The Square
Suecia-Dinamarca-Alemania-Francia, 2017, 142′
Dirigida por Ruben Östlund.
Con Claes Bang, Elisabeth Moss, Dominic West, Terry Notary y Christopher Læssø.

Los Fariseos

Por Tomás Carretto

 

The Square es una de esas pequeñas grandes aberraciones que le suceden al cine de vez en cuando (un de vez en cuando cada vez mas repetido). No por su calidad media ni por su mediocridad absurdamente recompensada (Palma de Oro en Cannes 2017, Nominación al Oscar como mejor película extranjera 2018) sino por lo que su calamidad implica como concepto. Ostlund pertenece a una corriente de realizadores que no viene del cine y que lo han tomado por asalto. Como Cohn y Duprat cuyas películas tienen muchísimos puntos en común a las de Ostlund. Directores -el sueco y los argentinos- en algún punto con un gemelazgo digno de estudio. Son películas (esta The Square, y El Artista (2006) y El ciudadano ilustre (2016) de Cohn y Duprat) que reflexionan sobre un mundo del arte que necesitan representar de manera sardónica de modo que puedan justificar su inclusión a él. Un mundo del arte que –y en algún punto están acertados (de ahí el reconocimiento) -desprecia cada vez más la disciplina, el trabajo, la honestidad intelectual, el dominio de la técnica, y hasta el talento (y cierto humanismo). Si al cine (y al arte)-y luego vamos a ser una distinción pertinente- le quitáramos todo eso, bueno tanto Ostlund como Cohn y Duprat (que aparezcan en la alfombra roja de Cannes es cuestión de tiempo), pueden estar a la par de los Cronenberg y los Bellocchio (por citar a algunos de los últimos “resistentes”). Son pares. “Directores de cine” como Scorsese y Clint Eastwood.

Si el arte es solo impostura, los impostores son artistas. “¿Qué culpa tengo yo si incluso me premian por decirlo?” podría decir Ostlund. Como si pusiéramos a un tipo que nunca jugó al fútbol y armáramos una conferencia de prensa para presentarlo como el próximo 10 de River. Como Max Higgins y Ali Dia, grandes impostores de fines de siglo pasado. El registro (y la visión que plantean del arte) entonces no es inocente y es tan necesaria como imprescindible. No hay timo. Solo talento para la polémica disfrazado de talento artístico. Como Upa! (2007), aquella película argentina filmada con los pies que ganó el Bafici. Pero también debe haber algo que a mí se me escapa. Porque las películas que también polemizan con el arte y sus imposturas, pero hechas por genuinos artistas que no lo desprecian (como Art School Confidential (2006) de Terry Zwigoff sobre el cómic de Daniel Clowes) pasan absolutamente desapercibidas. Si uno se pone a pensar que The Square ganó la Palma de Oro que se les negó (por ejemplo) a Elle (2016), El inmigrante (2013), Copia Certificada (2010), Vincere (2009), Los dueños de la noche (2007), Volver (2006), Una historia violenta (2005) y Embriagado de amor (2002), dan ganas (ahí sí) de ser un personaje de Ostlund, Cohn/Duprat, Giralt, o Szifrón (otro impostor) y prender fuego todo. No es que el arte (y el cine) está muerto sino que se prefiere su parodia que lo deforma y lo ridiculiza. Incluso gente que lo necesita para seguir lucrando con él como los organizadores del festival de Cannes y el “ilustre” jurado conformado por Almodovar, Will Smith, Marin Ade (la directora de Toni Erdmann), Jessica Chastain y Paolo Sorrentino. Aunque viéndolo así el premio no sorprende.

En ese esquema multidisciplinar (donde ni siquiera es que aparecen esos directores horribles que alguna vez el festival puso de moda: Angelopoulos, Kusturica, August, Mike Leigh, Ken Loach, Peter Greenaway) sino donde el cine pasa a ser uno más, un extra al fondo de la pantalla y la fulana utilizada para vociferar esas generalidades sobre “el arte” y el”artista”, “el burgués” y “el hombre común”. Lugares comunes que ya todos conocemos y en donde ni siquiera ahí The Square es innovadora. “Previsual” les decía De Palma a esas películas que se adivinaban antes de mirarse. El problema que tiene un paracaidista como Ostlund es ¿cómo va a hacer de aquí en mas para sostener una carrera de un arte que desconoce?. Con una Palma de Oro en la espalda para peor. Como evidencia este video cuando la gente de Criterion lo invita a elegir películas de su catalogo que desconoce por completo (véanlo aquí sino). Si, su fuente además son los videos de youtube. Y es que los Ostlund y los Cohn/Duprat solo necesitan del cine su estuche prestigioso. Como el museo lo es para Cristian (el personaje interpretado a Claes Bang, demasiado parecido al Spregelburg de El hombre de al lado (2008)). No solo los personajes necesitan del museo o la casa Curutchet sino los propios realizadores.

Una “comedia de enredos” de 240 minutos como esta que es una acumulación de gags mal resueltos y filmados sin entusiasmo (el cocinero, el espectador con Tourette, el preservativo sin semen (ya visto en 40 días y 40 noches de Michael Lehmann), la performance “animal” de Terry Notary que bordea la abyección). Sátira tímida y culposa que cuando cae en el humor negro (el video de la nena) o el chico patotero (única subtrama lograda), no sabe cómo resolverlo, porque son momentos que quedan desubicados del resto, una sátira liviana sobre un conjunto de burgueses sin gracia, con la única excepción de Christopher Læssø que recuerda al Romany Malco de las películas de Judd Apatow. ¿Qué se puede reflexionar sobre el cine y el arte desde una película que hace uso y abuso del naturalismo, filmada con un lente normal, desde una posición de cámara normal?. Mejor ver F de Falso (Orson Welles, 1973). Porque convengamos que la palabra “arte” se puede prestar a todo tipo de manipulación, pero es difícil codificar un arte como el cine donde tipos como Hitchcock, Hawks, Eustache o Dreyer, presentan visiones estéticas y de mundo tan disimiles. Por más que los burgueses masoquistas de Cannes prefieran castigarse con esta película o con Escondido (2005) de Haneke, a quien Ostlund imita de manera deformada. Películas donde el cine es sólo un vehículo donde los “sociólogos” lo utilizan como vampiros para sus tesis. Los prejuicios sociales señalados aquí, a fin de molestar al burgués del otro lado, no se alejan nunca del lugar común, los personajes (vean Play (2011) de Ostlund, pero también El ciudadano ilustre, ya mencionada varias veces porque su parentesco no es casual) se comportan a la altura de esos prejuicios. No hay sino voluntad de sembrar mala conciencia.

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