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Tiempo de lectura: 3 minutosThe Boys – Temporada 1

Ludmila Ferreri

The Boys
EE.UU., 2019, 10 episodios de 60′
Creada por Evan Goldberg, Seth Rogen y Eric Kripke 
Con Karl Urban, Jennifer Esposito, Jack Quaid, Elisabeth Shue, Laz Alonso, Simon Pegg,Colby Minifie, Jess Salgueiro, Brittany Allen, Bruce Novakowski, Sarah Camacho, Jaiden Cannatelli, Chace Crawford, Brittany Drisdelle, Karen Fukuhara, Haley Joel Osment, Aya Cash, Alanna LeVierge, Dominique McElligott, Nathan Mitchell, Erin Moriarty, Jim Pagiamtzis, Antony Starr, Jessie T. Usher, Lovina Yavari, Jhonattan Ardila, Christian Bako, Abraham D. Juste, Stephannie Hawkins, Andrea Houssin, Akiel Julien, Aniko Kaszas, Anna Khaja, Callum Shoniker, Tomer Kapon

Humano, demasiado humano

Por Ludmila Ferreri

Si algo prevalece luego del visionado de la primer temporada de The Boys (la vi hace un montón, pero por diversos motivos siempre pateé la escritura hasta hoy: todavía me pregunto por qué) es el abierto deprecio hacia el género de superhéroes, que es un rasgo bien contemporáneo que divide aguas entre quienes disfrutan enormemente con esa forma de la épica y quienes la desprecian y asumen todo el tiempo la postura de la otra orilla, la postura de los descreídos. La realidad es que, incluso con esa pose definida -ostensiblemente progresista, anticorporativa por excelencia-, con algunas aclaraciones previas, el gusto por la serie termina pasando por otro lado. Justamente: su carácter refractario al mainstream adocenado es, precisamente, lo que menos interesa. Pero esas críticas hacia el mundo de lo heroico («los superhéroes no nacen, se hacen» dice el tagline de la segunda temporada que, en buena medida corona el arco dramático del recorrido de la primera, que es el de la desmitificación: los superhéroes son sexópatas, voyeurs, sádicos, hipócritas, inseguros, etc: acaso no debería ser un rasgo a explotar positivamente toda esa carga de humanidad?) son la contracara moralizante de un aspecto mucho mas interesante, que es el que proponen los personajes. En ese horizonte de intereses, The Boys es una serie liviana y compleja a la vez, inteligente y con un sentido del humor negrísimo.

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El problema de la primer temporada surge cuando esa mirada contradictoria, oscura, repleta de matices, que entregan los superhéroes en cuestión es constantemente reforzada con el señalamiento, como si en alguna medida la serie se pusiera en un rol aún mas restrictivo y normativo que el propio género que se toma en serio a si mismo. Como si en la necesidad de plantear la postura progresista («los superhéroes no existen, son una mentira corporativa») al mismo tiempo necesitara postular una idea conservadora, puritana («ah, vieron qué infames que son? Les interesa la guita, son inseguros como la mierda, solo quieren coger y están plagados de perversiones varias»). Es rara esa postura, porque en buena medida la serie se comporta en su primer temporada como un monstruo de dos cabezas: deja ser a sus criaturas pero constantemente nos mira a la cámara para exigirnos una toma activa de posición. Esa restricción genera una sucesión de avances y retrocesos que no nos dejan entrar del todo en ese mundo de gente repleta de problemas. Y como contrapunto, elegimos a los integrantes del grupo de vengadores (los «Boys» del título) a los que la serie si les otorga todas y cada una de las posibilidades de equivocarse sin que el discurso épico y superheroico se vea contrariado.

The Boys oficial poster 1

Hay, en ese desprecio que no habilita condiciones humanas a los superhéroes fallidos (so what?), un gesto que me recuerda a la pose de Scorsese, como si en el fondo no pudieran coexistir las complejidades y el mito al mismo tiempo. Ese recorrido no hace otra cosa que reforzar el carácter diferenciado de los superhéroes que reconocemos en las películas de Marvel y DC, es decir, no nos acerca a ese mundo para desmitificarlo sino que nos construye un mundo tan contrastado y degradado que la única opción que nos proporciona es pensar que no estamos frente a una reflexión sobre el género sino que nos encontramos frente a una serie que se vale de ese universo y ese verosímil para sostener una mirada despreciativa con la experiencia humana de lo superheroico a la vez que se manifiesta abiertamente tolerante y con una postura dramaturgica rica en variantes cuando los «humanos» sin poderes actúan.

La curiosidad de esa doble mirada, separada durante buena parte de los capítulos, no obstante, comienza a confluir conforme nos acercamos al cierre de la temporada, como si en alguna medida la misma serie tomara mayor conciencia de los matices y del recorrido común a ambos lados de la calle que nos propone recorrer. Esa posibilidad (la de dar a los héroes la posibilidad de ser personas, pero al mismo tiempo ser figuras heroicas, a su vez, dar a los vengadores la condición de ser tan hijos de puta como aquellos contra los que quieren actuar) hace del cierre de la primer temporada una ventana que permite entrar aire, un momento de respiración que, seguramente, explote en la segunda.

El anticorporativismo, en algunas ocasiones, termina siendo la defensa mas irrestricta del corporativismo mas extremo.

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