La espía roja (Red Joan)
Reino Unido, 2018, 101′
Dirigida por Trevor Nunn.
Con Judi Dench, Sophie Cookson, Stephen Campbell Moore, Tom Hughes, Robin Soans y Ben Miles.

La propiedad femenina del saber

Por Carla Leonardi

Definitivamente de la mano de la nueva oleada del feminismo con los movimientos Me Too o Ni una menos en muestro país, han surgido una gran cantidad de películas que abordan los géneros desde una mirada femenina, que buscan revalorizar el protagonismo de la mujer en la sociedad o que, al menos, abordan temáticas que le conciernen como las desigualdades sociales y la violencia hacia ellas. De más está decir que el tema me interesa, pero que al mismo tiempo no puedo dejar de observar que en general, el abordaje del mismo tiende a construirse desde un lugar de oportunismo comercial, donde muchas veces la lucha feminista termina retratándose como un simple y revisionista reverso vengativo del machismo patriarcal. Por eso me parecía interesante, en el contexto contemporáneo, pensar en una película pequeña como La espía roja, ya que si bien su propuesta es bastante convencional y austera -al menos a nivel formal- a la vez que previsible desde los tópicos de género cinematográfico -hibridando el drama romántico y el género de espías-, es interesante cómo se propone pensar a su protagonista. 

La película está basada en la novela homónima de la escritora Jennie Rooney, ficción inspirada en la vida de Melita Norwood, una espía de la KGB que fue desenmascarada a los 80 años por el Servicio de Inteligencia del Reino Unido. De esta manera se nos presenta a la protagonista, Joan Stanley (Judi Dench), como  una anciana apacible que realiza sus tareas de jardinería en un barrio suburbano de Londres. Abuela de varios nietos (como evidencia el paneo en el interior del living), con una vida tranquila que, a partir de cierto punto ingresa en una zona de zozobra, en particular tras la muerte del Ministro de Relaciones Exteriores William Mitchell, motivo que desencadena la investigación por la cual es arrestada bajo cargo de espionaje y traición a la patria. 

El film elige una estrategia narrativa hábil: se mueve en dos lineas temporales, que se van alternando, construyendo de ese modo un pendular entre tiempos. El presente en el año 2000, y en él recorre los interrogatorios a los que fue sometida Joan, hasta el descargo público que hará ante la prensa en el jardín de su casa. A medida que se le presente a la detenida distintas pruebas por las cuales se la ha detenido, cada pregunta del Servicio Secreto apunta a obtener su confesión, confirmando los crímenes de los que se la acusa. Como contraparte, cada una de esas preguntas activará la memoria de Joan, pasado al cual accedemos mediante flashbacks que nos retrotraen a los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial y al período de la Guerra Fría. No es casual la elección de Judi Dench en este papel, aquí del otro lado del mostrador de la agente del MI-5 que interpreta en la saga de James Bond. De hecho el gesto hierático de su personaje en aquella saga se torna aquí en una gestualidad mucho más humana y empática, en alguna medida jugando con la duplicidad del personaje como espía.

En uno de los flashbacks la película nos sitúa en 1938, cuando la joven Joan (Sophie Cookson) apenas es estudiante de primer año de la carrera de Física en la Universidad de Cambridge. El contexto la presenta y contextualiza como mujer en un territorio tradicionalmente manejado y vinculado a los hombres. Por azar, trabará amistad con Sonya (Tereza Srbova), quien dice ser estudiante de Lenguas Modernas, oriunda de Rusia, huérfana, judía y que ha venido al Reino Unido junto a su primo Leo Galish (Tom Hughes). Joan comienza a asistir a reuniones y proyecciones de cine del movimiento comunista. Allí conoce a Leo y a William Mitchell (Freddie Gaminara), quienes junto a Sonya, no eran simples simpatizantes de las ideas comunistas, sino activistas de hecho, para quienes la universidad es en realidad una tapadera para tramar una red de espionaje al servicio de la KGB. Que Joan se calze los zapatos rojos de Sonya marca su acercamiento a la causa, pero Joan no participa de las reuniones del partido por convicciones propias, ya que en varias ocasiones disiente con ellos. Lo que la politiza es su amor por Leo. Y es justamente que no sea una militante decidida (a diferencia de Melita Norwood, que si lo era), es lo que determina que no sea al espionaje, el tono que predomine en la película, sino que opera como contexto del drama romántico. 

