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Tiempo de lectura: 7 minutosThe Beach Bum

Andrés Brandariz

The Beach Bum
EE.UU., 2019, 95′
Dirigida por Harmony Korine
Con  Matthew McConaughey, Snoop Dogg, Isla Fisher, Stefania LaVie Owen, Jimmy Buffett, Zac Efron, Martin Lawrence, Jonah Hill.

Eran rápidas las botas de la errante juventud

Por Andrés Brandariz

All the sad young men, drifting through the town
Drinking up the night, trying not to drown.

Siete años pasaron entre Spring Breakers y The Beach Bum. Pero Harmony Korine decidió quedarse en Florida, con un ligero pero significativo cambio de escenario. De los hoteles de St. Petersburg repletos de estudiantes vibrando al ritmo de Skrillex pasamos al sur, a las mansiones de Miami y los bares llenos de turistas tomando margaritas al ritmo de algún tema de Jimmy Buffet. Los dos paisajes tienen algo en común: el retrato ácido y a la vez desprejuiciado de la opulencia decadente de la clase alta norteamericana, de criminales que se vuelven una parodia de sí mismos, y del mar inmenso como fuente inesrutable de riesgos y descubrimientos insólitos.

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«Supongo que soy un director lento», respondió Korine cuando le preguntaron en el festival South by Southwest por la cantidad de tiempo transcurrido entre Spring Breakers y The Beach Bum. Lo mismo podría decirse del artista que protagoniza la película, el extravagante Moondog (Matthew McConaughey).  Con una botella de alcohol en una mano y un porro gigante en la otra, recorre las calles de Florida en perpetua flânerie en busca de mujeres y diversión, gozando de un el exilio (autoimpuesto) de sus éxitos como poeta. Si el montaje de The Beach Bum apuesta por la discontinuidad, yuxtaponiendo escenas y diálogos y desafiando la idea de la escena como unidad de tiempo y espacio (invitándonos a compartir el estado narcótico del protagonista), el guion es uno de los más clásicos que Korine haya filmado. Canalizando (¿cannabizando?) la persona poética de Moondog, tan llena de una profunda capacidad de observación como de hilarante banalidad, la escritura de The Beach Bum organiza una serie de motivos que van rimando, que van ritmando, un cuento sobre la libertad artística en el ocaso de la juventud.

Ver a Moondog en acción suscita, inmediatamente, comparaciones con ese otro famoso papel de Matthew McConaughey: Wooderson, aquel joven-ya-no-tan-joven de Dazed and Confused que parecía haber encontrado, en revivir año tras año sus andanzas de secundaria, la fuente de su eterna juventud. Podemos pensar en Moondog como una suerte de continuación de Wooderson, y a The Beach Bum como una ampliación de los temas de la película de Linklater. Ambas comparten la fascinación por esta figura del chanta encantador y, por el otro, una pregunta por el límite entre la actitud casquivana y hacer el ridículo. Mientras Moondog se pone los anteojos para leer y teclea -usando sólo dos dedos- en su máquina de escribir, entre las olas se asoma la aleta de un tiburón: el llamado de la responsabilidad.

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Astutamente, Harmony Korine dispone el primer acto para que nos divirtamos con el devenir de Moondog a la vez que una intriga crezca en el espectador: ¿cuál es el sustento económico de esta vida tan disipada? La trama nos responde: Moondog es rico, y forjó su fortuna en base a hazañas literarias; pero su esposa, la organizadísima Minnie (Isla Fisher), es quien le organiza las finanzas y se asegura que el dinero no se disuelva dentro de algún cóctel. Como una paciente Penélope, ella espera en su mansión de Miami a que su Ulises fumón regrese de sus aventuras hedonistas en el mar. A diferencia de su contraparte mítica, esta Penélope rechaza las privaciones y abraza a sus pretendientes: hace tiempo ya que mantiene una relación con Lingerie (Snoop Dogg), un amigo de la pareja.

El casamiento de Heather (Stefania LaVie Owen), su hija, es el que convoca a Moondog a salir del ostracismo y reunirlo con Minnie. ¿Qué señal más evidente de que el tiburón de la edad lo ronda, que el casamiento de una hija? Como sea, Moondog se las arregla para hacer un papelón en la ceremonia y, a la vez, emocionar a todo el mundo. Eventualmente, descubre a su mujer con Lingerie, y su sorpresa es considerable al ver que Minnie -además de administrarle las finanzas y ofrecerle su indulgencia ante sus affaires interminables- vive una existencia independiente de la suya. El poeta se aleja para deambular por ahí, pero ella lo busca y comparten una preciosa secuencia ritmada por esa reflexión existencialista en forma de melodía jazzera que es «Is That All There Is?», de Peggy Lee: If that’s all there is my friends, then let’s keep dancing / Let’s break out the booze and have a ball…

Los hechos toman un curso trágico e inesperado: luego de un paseo alcohólico por los muelles de Florida, Minnie y Moondog se suben al auto y, en un accidente, ella se muere. Éste no es el único golpe de realidad en la vida de Moondog: entre las cláusulas de su testamento, su esposa dictaminó que él no podrá acceder a la parte que le corresponde de su fortuna hasta que publique un libro nuevo. «Ahora sos un holgazán», le dice el abogado. Empieza así un largo camino, una Odisea para recuperar su estilo de vida, asumir responsabilidades y revalidar todo aquello que venía usufructuando tan cómodamente.

