Rescate en Entebbe (7 days in Entebbe)
Estados Unidos-Reino Unido, 2018, 107′
Dirigida por José Padilha
Con Rosamund Pike, Daniel Brühl, Eddie Marsan, Ben Schnetzer, Nonso Anozie, Denis Ménochet, Kamil Lemieszewski, Mark Ivanir, Andrea Deck y Lior Ashkenazi.Contar para no decir

Por Diego Kohan

Las historias excepcionales pueden ser una trampa a la hora de ser llevadas a la pantalla. Así como tienen todos los elementos que se pueden desear idealmemte (acción, suspenso, personajes tridimensionales, componentes políticos, etc., etc.) a la vez suponen un desafío para el director, como lo es el cargo de Director Técnico del Real Madrid, del Barcelona, Manchester o algún otro gran equipo. Como en el fútbol, aunque todos digan que prefieren la abundancia, la realidad es que ser entrenador de equipos grandes y administrar sus posibilidades (que pueden parecer infinitas) es para pocos.


Rescate en Entebbe
tiene dos grandes problemas, uno cinematográfico y uno político. En este caso, no se puede hablar de uno sin el otro. La película relata el secuestro de un avión de línea que dio lugar a la que fuera conocida como “Operación Entebbe” (hecho real sucedido en julio de 1976, que consistió, como cuenta la película, en la misión de rescate de las Fuerzas de Defensa de Israel). Para mostrar los hechos la narración se divide en varios puntos de vista, un problema repetido con asiduidad en el cine político menos interesante, justamente por temor a ser tildado de caer en visiones parciales. Frente a esto, buscando fallidamente una sensación de neutralidad u objetividad. La elección es, paradójicamente, despolitizada. O para ser más claros: decir, contar todo como pasó pero sin opinar, recrear la situaciones previas a la misión pero sin juzgar a nadie.
¿Dos horas de moplo y corrección política para dejar a modo de mensaje moralino la conclusión (obvia, claro) de que el conflicto en medio oriente no avanzó ni dos pasos en más de cuarenta años? Sep.

Pero dijimos que los problemas no iban separados: el formal y el político son componentes inescindibles en Rescate en Entebbe. Formalmente, la película gasta sus escasas fichas en el armado del rompecabezas que compone la polifonía de voces que incluye las distintas perspectivas que entregan cada una de las historias. El pulso del relato fluye sin apuro ni descansos innecesarios, y a la vez el montaje es riguroso en su clasicismo. De esa manera podemos entender cómo y cuándo sucede cada cosa y qué pasa mientras con los rehenes (algo que ya habíamos visto con películas similares en su punto de partida, como Argo). Estos son, quizás, los únicos méritos del film. Las dos secuencias de acción (el secuestro del avión y la misión de rescate) se encuentran en las antípodas de lo que ha sabido hacer con especial sabiduría el mainstream hollywoodense a lo largo de su historia. Y es que, contrario a esa tradición, las escenas clave de Rescate en Entebbe son de una falta de tensión notable, casi como si se lo hubiese propuesto deliberadamente, casi como una provocación (lo cuál sería más grave). Ni hablar del montaje entre la misión trueno y el ballet con su coreografía “infinita”. Lo que se podía sospechar como un punto fuerte en esta idea de puesta en escena eran las actuaciones y, posiblemente, se trate de lo peor que le hemos visto –y veremos- a dos enormes actores como Daniel Brühl y Eddie Marsan. ¿Se trata de un código anti-realista? No, sencillamente pareciera que la desidia se hubiera apoderado de la película justo donde mayor profesionalidad se demandaba.


Rescate en Entebbe
presenta, nuevamente, un problema endémico para el cine político contemporáneo: la equidistancia. Veamos: el líder de una organización terrorista es retratado casi como un chico confundido, por un lado; a su vez, el primer ministro israelí es presentado como un tipo blando sin personalidad, por citar apenas dos ejemplos. Eso que podría parecer un posicionamiento “respetuoso” no es mas que una falsa ecuanimidad. El problema aquí es que no sabemos si estos acabados responden a una decisión de parte de Padilha (algo que sería extraño), si es fruto de su temor a ser señalado políticamente (algo que sería probable), o, peor aún, si se trata de la vieja y querida pereza intelectual (lo que quizás termine siendo). De a ratos, pareciera que las dudas del protagonista (el terrorista Böse) fueran las propias del director, como si el secuestro de un avión no fuese tan grave en relación al discurso. Es, por lo menos, curioso semejante paralelismo.

Decíamos que estas falencias cinematográficas no pueden separarse de la condición política del discurso. Y es que las primeras son consecuencias de la segunda, directamente. No se puede tomar un conflicto añejo, complicado y violento como éste y contemplarlo sin embarrarse. No existe neutralidad que no sea otra cosa que un claro posicionamiento político. Siempre hay una idea de mundo. El problema es que Rescate en Entebbe transforma a una disputa plagada de matices en un cuento pueril, despojándola narrativamente de sus grises. Quizás esto se deba a que no condenar se parece mucho a avalar. Pero también tenemos serios problemas cuando muchos espectadores no entienden que en el riesgo de elegir una perspectiva no hay una apología, sino una decisión: abrazar el componente político, lidiar con sus contradicciones. Un buen ejemplo de esto fue el de Zero Dark Thirty (conocida aquí con el nombre La noche más oscura), la magnífica película de Bigelow en la que la directora supo entender que nunca la neutralidad es tal, algo que Padilha no parece haber entendido. En su búsqueda de “complejidad”, el director se pierde y toma la autopista más fácil de todas: mejor ser timorato, temeroso, y no arriesgar nada antes que tener que asumir una idea sobre el mundo.

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