La posición de las dos mujeres protagonistas es marcada por su estilo de vestimenta, donde Sonya usa sus cualidades con inteligencia y desfachatez para encandilar a hombres y mujeres, encarnando una suerte de femme fatale sui géneris, como complemento, Joan es la joven cerebrito, apocada, recatada e ingenua. Son estas características de bajo perfil precisamente las que hacen de Joan la espía perfecta, de ahí que Leo la recomiende para el trabajo de asistente del Profesor Max Davis (Stephen Campbell Moore), quien trabajaba en el programa secreto de desarrollo de la bomba atómica, información que se disputaban los países intervinientes en la Segunda Guerra Mundial. 

La película muestra cómo dos hombres marcan la vida amorosa de Joan. En los dos casos se trata de un amor atravesado por barreras, de tipo político con Leo que bancaba al régimen de Stalin (lo cual de depara reiteradas detenciones) y de tipo social con Max, pues era un hombre casado. La diferencia de posición de cada uno es la que determina su destino. Leo es el típico seductor que manipula a la joven enamorada para beneficio de la grandeza de Rusia. Su amor por Joan es puro verso. Su verdadero amor, al que será fiel hasta el final, es el Ideal de la causa comunista. Aunque Leo intente reiteradamente hacer uso de su hipnótica seducción, Joan después de todo no responde de manera tan tonta como uno podría suponer. Se mantendrá leal al secretismo, al contrato que firmó cuando comenzó a trabajar. De ahí que la lectura feminista se vuelva inevitable: mantener el secreto, no es solamente un factor asociado al género de espías, sino que trae implicado el sostenimiento de una zona libre del dominio machista. Leo no la ama, tan solo quiere tener información de ella. Si la hubiera amado genuinamente, quizá no hubiera fracasado. 

A diferencia de Leo que la llama “Mi pequeña camarada” y la sitúa como un objeto manipulable en el campo de su dominio, Max, aunque Joan es su asistente, la coloca de entrada en un pie de igualdad, valora su inteligencia y la hace participe de los desarrollos que están realizando, a pesar de que los hombres de ciencia que visiten el laboratorio la rebajen al estatuto de sirvienta. El vinculo de Max con su esposa está degastado, pero ella no quiere divorciarse. Max ama a Joan y  por eso mismo no la degrada al lugar de la amante. Está dispuesto a perderla, la cede al mundo, al menos hasta tanto se den las circunstancias para disfrutar de su amor con libertad. Que no la considere de su propiedad, es lo que da cuenta de un amor por la mujer en tanto ella podría enseñarle algo. Es este acto de amor, lo que determina que luego devenga en su esposo y padre de su hijo. 

Son los efectos destructivos de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki y una étiica a favor de la vida aquello que determina que Joan se replantee la ética del secreto de Estado que regulaba sus actos hasta el momento. De esta manera, guiada por Sonya, Joan ingresa al mundo del espionaje. Es este pasado que se quiso ocultar bajo una nueva identidad, el que retornará cuando Joan sea una anciana. El Servicio de inteligencia, los vecinos, la prensa y hasta su hijo Nick (Ben Miles), la acusan y juzgan como traidora a la patria. A pesar de su descargo de que pasó información, no por simpatía con Rusia, sino para que hubiera una distribución igualitaria del saber y se evitara otra Guerra Mundial. Al final, Joan será incomprendida por ellos, que harán oídos sordos a sus razones. No solo se trata de una doble agente, sino de un personaje con autonomía y capacidad de razonamiento crítico.

El saber como propiedad privada y la guerra como dominio sobre otras naciones, valen desde una lógica de poder. Leer el acto de Joan como traición, nos dice la película, sólo es posible desde una perspectiva machista. Pero resulta que el acto de Joan, solo puede ser comprendido (lo cual no quiere decir desresponsabilizarla) si se lee desde una racionalidad distinta. Esto explica la verdad de Joan, quien compartió información para que no hubiera monopolio de saber y apuntando a preservar la vida humana, más que el poder de un territorio claramente delimitado por fronteras. Joan puede pensarse como una mujer empoderada y astuta que hizo de su invisibilidad en un mundo de hombres, un elemento de poder para concretar la paz en el duelo competitivo de los países por ver, literalmente, quien la tiene más grande y más rápido. Lejos de victimizarse y quejarse por su lugar de segunda, Joan lo emplea con astucia, incluso para preservar el lazo amoroso con Max. La posibilidad de organizar la sociedad de un modo diferente, más plural y más participativo, es decir, que no responda a la lógica amo y esclavo, es la enseñanza que puede extraerse de esta clase de personajes. Es algo bastante más sofisticado de lo que hemos visto en muchas críticas, que minimizaron la película como si se tratara de otra expresión más del feminismo de turno que busca arañar público por todos los medios que le vengan a la mano.

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