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Una de las metáforas visuales recurrentes que establece The Beach Bum está en la reiteración de imágenes alusivas a los pies y el caminar. Los paseos son una parte importante de la vida de Moondog: recorriendo Key West, se encuentra con antiguos y nuevos amigos que le permiten posponer su objetivo literario y acumular nuevas experiencias. Los pies son la medida de la arbitrariedad del mar: al principio de la película, la caña de Moondog se enreda en una bota izquierda llena de algas; y es el pie izquierdo el que, en la segunda mitad, pierde el Capitán Wack (Martin Lawrence) a merced de un tiburón (en una secuencia desopilante de la cual prefiero no revelar demasiado).

Caminar implica, también, un estado de sobriedad necesario para hacerlo. A partir de la muerte de Minnie, la intoxicación se convierte en una herramienta para tapar el dolor. Luego de destrozar su propia casa, Moondog tiene sólo dos opciones: la cárcel o la rehabilitación. La jueza lo enfrenta y lo interpela: ella solía admirar su poesía, pero ahora su conducta desagradable le disgusta. Aparece otra inquietud, que será relevante para el inesperado cierre: ¿puede el artista reinventarse cuando su rebeldía se convierte en una caricatura, cuando la comodidad económica conspira contra su sensibilidad?

Esto es una película de Harmony Korine, y las cosas no ocurren como uno lo espera: nada más lejos de la fábula motivacional. Luego de trabar amistad con Flicker (Zac Efron), un adicto con un corte de pelo similar a un panini (!), Moondog abandona la clínica de rehabilitación para volver a las calles de Key West. «Jesus ya pagó por tus pecados», le dice Flicker, mientras le roban a viejo para costearse los vicios. De la misma manera que en Spring Breakers, Harmony Korine usa el casting como herramienta meta-ficcional de cruel ironía: si en su película anterior Vanessa Hudgens era una de las chicas que, con ansias de adrenalina y dinero, se metía en el crimen, esta vez es Zac Efron quien encarna a esa juventud descarriada y violenta. El interés de Harmony Korine parece haber virado de los freaks que habitaban Gummo a los rostros prístinos y los cuerpos atléticos de las ex-estrellas de Disney: acaso otra manera de retratar la decadencia del american dream como fenómeno no sólo económico, sino estético.

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Volviendo a los pies (y sus metáforas), cabe señalar el rol que cumplen a la hora de reconciliar a Moondog con su difunta esposa, vínculo que es el corazón de esta película. Si en vida Minnie toleraba pacientemente el devenir de Moondog, su mandato lo convoca más allá de la muerte -de manera casi sobrenatural- a reencontrarse con su don poético. En su relación, los pies son símbolo de amor y adoración: los pies de Minnie, que él besa con esmero en su reencuentro, calzaban las botas que Moondog se lleva puestas cuando le toca abandonar la casa luego del accidente. 

Caminar implica, también, sostener su virilidad: «still banging», se ufana el Capitán Wack, balanceando la pelvis a la vez que camina con bastón -consecuencia permanente de sus heridas en Vietnam-. Poco después, el tiburón le arranca el pie. Sólo un elemento emerge como improbable rescate para Moondog, como alternativa a esa virilidad con fecha de vencimiento: el cross dressing.

Eventualmente, Moondog se reencuentra con Lingerie. El poeta se sube al yate de su amigo, no sin antes  obedecer al pedido de sacarse -no es casual- las zapatillas. Juntos comparten anécdotas de su intimidad con Minnie, y Moondog tiene la oportunidad de hacer un discreto duelo: quizás haya pasado menos tiempo con Minnie del que hubiera podido; quizás su compulsión por arrojarse al mar, como el Ulises decadente que es, lo haya vaciado de propósito. Pero en el mar generoso, se abre la posibilidad de un reencuentro espiritual: enfundado en una tanga violeta, Moondog fantasea con vestirse de mujer. A partir de entonces, retoma la escritura y viste la obsesión con su pene (al cual le dedica un poema) con vestidos floreados. La ropa aparece como una manera de conectarse con ese amor que ya no está, como reemplazo de esa virilidad (con fecha de vencimiento cada vez más acuciante) por un estandarte contra el olvido. «El mundo conspira para hacerme feliz», dice el poeta. 

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Contra los pronósticos menos optimistas, el nuevo libro de Moondog resulta un gran éxito y su desagradable representante (Jonah Hill) lo endulza con comentarios elogiosos. «¿Sabés qué es lo que más me gusta de ser rico? Que podés ser horrible con las personas y se lo tienen que bancar», le dice, recordándonos la decepción de la jueza. ¿No habrá sido el éxito el que, en primer lugar, entregó a Moondog a las comodidades de su propio hedonismo? En el final, Moondog organiza un gesto performático y poético: llena un velero de todo su dinero en efectivo y, ante la mirada atónita de sus admiradores, lo hace explotar. Luego, se entrega al mar enfundado en su vestido de lentejuelas, con su mascota (un gatito albino) y un cóctel en la otra.

Quizás la única manera de liberarse de las comodidades y de abrazar la libertad, sea agarrar todas nuestras ideas de validación y relevancia y prenderlas fuego: la ausencia de sentido no implica que la vida no pueda ser tremendamente divertida. Las olas mecen con delicadeza el bote de Moondog y a la memoria acude Peggy Lee, con su fraseo lleno de sensual ironía: If that’s all there is my friends, then let’s keep dancing / Let’s break out the booze and have a ball…

Alright, alright, alright.

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