La afinadora de árboles 
Argentina-México, 2019, 101′
Dirigida por Natalia Smirnoff
Con Paola Barrientos, Marcelo Subiotto, Diego Cremonesi y Matías Scarvaci.

El piso y el techo

Por Rodolfo Weisskirch

Ch-ch-ch-ch-changes
Turn and face the strange
Ch-ch-changes
Don’t want to be a richer man
Ch-ch-ch-ch-changes
Turn and face the strange
Ch-ch-changes
There’s gonna have to be a different man

Changes – David Bowie

Según la regla más elemental del cine clásico, un protagonista siempre debe atravesar un arco narrativo. Debe modificar su status quo, no debe terminar en el mismo punto en el que arranca. Necesita cambiar, aprender, convertirse, transformarse. 

Un personaje no se propone cambiar. Cambia porque el contexto de la historia que experimenta se lo pide, porque su entorno lo modifica. El cambio incluso podrá ser interno. Pero está presente. Acaso los guiones más inteligentes, sean aquellos donde en apariencia no se realiza el cambio, pero el cambio está, pero se presenta escondido. Esto no le quita méritos a los personajes que se proponen un cambio desde la meta misma. Para aquellos personajes que dicen “quiero cambiar” la búsqueda del guión debe ser distinta. Si el cambio está propuesto desde un primer término entonces debe haber una transformación que no sea tan literal.

En La afinadora de árboles, tercer opus de Natalia Smirnoff, Clara, la protagonista, se propone cambiar desde el comienzo mismo. Es una reputada escritora e ilustradora de libros infantiles, pero está cansada. Desde el primer plano, en el que la vemos tirada encima de un inodoro tomando vino ya podemos advertir esta actitud. Un personaje cansado de su vida. Y así se lo expresa a su marido. De hecho, el cambio ya esta marcha. Mientras está recibiendo un reconocimiento, Francisco le dice que su nueva casa ya está lista. Pero el regreso a su ciudad natal, Maschwitz, también lleva a que Clara pretenda cambiar completamente su vida actual: desde abandonar el libro que está a medio hacer -por las presiones y cambios que le pide una editora internacional- hasta fantasear con regresar con un novio que tuvo en la infancia.

Al igual que en Rompecabezas, Smirnoff muestra a un personaje que en apariencia tiene una vida hecha según las normas sociales imperantes (si eso fuera posible), pero una sola pieza de ese rompecabezas empieza a modificar las otras. Si en su ópera prima, el juego simbolizaba la reconstrucción emocional, acá se trata de un efecto dominó. Y el vehículo simbólico que Smirnoff elige para su representación son las ramas de los árboles. Las ramas la llevan a Clara hasta reencontrarse con Ariel y Carlos, dos hermanos que de adolescentes sentían atracción por ella. Aunque Clara se muestra confundida con respecto a sus sentimientos, tiene en claro que necesita y desea cambiar, casi forzadamente. Por eso, la transformación más sutil es la que sufre Francisco, que en cierta forma termina siendo la “víctima” de las decisiones de Clara. En este sentido de omnipresencia, la cámara de Fernando Lockett no se separa jamás de la nuca de su protagonista. Smirnoff se apoya completamente en las expresiones de Paola Barrientos que se pone la película sobre los hombros. El contrapunto de ese cambio lo expresa Marcelo Subiotto (el marido de Clara) con su composición minimalista. Entre la necesidad de expansión de una y la contención del otro se establece el duelo. 

A diferencia de Rompecabezas, su ópera prima, donde el entorno excluía al personaje de María Onetto de cualquier decisión, siendo este un personaje testigo, acá toda la familia de Clara tiene una dependencia absoluta con respecto a las decisiones de la protagonista. Esto provoca, entonces, que ella pretenda modificar su vida pero no su identidad. También hay otros cambios satelitales que magnifican el proceso iniciado por Clara: la hija mayor está entrando en la adolescencia, descubriendo su cuerpo y su sexualidad, al mismo tiempo el hijo debe cambiar sus hábitos alimenticios. Al guión de Smirnoff en ese sentido no le faltan piezas. Sin embargo, en el desenlace, la directora decide hacer una polémica elipsis, que deja el juego abierto y quizás en eso radique la falencia más clara que podemos identificar: no hay riesgo para cerrar. 

La afinadora de árboles es una metáfora de la filmografía de su realizadora. Sus protagonistas no son iguales. La posición que tienen con respecto a su entorno también es distinta, y esto exhibe un cambio en la forma de representación, una transformación. Se produce entonces un curioso paralelo: al igual que sus protagonistas, que no cambian su esencia, sino que confirman su identidad, sus deseos y sus metas, Smirnoff también confirma una identidad cinematográfica, una búsqueda visual y narrativa que fue construyendo, asimilando cambios, pero confirmando un estilo. Algo que puede ser un piso, pero también un techo.   

Comentarios