Punto muerto 
Argentina, 2018, 77′
Dirigida por Daniel de la Vega.
Con Osmar Nuñez, Luciano Cáceres, Rodrigo Guirao Díaz, Natalia Lobo, Daniel Miglioranza, Diego Cremonesi, Sergio Boris, Enrique Liporace y María Eugenia Rigon.

A puerta cerrada

Por Carla Leonardi

Punto Muerto arranca con la estructura de muñecas rusas, con un relato dentro del relato. Se trata de una historia de la saga del detective Boris Domenech del reconocido escritor de policiales Luis Peñafiel (Osmar Nuñez), quien la narra en el vagón de un tren al exigente y malicioso crítico literario Edgar Dupuin (Luciano Cáceres). Se trata de un caso de enigma, de los típicos policiales de habitación cerrada, ambientado en la Buenos Aires de 1907, cuya resolución por parte del escritor no convence al crítico porque es tratado como un crimen “sobrenatural”, lo cual lo vuelve inverosímil. Las alusiones a Poe a la orden del día.

Con la premisa del crítico de arte como artista frustrado, a mitad de camino entre el crítico y el escritor, ya se plantea la lógica del desafío. Peñafiel asevera haber logrado una resolución satisfactoria al famoso enigma en su última novela, recientemente finalizada y titulada Punto muerto. A la conversación que ambos mantienen en el tren, se suma el escritor novato y futura promesa literaria Gregorio Lupus (Rodrigo Girao Díaz), fanático lector de la obra de Peñafiel. Los tres viajan a un congreso sobre Literatura policial contemporánea, organizado en una villa hotelera de época en las afueras de la ciudad por Irene Ocampo (Natalia Lobos). Las referencias al mundo de los policiales de “El séptimo círculo”, colección dirigida por Jorge Luis Borges y Bioy Casares, se hacen presentes.

Si, inevitablemente estamos en el terreno del policial de enigma. Claramente tanto los nombres de los personajes como las varias referencias a clásicos de este género literario ( referencias que van apareciendo en su desarrollo), plantean a Punto muerto como un homenaje del director a este género, quizás algo olvidado y a esta altura poco transitado por el cine nacional de los últimos tiempos. La elección del blanco negro en clave noir, las referencias al gótico, la música ominosa y la artificialidad de ciertos decorados (que evocan al expresionismo alemán), dotan a la película de un clima de misterio y de enrarecimiento, que son una operación nostálgica con un género fenecido.

Peñafiel es un escritor en decadencia y alcohólico en rehabilitación. Tiene confianza de que su última novela sea la culminación de su obra, específicamente por resolver de manera satisfactoria el enigma de la habitación cerrada con un final a la vez sorprendente y verosímil para el lector. De ahí que, torturado por el golpe a su narcisismo por parte de la critica negativa de Dupuin, le permita a éste la primicia de leer el manuscrito de la que considera su obra maestra, buscando un reconocimiento que no llega. La devolución desfavorable por parte del critico es una suerte de estocada final para Peñafiel, que se hunde en el pesimismo y se duerme sumido en una borrachera. A través del personaje del crítico, De la Vega da cuenta del poder de éste en cuanto a hundir o consagrar la obra de un artista, pero también da cuenta de la fragilidad de los creadores. En ambos lados, el resentimiento como un fino límite que permea ambos mundos.

A la mañana siguiente del entredicho entre los rivales, el escritor es despertado por Lupus y advierte que tiene sangre en sus manos. Juntos van a la habitación de Dupuin para buscar el manuscrito de la novela. En esa habitación, cerrada por dentro, encuentran el mobiliario desparramado, al gato negro Boris y el cuerpo de Dupuin tirado en el baño con un charco de sangre a su lado.

Relato dentro del relato. Toda la escena deviene en un enigma de cuarto cerrado. Ambos escritores se convierten en detectives informales, que apuntan a resolver el doble misterio que se vuelve el centro de la película: ¿quien mató a Dupuin? y ¿cómo hizo para salir de la habitación cerrada? Tanto la encarnizada rivalidad entre el critico y el escritor y el hecho de que la última ficción literaria de Peñafiel (de la que afirmaba resolver el famoso enigma), se haga realidad (en la ficción cinematográfica), son indicios que sitúan al reconocido escritor como principal sospechoso.

Entre el novato y el escritor consagrado, se evoca el vinculo maestro-alumno. Lupus, condescendiente, espera recibir de Peñafiel los consejos y los secretos de sus dotes literarias. Contrariamente, encuentra a un avaro escritor que le retacea información. El nuevo escenario de crimen, transforma su relación hacia un pacto de mutua colaboración. Lupus acepta ayudar a Peñafiel a desviarlo como principal sospechoso, a cambio de obtener de él el secreto para la resolución de su último relato, que también versa sobre el enigma de la habitación cerrada.

Por supuesto, como en todo policial de enigma, hay un inspector de policía encargado de investigar la que ahora deviene en la misteriosa y abrupta desaparición de Dupuin. Que el apellido resuene con Dupin, el célebre y sagaz detective de los relatos Edgar Allan Poe, es pista más que suficiente para saber que la policía se mostrará inútil e impotente para resolver un enigma cuya resolución no encuentra (como en La carta robada), precisamente porque está a la vista.

El juego con los espejos como recurso de la puesta en escena da cuenta de la idea de artificio de ilusionismo, de puesta en escena, de provocación orquestada por el asesino para que Peñafiel pueda resolver el misterio de la habitación cerrada de manera convincente y verosímil.

El título de la película es la clave que nuclea a todos los personajes. Irene con su congreso literario, los escritores en su escritura y en su carrera, los inspectores de policía en su investigación, Dupuin con sus criticas destructivas; cada uno está en la estancada decadencia de un punto muerto donde sólo pueden repetirse a si mismos, sin novedad alguna. El acto de lectura y de interpretación como vínculo entre todos esos mundos.

Si bien Punto muerto se desvía de las propias premisas que propone como claves de un buen policial de enigma (las cuales que expone en la ponencia de Peñafiel) ya que su guión es enrevesado, complejo y de estructura poco sorprendente hay que señalar que construye un artefacto extraño para la época que le toca.

De la Vega nos conduce a una suerte de laberinto de crímenes en serie que se replican como cajas chinas, donde la rivalidad entre egos, la envidia y la codicia se ponen en primer plano. Y acaso suponga esto un subtexto sobre las relaciones actuales entre crítica y autores. Mediante un logrado y entretenido homenaje al género de enigma clásico, el director nos permite además una lectura en el presente. Una sociedad que se apoya en el exitismo económico y en la fama, puede empujar a los sujetos a lo peor cuando buscan alcanzarlo eximiéndose de pagar el precio (que implica trabajo y tiempo) necesario para producir un saber o una obra de arte relevantes.

Comentarios