Western
Alemania, 2017, 100′
Dirigida por Valeska Grisebach
Con Meinhard Neumann, Reinhardt Wetrek, Waldemar Zang, Detlef Schaich

Aprender a bailar (*)

Por Fernando Luis Pujato

La diminuta anciana húngara de una edad indeterminada, con su florido pañuelo en la cabeza y sus polleras de tono más bien oscuro -esas fotos de principios del siglo pasado que hemos visto de tantos inmigrantes europeos en cualquier lugar del mundo- le alcanza un taza de café a uno de los obreros alemanes que han venido a trabajar en la reserva natural de Ali Botush, sentándose a su lado mientras le dice que es un hermoso día, justamente, para ir a trabajar, “ve, ve a trabajar” y la silueta de Meinhart lentamente desaparece tras una puerta de la casa cuyas blancas cortinas se agitan un tanto por la cálida brisa de la madrugada. Antes de esto Meinhart y su amigo local Adrian, un tanto borrachos, tratan de explicarse el uno al otro el porqué de sus presentes solitarios, como corresponde a esa incierta hora en la cual la conversación (casi) siempre deriva en confesiones íntimas acerca de esos recuerdos dolorosos llamados ausencias, sean del tipo que sean. Antes de esto, en el patio de la misma casa, un grupo de aldeanos, encabezados por Adrian le recriminan duramente a Vincent, el jefe de la cuadrilla de obreros alemanes que intentan despejar el terreno con el propósito de instalar una central hidráulica, haber desviado el rio para su propósito dejando sin agua al pueblo mientras este trata de explicarles que es para su bien y que solo necesita un mes o un mes y medio para terminar el trabajo; todo termina en una respuesta de sentido común del tipo eso no es posible por parte de los aldeanos y en la invitación de Vincent a la joven traductora para ir a cenar. Esta larga secuencia, que comienza en una discusión irresoluta, prosigue en un interregno amistoso, y culmina en un tierno mandato, es una pequeña muestra de situaciones puntuales que se desarrollan a lo largo de todo el film cuya similitud tiene que ver no solo con su resolución, sea del tipo que fuere, sino también en cuanto a su alcance inmediato. Y su alcance inmediato no es, precisamente, la inmediatez.

Gran parte, sino todo, lo que sucede en Western es diferido y lo es porque aquí no se trata de un grupo de extranjeros que llegan a un sitio determinado para realizar su trabajo lo más prontamente posible y regresar a su lugar de origen sin mezclarse con los nativos del lugar; se trata de una paulatina intromisión. Más allá de la bandera nacional tricolor izada en el campamento casi al momento de la llegada de la cuadrilla alemana y del incidente provocado por Vincent al molestar torpemente a una joven en el río y de la irrupción nocturna en la aldea persiguiendo una moto. Más allá del aquí estamos nosotros y del así podemos llegar a comportarnos y, literalmente, del “tardamos setenta años pero estamos de vuelta”, no es precisamente esta gesta teutona casi infantil -los gestos y el discurso del más fuerte- la que introduce una suerte de larvada tensión entre los recién llegados y los que llegaron mucho antes que ellos; aunque esta tensión se mantiene latente y algunas veces se acreciente porque ninguna de las partes se encuentra demasiado interesada en disminuirla. Es el incipiente contacto genuino con los otros iniciado por Meinhart, un tanto por azar y mucho por necesidad, el que instaura una pequeña brecha por la cual se filtrarán los equívocos y las intenciones deseadas o no deseadas pero también un amorío en presente y, tal vez, una amistad a futuro. Cuando Meinhart, abandonado en el medio de la nada por sus compañeros en el regreso al campamento -esto es: te dejamos a pie en un camino de tierra desconocido en la noche cerrada- es auxiliado por Adrian y un par de sus amigos pensando que desea cruzar clandestinamente la frontera con Grecia advirtiéndole que hay soldados armados dispuestos a disparar pero este les aclara que en realidad pertenece a la cuadrilla de obreros alemanes y también ha sido un soldado, un legionario específicamente, ya no hay vuelta atrás; un pasado misterioso a la vez que fascinante ha sido instalado. De aquí en adelante Western es, por sobre cualquier otra consideración un intento por pertenecer.

¿Pertenecer a qué, en definitiva?, ¿a una pequeña sociedad, a sus formas y maneras de situarse en el mundo? A un paisaje, en realidad. A ese lejano pico de montaña que Meinhart descubre por primera vez, erguido con los brazos en jarra sobre la cintura, cuando alza la vista del estrecho sendero abierto por las máquinas donde se encontraba despejando los troncos de los árboles. A encontrarse en el “paraíso”, la única palabra que atina a pronunciar dentro del auto un instante antes de bajar y toparse con ese valle imponente presidido por una enorme roca que semeja el perfil de un hombre, como le señala Adrian sentado sobre una piedra con los brazos apoyados en las rodillas. Y los tejados de las casas circundadas por plantaciones y jardines. Y el balcón coronado de flores y plantas desde el cual se puede conversar con los vecinos. Pero esta inmensa geografía aún sin domesticar, o domesticada solo a medias, también contiene una lengua absolutamente desconocida, tanto como las pequeñas y grandes historias que han sucedido, tanto como las adecuadas maneras de comportarse en determinadas situaciones. Las coordenadas culturales de un nuevo, diferente, mundo están ahí, solo es necesario comprender sus significados para tener acceso a ellas; nada menos. Y Meinhart, que no es ni un antropólogo ni un misionero ni un curioso viajero de cualquier siglo anterior a este, lo intenta. Observa, escucha, balbucea. Acierta algunas veces y se equivoca las más de las veces, es felicitado y golpeado y, si las estrellas se alinean en su favor, aceptado sin más por breves lapsos de tiempo. No es una paradoja que todo esto contribuya para acercarlo trémulamente a la extrañeza y alejarlo paulatinamente de lo familiar, es la condición ineludible de haber iniciado un camino cuyo horizonte finalista es una incógnita y cuyo único retorno posible significa volver a una vida a la que no se desea volver. No hay ningún flashback sugiriendo y menos aun explicando el porqué de esta decisión, apenas una insinuación que bien podría llevar como título El malestar en la cultura, el libro escrito por uno de sus compatriotas que jamás izó la bandera de su país, ni siquiera en un acto escolar. Imagino.

Algunos signos de ese malestar son bastante explícitos aunque la exploración acerca de un pasado absolutamente desconocido para explicar un presente conocido solo a medias se encuentra absolutamente ausente en el film. No hay nada que explicar aquí además de lo que se ve o se pueda imaginar a partir de lo que no se ve; ambas cosas son suficientes, por cierto. Y lo son porque independientemente de un par de secuencias en el adentro, Valeska Grisebach juega su ficción en el espacio público -el ámbito en el cual la cultura de un pueblo se manifiesta claramente- alternando las relaciones con los encuentros, coincidan o no en su fugacidad, mostrando una aventura estrictamente personal dentro de una comunidad, no emergiendo de ella. Desparramado en el piso de tierra debido a un par de golpes propinados por un borracho que le ha recriminado meterse con sus mujeres, Meinhart recibe de vuelta la navaja que le había regalado al sobrino de Adrian mientras este le pregunta qué está buscando en ese lugar. Su respuesta es dirigirse cansinamente hacia el galpón abierto de la festividad comunal e intentar danzar al ritmo de una música tecnofolk a la par de los aldeanos de cualquier sexo y edad que se encuentran ahí. Aprendiendo a bailar. Junto a ustedes. Aprender a bailar. Junto a los otros.

(*) Publicada como no estreno en Perro Blanco, Abril de 2018

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