Encandilan luces: viaje psicotrópico con Los síquicos litoraleños
Argentina, 2018, 80′
Dirigida por Alejandro Gallo Bermudez. 
Con Alan Courtis, Mark Gergis, Humphrey Inzillo, Nicola Kokote. 

Un viaje a ninguna parte

Por Rodolfo Weisskirch

Desde Godard a Jonathan Demme, pasando por Martin Scorsese, Ron Howard e incluso, en territorio argentino, Nicanor Loreti, el rockumentary ha entregado notables obras siguiendo bandas o retratando la historia de músicos exitosos en sus mejores y peores momentos. Sin embargo, a veces los trabajos más interesantes son aquellos que nos permiten descubrir grupos de artistas que pasan por debajo del radar. Mitos, leyendas urbanas o rurales que no llegaron a triunfar o prefieren vivir en las sombras. 

No es dificil entender la atracción que Los síquicos litoraleños pueden despertar en un joven realizador cinematográfico como Alejandro Gallo Bermúdez. Lo que cuesta entender es por qué Encadilan luces, viaje psicotrópico con Los síquicos litoraleños nunca encuentra la brújula.

Durante 10 años, el director siguió a la banda por sus extrañas giras en Europa y el litoral argentino,  pero el compendio de este material nunca queda demasiado claro. Por un lado, porque el realizador se propone no revelar demasiado sobre la identidad de sus integrantes, no los enfrenta a la cámara para que siga existiendo un halo de misterio sobre ellos, quiénes son, de donde vienen, por qué hacen lo que hacen; los expone a través de grabaciones caseras a las que tuvo acceso y que recuerdan un poco al estilo de Entre dos luces, el documental sobre la banda Suárez. Pero por otro, nunca hay una propuesta cinematográfica clara detrás de la obra.

Provenientes de Curuzú Cuatiá, provincia de Corrientes, Los síquicos son un grupo que fusiona el chamamé con el punk. Sus letras y vestuario hablan sobre encuentros extraterrestres y drogas alucinógenas. El film de Gallo Bermúdez intenta, a lo largo de sus diversos capítulos, hacer una radiografía bastante simplista del chamamé y el espacio geográfico, no solo como cuna del género musical, sino también como punto de encuentro de lo esotérico, lo lisérgico y lo folclórico, contexto en donde el grupo nace.

El realizador apela a dos diferentes tipos de estética: una limpia, clásica, con cámaras soportes de registro (tecnología de los equipos de rodaje, para ser precisos) y una más sucia, asociada con la estética de los videos y los collage caseros que hacía la banda con mini vhs y estilo noventoso. Para esto elige testimonios de músicos e historiadores musicales de la zona. Al menos en su mayoría, y asoma, muy cada tanto alguno de la revista Rolling Stone o de otro medio más masivo. Sin embargo, el registro no deja de ser el de cabezas parlantes, opinando más o menos lo mismo, hecho que termina siendo un tanto fatigoso y repetitivo.  

Por más que el director se esfuerce por diferenciar temáticamente cada arista del trabajo, recién a los 40 minutos aparece un conflicto que genera un mínimo interés: la aparición de una banda imitadora y el crédito público que termina dándose sobre algunos temas de Los siquícos. A partir de ese hecho Gallo Fernández amaga con encausar el documental hacia otro lado, quizás de corte netamente jurídico, pero en cambio el episodio se convierte en una especie de anécdota menor y nunca queda resuelto. Es precisamente sustentado sobre las anécdotas que la película avanza (pero también donde más se detiene y se ameseta): la anécdota de que hicieron una gira por Europa o que en medio de una experiencia con hongos alucinógenos perdieron parte de sus instrumentos. El documental es solo una suma de opiniones y anecdotarios varios. Nunca se encausa o pretende profundizar algo más. Nunca encuentra un tono o propone artísticamente romper con la convención radiográfica de una banda.

Es verdad que los críticos -y más los que alguna vez intentamos tener una carrera como realizadores paralelamente- ponemos como argumento lo que habríamos hecho con el material en vez de enfocarnos en lo que el material es. Pero lo cierto, es que hay una regla máxima que dice que cuando no hay nada más para contar, no cuentes o inventá. Y en este caso, existe un brillante ejemplo reciente como Rolling Thunder Revue, de Scorsese, acerca de una gira de Bob Dylan en el interior de Estados Unidos, en donde el director se permite jugar con el material original, crear realidades alternativas, dialogar con personajes de otros falsos documentales e insertarlos en una gira real. 

Es buena la pretensión de Gallo Fernández por mantener un tono humorístico -incluye sin demasiada justificación a un maravilloso ufólogo local que rompe lúdica y arbitrariamente con la narración- así como también crear un poco de intriga alrededor de los integrantes de Los síquicos, pero nunca se explota el material, la estética collage, el espíritu punk/trash de la banda. No se anima a experimentar y el relato es monótono, y reiterativo. Encadilan luces: viaje psicotrópico con Los síquicos litoraleños demandaba mayor imaginación, libertad creativa y juego. La banda se lo merecía. Mucho chamamé, poca anarquía.

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