¡Te atrapé! (Tag)
EE.UU, 2018, 100′
Dirigida por Jeff Tomsic.
Con Ed Helms, Jon Hamm, Jeremy Renner, Jake Johnson, Annabelle Wallis, Hannibal Buress, Isla Fisher, Rashida Jones y Leslie Bibb.

Boludos viejos

Por Diego Kohan

Un puñado de amigos cuarentones. Como integrantes de cualquier grupo de adultos, a esas alturas se ven poco y nada, viven lejos uno del otro y cada cual tiene sus urgencias y preferencias. No obstante, en cada mes de mayo continúan su longeva partida de “TAG” (lo que acá sería el popular juego de “la mancha”). Ni más ni menos que eso cuenta la historia de base en la que se inspira ¡Te atrapé!.Quizás, para apropiarse debidamente de los hechos,  el debutante director Tomsic -o algún productor o quizás un guionista, quién sabe- elige centrar el conflicto en el inminente casamiento y retiro invicto del juego (nunca fue tocado) del personaje de Jeremy Renner (jugueteando con el verosímil creado con sus personajes de Vivir al límite, The Avengers, la saga Bourne y la saga Misión: imposible) como punto de partida. Yo creo que lo hace para poder alejarse de la tiranía del caso real. ¿Cómo es eso? Pero mejor aún: ¿Cuáles son los beneficios de esa elección? Ya veremos.

He hablado en más de una oportunidad (soy casi un especialista) sobre los problemas y el doble filo de las películas basadas en historias reales. Pues bien, ¡Te atrapé! elude todas estas trampas sin derramar una gota de sudor. Históricamente, Hollywood ha buscado inspiración en relatos ya creados, desde cuentos infantiles hasta tragedias reales. Es motivo de celebración que en esta ocasión se haya colado esta historia aparentemente absurda y chata, al menos en primera instancia, que no necesita ninguna clase de validación. Un aliciente para la tendencia de historias reales que tiranizan al cine con su dosis de importancia. Aquí no la hay.

Volvamos a la película y a eso que hace con su referencia de partida. Su centro narrativo avanza acompañando al grupo de amigos (y otros personajes que se irán sumando, destacándose Isla Fisher, una maravillosa comediante indignamente desaprovechada) ingeniando trampas para “tocar” (recordemos: juegan a la mancha) a Pierce (Renner), que siempre zafa cual héroe de acción, literalmente. Estas pericias de escape son puestas en escena utilizando los recursos del cine de acción más reconocible (slow motion, ridícula creatividad espontanea, eficacia de cada gesto físico, voz en off, etc., etc.) pero sin encontrar el registro preciso para moverse entre el homenaje amoroso y la parodia con algo de desprecio, apenas logrando una imitación que por fallida no termina de justificarse plenamente en el código de la comedia pero tampoco en el del cine de acción.  ¿Es una parodia ¡Te atrapé!? Difícilmente. Si bien aquí se reproducen los mismos elementos que en las película del género referenciado (acción) en lugar de reemplazarlos (alguien dijo que humor es colocar algo donde no va sin avisarnos y ver el efecto) y llevarlos a una hipérbole, a una exageración que operaba por el absurdo de reproducir lugares comunes hasta el extremo, lo que hace esta película es situarnos frente a los recursos pero solo los incorpora mecánicamente, porque en el fondo no parece saber muy bien qué hacer con ellos. Y como bien sabemos, la parodia siempre opera con conciencia de aquello que pretende comentar. No es el caso.

Esta conciencia limitada (o falta de conciencia) del género con el que coquetea tiene su correlato en el lenguaje formal, que también parece limitarse a reproducir poses de un cine al que no sabemos si deprecia o frente al que, en el mejor de los casos, no sabe como demostrarle su amor más que por medio de torpes homenajes, como si fuera un/a quinceañero/a intentando expresar su amor sin mucha suerte.

Y dado que estamos frente a un relato sobre viejos amigos y camaradería, el mix de los géneros de acción y aventuras pesa tanto dentro de esta comedia que concluye olvidando el vínculo entre amistad y ternura. Este manto cultural ridículo -que, lamentablemente, muchas veces ponemos los hombres adultos ya sea por idiotas, insensibles u orgullosos (o machos alfa, claro)- es el que el arte viene a quitar, ya sea para festejarlo, parodiarlo o recorrerlo, entre innumerables posibilidades. Hay quienes dirán que este descubrimiento, esta conciencia de parte de los personajes, aparece al final. Pero bien podríamos afirmar que es más un sensiblería propia de la industria actual que otra cosa. Es así que ¡Te atrapé! parece omitir que todo esto del juego intacto en el tiempo no es otra cosa que la búsqueda por proteger un artificio que dé la ilusión (que siempre es falsa) de que la amistad juvenil aún perdura. O al menos que puede perdurar mediada por los juegos. Pensemos en un caso en donde ese componente sí es tenido en cuenta como faceta de un adulto arañando lo lúdico-infantil: en Ligeramente embarazada, Paul Rudd era perseguido por estar sospechado de infidelidad, pero finalmente, descubrimos (el público a la par de los protagonistas) que el personaje le mentía a su esposa para juntarse con otros tipos con el fin de jugar “fantasy baseball”, una especie de Gran DT.

Aquí el problema: lo lúdico en ¡Te atrapé! es una sucesión de escenas de acción que suplen la falta de ideas para la comedia, pero también la ternura y la conciencia de una verdadera reivindicación de la seriedad con la que se debe tomar un juego sin recompensa. Alejandro Dolina comentó, en más de una oportunidad, lo fundamental e imprescindible de jugar al fútbol con amigos con el mismo compromiso que le exigimos a los profesionales. Lo absurdo sería estar en el medio de un picado teniendo presente que es sólo un juego o que mañana hay que ir a trabajar. El juego como ese contrato que tomamos en serio para poder pensar sin caer en lo solemne.

Entonces, volvamos al punto de partida y despejemos dudas: ¿por qué ¡Te atrapé! no tiene problemas con esto de estar basada en una historia real? Simple: porque funciona. Incluso, al finalizar la película nos muestran videos hogareños del grupo real (tanto relajados como del juego), que son muchos más que en la ficción y más viejos, menos en forma, recurriendo antes al ingenio que a la proeza muscular. En definitiva: en la historia original importan más los lazos afectivos y la camaradería que el código de un género que no cuaja y que como contraparte solo exhibe una musculatura (física, pero no narrativa). Y, aunque afirmemos que buena parte de sus decisiones no nos parecen las mas adecuadas, el asunto funciona, probablemente porque los personajes nos importan más que los guiños a los géneros. Los gags y las situaciones cómicas (¡el tema del aborto!) están presentes a lo largo de los cien minutos de duración, a veces aciertan y en otras ocasiones giran en falso. Así y todo, posiblemente, lo que más prevalezca en el recuerdo es la idea principal: los boludos viejos juegan a la mancha, porque, en el fondo, es la forma tierna y boluda de decirse que se necesitan y que no quieren dejar de crecer cerca unos de los otros.

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