallan, nos sitúa espacio-temporalmente en esa ciudad, pero más específicamente 1805, más exactamente cuando Napoleón Bonaparte fue coronado Emperador de Francia y extendía su campaña militar por el resto de Europa. Hablamos de tiempos de inestabilidad socio-política, pues continuaban vigentes los movimientos revolucionarios a la vez que se incrementaba la delincuencia. Es en este contexto de caos que surge la figura de Francois Vidocq, un hombre particular y plagado de contradicciones, que supo forjar una leyenda en las calles de la ciudad luz. Pero si bien Vidocq fue un personaje con existencia real el comienzo de El emperador de París brinda el contexto histórico pero no presume una plena fidelidad a los hechos reales, habilitando así una versión antes mitológica que biográfico-realista del personaje en cuestión. El desafío del director Jean-François Richet era entonces estar o no a la altura del mito de Vidocq, quien al fin de cuentas fue fuente de inspiración para la construcción de emblemáticos personajes de escritores como Balzac, Victor Hugo y Edgar Allan Poe. 

Personaje. Antes que nada…quién fue Vidocq? Se trata de un legendario fugitivo de la ley. Si bien siempre estuvo al borde la la guillotina, su capacidad extraordinaria especializada en las artes en el escape, la simulación (y el disfraz) sumado a su conocimiento pleno del mundo de la criminalidad, le permitió salirse con la suya durante muchos años. En ese contexto la película arranca con uno de sus escapes como prisionero en una galera y sigue sus rastros hasta llegar a la promesa de ser designado como el Primer Director de la Polícía Nacional (por el entonces Ministro del Interior Joseph Fouché, hombre que supo manejar los hilos de la política desde las sombras y mantenerse en el poder, conspirando en la caída de gobernantes de distintas posiciones políticas), un verdadero arco dramático de un extremo a otro. A lo largo de todas las peripecias que atraviesa, Vidocq se constituye como un hombre de doble naturaleza. Proviene del hampa y ahora juega para el bando de la policía, buscando redimirse y reinsertarse en la sociedad. O al menos lograr que ese mito sea el que prevalezca: el del sujeto del bajomundo que logró ascender socialmente y convertirse en uno presuntamente legitimado. 

Las peripecias. La secuencia de la fuga de la galera ya nos presenta a los personajes principales del submundo criminal que rodea a Vidocq (Vincent Cassel): Cortaud (Jérôme Pouly) es el compinche que lo pone al día respecto de quién en quién en el submundo oscuro del hampa; Maillard (Denis Lavant) es el enemigo de Vidocq, pero a su vez es quienmaneja a los prisioneros del bajofondo a cambio de favores que recibe de los guardias; Nathaniel de Wenger (August Diehl) es un peligroso criminal que salva la vida de Vidocq en el barco y aprovecha esta deuda para fugarse junto con él. Este juego de relaciones continua unos años más tarde, cuando Vidocq se escabulle en las calles de París bajo un nombre falso y la apariencia de ser un vendedor de telas ambulante, buscado y perseguido tanto por Maillard como por la policía. Vidocq no tarda en ser descubierto por los secuaces de Maillard y, vendido por ellos, es apresado nuevamente por la policía. Acusado de asesinato, se encuentra otra vez al borde de la guillotina. Ante la impericia del Jefe de policía (Patrick Chesnais) para mantener las calles limpias y seguras, con lo cual puede aspirar a obtener la Legión de Honor que tanto ansía, Vidocq le ofrece sus servicios para capturar criminales a cambio de su indulto. Celebrado el pacto, Vidocq compone su banda con el ladrón borracho Courtaud; Annette (Freya Mavor), una joven que sobrevive en las calles como ladronzuela y prostituta (y con quien tendrá un romance) y un duque (James Thierrée) y su joven hijo, a quienes la República confiscó sus bienes.

Noir, mon amour. La paleta de colores apagada, donde predominan los marrones, y la escasa iluminación, dan cuenta de la sordidez y la miseria del ambiente en el que se mueven los personajes del bajomundo y la muchedumbre parisina, en contraste con el lujo que detenta la aristocracia y los mandos políticos poder. Lo que los iguala, en todo caso, es la oscuridad, pues tanto la Baronesa (Olga Kurylenko) como el terrible Fouché (Fabrice Luchini) arribaron y se sostuvieron en el poder de maneras poco claras, recurriendo a los criminales para realizar sus trabajos sucios. En este sentido, la película se construye como un policial negro, anclado en tiempos del bonapartismo, donde se desnuda la corrupción tanto del poder de policía como del poder político, temas centrales de esa particular manera del policial. El poder de policía o del régimen político y el poder de quien maneja el submundo del hampa, como en todo noir, son las dos caras de la misma moneda. El titulo de la película, El Emperador de París, al fin de cuentas, remite entonces a quién detenta el poder en esa ciudad, en un punto donde tanto el amo de los suburbios del hampa como el soberano de la política -y que cuenta con el beneplácito de Napoleón-, colaboran juntos y se nutren mutuamente para lograr sus objetivos. En el submundo criminal el trono lo ocupa Maillard, luego Wenger -al derrocarlo- y por último Vidocq, lo cual anticipa la puesta en escena al dotarlo de vestimenta principesca (galera, chaleco y frac), que lo diferencia de los otros dos. El circuito de favores, alianzas, traiciones e intrigas entre los dos estratos sociales, es trabajado mediante el uso de espejos. Los niveles de la corte y la aristocracia cultivan una apariencia de bondad y belleza, pero todos en la alta sociedad esconden un pasado turbio que no se deja ver.

Yo, el otro. Al mismo tiempo, Vidocq mismo busca diferenciarse de la criminalidad, reiterando ante sus detractores: “No soy uno de ellos” y en esta línea incurre la película principalmente al mostrarlo como una suerte de héroe justiciero y legendario. Lo cierto es que Vidocq distaba mucho de ser un héroe impoluto, pues si bien introdujo cierta racionalidad y sistematización en la investigación criminal, sus oscuros métodos (donde violaba las libertades individuales) fueron frecuentemente cuestionados. Su figura está marcada por una profunda serie de contradicciones y una oscuridad que no lo abandonó. De hecho yay una enorme distancia entre el Vidocq que existió y el personaje de aura heroica que construye principalmente la película. Su esencia se captura sólo en algunos pasajes que marcan su doble vida, así como en su caída en lo oscuro al vengarse de Wenger, particularmente tras haber matado a sus compañeros y a su amada. El plano inclinado de la figura de Vidocq, luego de ahorcar a su rival en la penumbras de la iglesia, da cuenta de que la diferencia que pretendía sostener se ha borrado, reduciéndose a ser un criminal. Si bien Vidocq no conseguirá el indulto por parte de Fouché, hacia el final se consagra como emperador de París. Su inminente llegada a la cúpula de la Policía Nacional no es gratuita, no es sin haber manchado sus manos de sangre. El Amo del juego sigue siendo claramente Fouché, mientras los gobernantes y los jefes de Policía pasan por delante de la ventana del palacio desde donde los ve partir. Él, incólume, hábil y malicioso, permanece. 

El emperador de París, no funciona cuando más cree en el mito sino cuando más lo cuestiona. Por eso la inclinación a dotar de un aura heroica y bonachona al personaje de Vidocq desluce un tanto los resultados de este biopic desplazado sobre el mito. Tratándose de una figura tan compleja como atractiva es una pena que el peso de la acción no permita capturar más profundamente su esencia llena de matices y contradicciones. Los mitos precisan que el barro los manche para reinventarse. Pero esa no es la idea en esta ocasión.

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