Mujer en guerra (Kona fer í stríð)
Islandia-Francia-Ucrania, 2018, 101′
Dirigida por Benedikt Erlingsson.
Con Halldóra Geirharðsdóttir, Davíð Þór Jónsson, Magnús Trygvason Eliassen y Omar Gudjonsson.

Sola contra todos

Por Carla Leonardi

El comienzo de la película nos presenta a una mujer madura que, ballesta en mano en medio de la campiña islandesa rodeada de sierras, produce el corte de la linea de luz que abastece a una planta industrial de aluminio. Se trata de un acto extremo de activismo ecológico. Este inicio ya permite situar algunas cuestiones. En primer lugar el corrimiento de la imagen de la mujer joven y bonita, siguiendo el patrón de la mujer que se asemeja al estereotipo de la modelo lánguida. Hablamos de una mujer que pasa los 40, que es robusta, que al mismo tiempo no se representa en tanto esposa, ni madre, ni ocupando un rol secundario ni pasivo. Por el contrario, Halla (Halldóra Geirharðsdóttir), la protagonista de Mujer en guerra es independiente: sin hijos ni mandatos autoimpuestos toma un rol activo y protagónico en la lucha contra las corporaciones que causan daño a la ecología, despreocupadas por el impacto que sus desechos tienen sobre el medio ambiente, dado que su único interés es la rentabilidad económica de su negocio. Al mismo tiempo la película nos la presenta como ágil, inteligente y astuta, tanto en el cuidado que pone en sus acciones de activismo político como en las habilidades e inventiva a las que recurre al momento de escabullirse (dejado de vegetación, en cuevas, utilizando pieles de ovejas), camuflándose con el paisaje para evadir la persecución policial. Una Sarah Connor ecologista

Esto cuestión y su independencia respecto de lazos de pareja o maternidad, nos permite situar a Halla como una mujer sin amarre al falo, en tanto representante de un límite que acotaría el goce femenino. Es la condición de mujer independiente la que hace a Halla más proclive a jugársela con coraje en cada uno de sus actos. En ella la angustia por la pérdida no es un factor que funcione como límite o vacilación. De ahí que pueda mostrar mucho más arrojo que un hombre en ciertas situaciones. Tomar como protagonista a una mujer en la lógica del activismo es, entonces, un doble ganancia: por un lado porque piensa en la lógica de la pérdida y el deshojamiento (algo que siempre gira en torno al activismo político) pero al mismo tiempo piensa en la mujer como el sujeto político por excelencia.

Otra decisión interesante es el uso de la música -que aparece en la diégesis mediante la banda o el coro en el que ella canta- que acompaña el derrotero de la protagonista. Este decisión le imprime cierta teatralidad y un tono no poco melodramático a la película. La banda funciona, incluso, como una suerte de coro que va dando cuenta de los momentos que atraviesa esta heroína trágica, que avanza sola y decidida contra los gigantes corporativos, sin temor ni compasión alguna, y que conoce las posibles consecuencias de sus actos y está dispuesta a asumirlas. 

En su periplo por expiar la culpa por un acto que la sociedad considera moralmente reprochable, esta heroína, admiradora de Gandhi y Mandela, cuenta con aliados: su presunto primo Sveinbjörn (Jóhann Sigurðarson), un granjero que le provee escondite y medios de escape y Baldvin (Jörundur Ragnarsson), un miembro de su coro y agente en el Ministerio de Defensa, que la guía en cuanto a cuándo debe actuar, cuándo hacer declaraciones a modo de manifiesto anónimo pero también la guía en relación a los riesgos que corre en cada acto de activismo. Sus enemigos son el dueño de la fábrica, la corporación de medios de comunicación y hasta la misma clase política, cómplices de la corporación industrial: los unos por no visibilizar el desastre ecológico y hasta torcer el mensaje de la activista (desplazando la carga del violencia de su acto), los otros por no poner coto mediante leyes a la ambición desmedida de capital por parte de la empresa. 

La situación de Halla cobra mayor dramatismo cuando es aceptada la solicitud de adopción que había realizado 4 años antes. Halla tiene la posibilidad de convertirse en madre de Nika, una pequeña niña ucraniana de 4 años, huérfana como consecuencia de la guerra. Ahora Halla sí tiene algo que perder, ya que de tener antecedentes penales, la adopción no podría llevarse a cabo. En lo que sigue, veremos entonces si el hijo como representante simbólico de la falta en una mujer (simbolismo en el marco de una sociedad en la que la expectativa de completud aparece vinculada a la gestación y a la maternidad) opera para Halla atenuando o acotando su lucha en favor del cuidado ecológico. 

La garante de Halla de la adopción en caso de fallecimiento es su hermana gemela Asa -profesora de yoga pronta a partir a un retiro espiritual por dos años en un templo en la India-, quiien y también había realizado una solicitud de adopción al poco tiempo que Halla. El recurso de la hermana gemela no es totalmente acertado ya que le da cierta previsibilidad a la resolución del dilema. Pero si es interesante en cuanto transmite dos miradas contratadas a la hora de resolver los problemas y de entender la lucha. Como se rebela en la escena del vestuario de la piscina, Asa es partidaria de la paciencia, del cambio que se gesta lenta y paulatinamente mediante el trabajo sobre la educación y la conciencia social, mientras que Halla es partidaria de la acción directa y rápida como modo de visibilizar las causas y las luchas sociales, especialmente en materia de ecología, donde los desastres climáticos y la gravedad del deterioro ambiental hacen de la urgencia un factor acuciante. 

La primera acción militante de Halla, logra que se cancele el acuerdo de la multinacional con los inversores chinos y la lleva a realizar un manifiesto donde da cuenta de las razones de su acto e insta a otros ciudadanos a involucrarse en la causa medioambiental. Así Halla pretende instalar un debate en la opinión pública respecto del equilibrio entre la sustentabilidad ambiental y la rentabilidad económica. La corporación mediática, cómplice de la política inoperante debido a sus propios intereses, tuerce el debate hacia el modo de la protesta. La estrategia es culpabilizar la acción del individuo y ocultar la criminalidad de las multinacionales. Es claro que los actos de Halla son vandálicos porque dañan a la propiedad pública y moralmente reprochables, pero esta violencia es temporaria y mínima (en rigor no daña a ningún ser viviente) con respecto al daño que producen las corporaciones cuyo norte es la pura rentabilidad económica sin miramiento por los desastre ecológicos y humanitarios que generan. Y ciertas ocasiones de desidia, inoperancia y complicidad de la clase política, la acción directa se vuelve la única vía posible para visibilizar ciertas causas que apremian.

Es interesante entonces como la película (de manera oportunista el estreno se produce en plena tensión por la cumbre mundial climática) funde dos problemas: el del estado frente al individuo y el del estado frente a la mujer en particular. En esa disparidad entre las fuerzas en disputa es en donde la película juega su dilema moral. Al producirse un corrimiento mediático del eje del debate del calentamiento global a la seguridad nacional, Halla radicaliza aún más su protesta. La pequeña Nika no opera como límite para Halla. Todo se encamina entonces hacia el castigo y la tragedia para la heroína. No obstante, el director al final del recorrido de sufrimiento y desgracia de Halla, le permite a la protagonista (a través de su gemela, Asa), acceder a cierta compensación de su decisión moral. No obstante, la lucha de una mujer sola parece ser algo más que una salida conveniente en el presente de reivindicaciones: quizás sea una variable para pensar salidas en dirección a un orden más solidario y colectivo. 

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