Los dos papas (The Two Popes)
EE.UU.-Reino Unido-Italia-Argentina, 2019
Dirigida por Fernando Meirelles.
Con Anthony Hopkins, Jonathan Pryce, Juan Minujín, María Ucedo, Germán De Silva, Lisandro Fiks y Cristina Banegas.

La confesión invertida

Por Luciano Salgado


Vale la pena preguntarse cuál es la función de la propaganda oficial de los gobiernos. Y como la propaganda no oficial, la indirecta, arremete por otros medios con el mismo fin: construir una imagen que sea políticamente necesaria para una determinada circunstancia. La cuestión a preguntarse es qué pudo haber pasado para que esta suerte de propaganda falopa con algo de retraso haya llegado al cine hoy por hoy. Básicamente habría que preguntarse qué tiene para decirle al mundo de 2019 (y casi 2020, ya que se estrenó/subió a Netflix en el último mes del último año de la década del 10…aunque algunos dirán que el último año es este, que acaba de comenzar hace nada) y si, exceptuando una necesidad política como la de humanizar aún más al papado actual (y por contraste pegarle an anterior, a cargo de Joseph Ratzinger), existe algún otro interés verdadero y perdurable en el tiempo.

Por lo pronto uno bien podría afirmar que, contra toda tentativa prejuiciosa, la película de Meirelles (un director verdaderamente horrible y con una obra que oscila entre lo feo y lo despreciable) no está tan mal. Miento. Mal está, pero al menos no en lo que uno podría presuponer que iba a ser obvio: la lucha de un Papa bueno contra un Papa malo. En todo caso está mal en lo que el director siempre se destacó: en el miserabilismo a ahora de describir el mundo, en particular el de la pobreza y el subdesarrollo socioeconómico, circunstancias a las que Merielles les dedica cada vez que puede un particular empeño en la celebración y la estilización. Como siempre en el marco de una mirada miserabilista, la pobreza no es una circunstancia a superar, sino un mundo hermoso en el que debe reinar la quietud y perpetuarse el imposible ascenso social. Desde esa perspectiva, desde esa mirada, la película no podría ser más franciscana. Porque si algo expone la película sobre la transición entre ambos papados es la necesidad política de construir un cambio discursivo pero que al mismo tiempo no presuponga un cambio estructural en las condiciones de vida. En este aspecto, Meirelles asume para su película una radicalidad obsecuente hacia la perspectiva jesuítica: no condenar en torno al pasado sino limpiar para mirar el futuro.

Al mismo tiempo sería particularmente injusto no mencionar que la película hace todo lo posible por no quedar atrapada en el maniqueísmo. Por eso busca desmarcarse de semejante tentativa por medio de un doble movimiento: construye a dos personas en la intimidad en el presente, con el fin de vincular a los sujetos más allá de lo institucional pero a su vez nos lleva al pasado de cada uno para exhibir los errores, agachadas, concesiones horribles. Con la excusa de la presentación de la renuncia de parte de Bergoglio y la postergación de la firma de los papeles y el anuncio de la inminente renuncia de parte de Ratzinger es que la película sostiene la mayor parte de la historia en tiempo presente (o en un presente relativo, previo a la transición concreta: por eso el cuento moral es el de una transición secreta, una suerte de dialéctica en donde uno y otro parecen sacarse los ojos pero terminan encontrando más puntos de contacto de los que creían). Al mismo tiempo, con la finalidad narrativa de comprender esta suerte de historia de vidas paralelas que en algún momento se cruzan, nos retrotraemos a los pasados correspondientes (con mayor peso en el de Bergoglio, algo inevitable) acaso con una idea en mente: construir a sujetos falibles y humanos, menos malvados antes que equivocados.

Es extraño, por tanto, como nos afecta a los espectadores semejante movimiento narrativo. Básicamente porque en términos dramáticos es mucho más interesante el sistema de grises y acercamientos que arma este cuasi telefilm (por su tendencia a los espacios cerrados y a cierta e inevitable teatralidad, no por su presupuesto) antes que mostrar un duelo simplón y ordinario. El problema es que lo que la dramaturgia puede festejar la política lo sufre. Si, quizás no deba ser ese el motivo de preocupación ya que, como siempre frente a una película, estamos ante un acto de libertad y creación. El punto es que este acto de libertad también es indivisible de las responsabilidades morales de los sujetos que describe. Y en esa descripción humanizada de dos viejitos que “tuvieron sus errores, pero en el fondo son buena gente” también hay una determinación política, una decisión de reescribir (ya no el pasado sino el presente) e instalar una perspectiva politizada en la esfera pública de aquello que la película nos mostró en el orden de lo privado. Y que esa esfera pùblica se despolitice por la piedad que nos propugna la versión del mundo privado es, a su manera, un acto de enorme cinismo y manipulación.

Hija de su tiempo, consecuente con el papado actual, Los dos Papas cumple con la condición de todo acto confesional. Pero nos pone a nosotros como espectadores en un rol que no debemos cumplir. Nosotros no tenemos a nadie ni a nada que indultar, porque no damos indulgencias. La película de Meirelles nos pone en el horrible lugar de perdonar a sujetos y olvidar las acciones institucionales. Asi de divino puede ser el cristianismo jesuítico: parece agradable, pero te sigue haciendo daño y manipulándote. No nos dimos cuenta, pero no hicimos otra cosa que entregarle tiempo a una confesión invertida. A veces el progresismo sale caro. Y de tan a la izquierda da la vuelta completa al globo terráqueo y sale por el otro extremo.

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