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Tiempo de lectura: 4 minutosYa no estoy aquí

Sergio Monsalve

Ya no estoy aquí 
Mexico, 2019, 112′
Dirigida por Fernando Frías de la Parra
Con Juan Daniel Garcia,  Coral Puente,  Angelina Chen,  Jonathan Espinoza,  Leo Zapata, Leonardo Garza,  Yahir Alday,  Fanny Tovar,  Tania Alvarado,  Yocelin Coronado, Yesica Abigail Silvia Rios,  Deyanira Coronado,  Marco Antonio Camilo Sánchez, Brandon Stanton

Una porción del sueño

Por Sergio Monsalve

Ulises emprende un nuevo viaje metafísico por una zona de guerra cultural, entre lo alto y lo bajo, lo viejo y lo nuevo, el trendy y la escuela alternativa del último cine mejicano.  

La odisea del protagonista de Ya no estoy Aquí es acaso la de la mutación de las estéticas del arte audiovisual azteca en el siglo XXI, pasando de las asimilaciones mainstream de los tres amigos(Iñárritu, Cuarón y Del Toro), a las expresiones descarnadas del realismo poético y abstracto de los aliados de Carlos Reygadas(Amat Escalante y Michel Franco). De hecho, el filme engloba la estilización de la miseria en Amores Perros y Roma, así como el despojamiento de la observación documental perfilado quirúrgicamente por Después de Lucía y Heli, con todo y sus estallidos inesperados de violencia. 

El filme transcurre en la época del sexenio de Felipe Calderón, cuando el ejecutivo declara la guerra a los carteles de la droga, militarizando al estado. Acto seguido, el país se baña de sangre en medio de una lucha intestina por el control de las regiones. El plan culmina con la radicalización de las mafias del narcotráfico y la estampida de miles de desplazados. Ulises, el personaje central de la historia, es una de las víctimas de la purga de las bandas delictivas enfrentadas a la represión del poder oficial. 

Ulises pertenece a la subcultura de los famosos “cholombians”, cuyos miembros escuchan y celebran la cumbia desde el Monterrey glorificado por los videos de Celso Piña con Blanquito Man y Control Machete. Sumidero nacional, tarareando al compás, salido del barrio, vallenato free style. 

Busquen el clip de “Cumbia sobre el Río” para darse una idea, sin olvidar la definitiva exportación del fenómeno en la contribución de “El Gran Silencio”(que es la pura sabrosura). 

Los “chuntaros” de MTV latino bailan como los “Kolombians” de Ya no estoy Aquí, cuyos actores no profesionales ensamblan coreografías ensimismadas, con movimientos tribales heredados de rituales ancestrales y mutaciones rítmicas de los noventa. 

Es abismal la diferencia con Ema, de Pablo Larraín, porque el soundtrack de la cinta de Fernando Frías se compone con los auténticos clásicos de la época. En la película del chileno, la dirección propone una errada interpretación artie del reagetón, expropiándole su fuerza natural en un proceso cercano al “white washing”. En cambio, el tejido musical del largometraje norteño es respetuoso de los orígenes del movimiento urbano.  

Por ello, Ulises prefiere la cumbia relajada al momento de abstraerse en sus pensamientos. La cámara lo capta ejecutando sus pasos de danza, primero en planos de conjunto con sus amigos. Después, la fotografía irá cerrando el encuadre, para ilustrar la progresiva soledad y aislamiento del sujeto ante su nueva circunstancia de forastero, de migrante en Estados Unidos. 

Su familia reúne dinero para sacarlo del país, por los caminos verdes, tras ser testigo de las batallas campales y de los juegos de tronos del narco. Ulises quiere vivir con sus “terkos” en paz, escuchando rolas y dejándose llevar por los sonidos de la noche. Pero el contexto no le ayuda. 

Con su corte de cabello y su look, Ulises intenta reclamar su porción del crisol de razas, del sueño americano. Consigue la solidaridad de una chica asiática, que le brinda posada al identificarse con su condición de exiliado. Al mismo tiempo la seduce la alteridad y la posibilidad de adaptarla como un valor exótico de interés social. La joven china aparece un día vestida como él, imitando su porte. En ambos casos fallan la comunicación, el intercambio y el mito de ser integrado. Ulises permanece fiel a sus principios y raíces, extrañando su pasado. 

En Queens, la gran Manzana, el adolescente deambula por la periferia, siendo un extranjero y un desterrado irredimible. Apenas habla con una mujer colombiana y un día rompe con un grupo de ocasión, por mostrarse incapaz de aceptar su música y su baile de “kolombian”. 

El hip hop y el tecno se van imponiendo en el playlist del adolescente global. Ulises regresa a casa, luego de sufrir una inevitable deportación, a consecuencia de su desafortunado devenir como indigente y paria de las malas calles. 

Ya no estoy aquí debe incluirse en el top de los estrenos de Netflix en el 2020. De manera sobria expone un dilema de la subcultura popular, evitando los atajos fáciles de la moralina, la demagogia y la corrección política. Una lección de puesta en escena sobre el concepto de la identidad y su eclipse. Símbolo del ascenso y el declive de las vanguardias. 

Un día, finalmente, el cine le hizo justicia a los “cholombians”.

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