El hijo 
Argentina, 2019, 92′
Dirigida por Sebastián Schindel
Con Joaquín Furriel, Martina Gusman, Luciano Cáceres, Heidi Toini y Regina Lamm.

Les dije que tenía razón…

Por Rodolfo Weisskirch

El terror gótico, a esta altura de las circunstancias, bien puede considerarse un subgénero aparentemente muerto. Si, tuvo su máximo nivel con las producciones clase B de la Hammer, de un lado del Atlántico, y con producciones de la AIP, entre otros Roger Corman, del otro lado. En Argentina, sin ir más lejos, el maestro de esa variante del género fue Narciso Ibáñez Menta, quién con pocos recursos (centralmente el fuera de campo), algo de maquillaje e interpretaciones adecuadas, llegó a constituirse en una referencia ineludible.
A qué viene esto? Bueno, en los últimos años, particularmente en los últimos 8-10, se produjo un notable resurgimiento del horror en Argentina, entre otras cosas gracias al festival Buenos Aires Rojo Sangre, a un espacio preponderante en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, y posteriormente en el BAFICI. Sumado a eso, varios realizadores se animaron a realizar propuestas góticas, cuyos resultados no estaban a la altura de lo esperado, especialmente porque sus directores estaban más interesados en emular un modelo visual preexistente -cayendo en cada uno de los lugares comunes del género- que en plantear una historia que a una narración que justificara la construcción de un universo visual netamente gótico.

Sebastian Schindel – que venía de dirigir el drama El patrón, construido como si fuese una crónica policial- no solamente entiende cómo diseñar visualmente una narración derivada de un guion sólido, sino que, además, le aporta una mirada propia, me atrevería a decir que casi de autor, a un producto que, a primera vista, parecía destinado a ser un mero vehículo comercial.

Si, hay referencias ineludibles en El hijo. La premisa del film, sin despeinarse demasiado, es básicamente una relectura de El bebé de Rosemary. Sintéticamente: un artista plástico, en pareja con una mujer sueca, intenta tener un hijo para construir una nueva vida familiar. Su primer matrimonio fracasó y sus hijas siguieron a su madre hasta Canadá. Su nueva pareja quiere dar a luz en la casa bajo los estrictos cuidados de una institutriz que la crió y no habla una sola palabra de castellano. Lorenzo –notable Joaquín Furriel que se pone al hombro todo el peso emocional de la historia- no solo ve con malos ojos la evolución del embarazo y la crianza del niño al que apenas puede ver, sino que también comienza a creer que hubo una sustitución, y su verdadero hijo no es el que le muestran.

Lo que une a la película de Schindel con la de Polanski es, en primer lugar, la paranoia del protagonista. Si bien la narración tiene el punto de vista de la mejor amiga –y ex pareja- de Lorenzo, es el personaje de Furriel quien lleva adelante el relato. La película intenta crear empatía por él, claro, pero al mismo tiempo deja abierta la posibilidad de que todo se puede llegar a tratar de una locura del personaje infundida por las extrañas actitudes de la esposa y su nana. En este sentido, el protagonista sufre de una manipulación psicológica similar a la de Rosemary. ¿Hasta qué punto está siendo parte de un complot que lo supera? 

Durante la mitad del film, Schindel trabaja una construcción directamente ligada al gótico, generando excelentes climas gracias a una utilización equilibrada de la fotografía, la banda de sonido y aprovechando estéticamente la locación seleccionada. Pero también está el mundo real. Y acá es donde el director abandona los clichés y lugares comunes para posarse en un universo que conoce: el de los juzgados y comisarías, que pueden ser tan o más aterradores que las habitaciones del hogar.

Más allá de otorgarle un contexto verosímil, lo que se enfatiza es el concepto de “me quieren volver loco”, pero desde ambas perspectivas. El mundo real y el universo fantástico se fusionan para destruir al personaje. De esa manera el espectador sufre más por las injusticias que el protagonista –al igual que en El patrón– debe sortear en una sala donde espera la resolución de un juez, que las que sufre en el sótano donde se desarrollan extraños experimentos. El descenso al infierno que sufre el personaje tiene dos líneas temporales: una preparto y otra post en los juzgados, que se intercalan. Al mismo tiempo va acompañado del punto de vista de un matrimonio amigo que no puede tener hijos –Martina Guzmán y Luciano Cáceres, sólidos en sus interpretaciones- y que toleran cada vez menos, los comportamientos pseudo-violentos de Lorenzo.

Schindel se encarga de torturar psicológicamente al protagonista, lo hace dudar de su propia lógica, pero también lo convierte en un antihéroe que busca revelar la verdad, sin importar las consecuencias. De ahí se comprende que la degradación física sea fundamental, pero la coherente involución hacia la insanidad mental es lo que tiene prioridad. Por eso, las dos líneas temporales crean un misterio casi hitchcockiano, que estipula puntos de contacto con Cuéntame tu vida

Poco importan realmente los roles de la esposa sueca y la institutriz, que le quitan al protagonista lo que éste más anhela, una segunda oportunidad de ser padre. Esto es asi porque lo que el director desea es exhibir hasta qué punto un personaje se puede humillar o hasta dónde puede llegar, para hacer justicia por mano propia, algo que vuelve a vincular a esta película con su largometraje previo.

El pasado como documentalista de Schindel queda en evidencia ante el meticuloso proceso judicial y burocrático que debe atravesar Lorenzo, casi como si se tratara de una pesadilla kafkiana. En paralelo, también opera una segunda lectura, en torno a un a marcación de época: una sutil denuncia contra las personas que se automedican o prefieren evitar vacunar a los recién nacidos, que evitan la medicina moderna y los hospitales, y en cambio eligen métodos más antiguos y tradicionalistas, que ponen en riesgo la salud de bebés y madres.

Sebastian Schindel evita plantar una bandera panfletaria y prefiere que el espectador saque sus propias conclusiones. El discurso está presente, pero, al mismo tiempo, oculto bajo la capa del género, y eso provoca que El hijo sea un film conciso, económico y mucho más ingenioso e inteligente de lo que aparenta. 

Lo más atractivo y motivador, para quién sigue la filmografía de Schindel, es ver el crecimiento de un realizador que no se deja tentar por la fórmula comercial, que utiliza las herramientas cinematográficas clásicas funcionalmente y construye un relato a su medida. El director investigó el género y le aporta una clara mirada autoral, sin romper con la esencia del gótico y sin perder una posición propia hacia ciertos temas.

Film que confía en las miradas de los personajes, en los diversos puntos de vista, en el fuera de campo –la escena del parto es magistral en sentido puramente cinematográfico- el suspenso y las hipótesis antes que, en los discursos obvios, o las resoluciones forzadas, El hijo demuestra que con una visión pensada desde la narración podremos tener un cine de género inteligente, en donde el homenaje es un punto de partida, no de llegada.

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