Matar a un muerto 
Paraguay, 2019, 87′
Dirigida por Hugo Giménez
Con Ever Enciso,  Aníbal Ortiz,  Silvio Rodas,  Jorge Román

Rebotes dorados

Por Gabriel Santiago Suede

Es difícil no identificar una película en la que Vittorio Storaro sea el responsable de la direccción de fotografía. El problema es que cuando le sale bien y adecuado a las necesidades, su trabajo es maravilloso en algunas obras maestras del gordo olvidado y genial que supo ser Francis Ford Coppola (Apocalypse Now, Golpe al corazón, Tucker) y algunas otras genialidades de Bertolucci (como El conformista, Último tango en París, Novecento), pero también en películas de una melancolía perenne como Coffee Society. Si hay dorado, Storaro. Es una regla mnemotécnica de la luz. El punto es que a veces Storaro se engolosina con el recurso. Y el asunto se le va tan de las manos que lo que vemos se convierte en una publicidad cara. Sino pregúntenle a Saura, que lo tuvo (lo eligió) en Tango pero también en Goya en Burdeos. A qué viene esta storareada rápida y vulgar? A que hay que cuidar los recursos cuando se los tiene. Porque si el cine es un concurso de belleza, entonces no hay mayor diferencia que con un concurso de culos Reef: se impone el mejor, el más redondito, el más turgente y firme. Pero no le pidas más que eso (será por ese motivo que los concursos de miss universo están rodeados de expresiones de buenas acciones por el mundo? Digo, como para diferenciarse de un simple concurso de belleza). Se le puede pedir algo más que belleza a Matar a un muerto? No es un culo de Reef, pero se comporta como tal, incluso contra su voluntad.

La película ostenta una premisa que se resuelve con una extraña comodidad: dos sepultureros del ejército paraguayo durante la dictadura de Stroessner deben lidiar con un presunto cadáver que se revela como un hombre todavía vivo y al que deben matar y enterrar para cumplir con su tarea (poco feliz, pero tarea no juzgada en la película). Esto, que sería una perfecta excusa narrativa para avanzar en el terreno de un cortometraje en el que la limitación informativa termina por ser funcional a una ambigüedad narrativa lo suficientemente abstracta como para que el inicio de la historia derive hacia otros costados más imprevisibles (un poco como trabaja Alejandro Fadel en su cine) nunca se mueve demasiado de una incomodidad que nunca se instala verdaderamente y que impide que entre los personajes haya una verdadera tensión (exceptuando una escena que incluye gasolina y un incendio, en donde las cosas se tensionan como en ningún otro momento de los que se nos presentan). Asi las cosas algo de lo que se nos cuenta nos habilita a empatizar al menos parcialmente con esos dos sepultureros y encargados del trabajo sucio y tenemos la sensación que como pocas veces, el cine latinoamericano no apela a las representaciones tradicionales y maniqueas de la mano de obra de la burocracia de la muerte. Por el contrario: los personajes no parecen malos siquiera, apenas si son grises. Es un dato bienvenido para una narrativa que pudo haber explotado ese costado inmoral de los personajes hacia cualquier lado políticamente correcto.

Pero la película no avanza más allá de todas sus buenas ideas iniciales, por lo que lo que vemos luego de los primeros 20′ es una suerte de loop con mínimas variaciones, en donde las relaciones entre prisionero y apresadores se asientan en la más simple proclama, que parece ser el emergente natural del contexto de época: “en un tiempo en el que la vida no vale nada dos hombres deben aprender lo dificil que es quitarle la vida a un ser humano”. De hecho la película no hace otra cosa que circundar esa premisa argumental hasta hacerla puré, como si realmente no importara hacer avanzar la trama. Aunque si, en efecto la progresión narrativa indica que habrá un peligro más, pero esta vez para los tres, no solo para el preso que no fue muerto y que ahora si hasta parece amigo de sus captores e imposibles verdugos. Cuando llega ese peligro la tensión, contraria de expandirse, se disipa, como si el suspenso no existiera, no importara. Es raro, en este sentido lo que sucede. Es como si la película operase contra si misma narrativamente.

Por eso frente a todos estos disparos al pie, lo que vuelve y se queda es el maravilloso trabajo como fotógrafo de Hugo Colace, que logra que la pesadilla de la muerte inminente en la selva no se vea tan mal, porque los rebote dorados storareanos siempre podrán compensar todo lo que la narrativa no puede decir. Hacia el final, como si en efecto se tratara de una maldición sartreana de A puerta cerrada, sospechamos que nos han tomado un poco en sorna, sospechamos fantasmagorías y alguna que otra voltereta más, para que todos, los verdugos y los muertos, bailen un mismo baile. Pero bajo las doradas manzanas del sol, esas que embellecen hasta la muerte más obscena en el marco de una dictadura asesina. El cine for export siempre tiene un sillón caliente en el Airbnb de los países de ese mundo llamado cine contemporáneo.

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