Yesterday 
Reino Unido-Rusia-China, 2019, 116′
Dirigida por Danny Boyle.
Con Himesh Patel, Lily James, Kate McKinnon, Ed Sheeran, Lamorne Morris, Ellise Chappell, Camille Chen, James Corden y Robert Carlyle.

Una pesadilla luminosa

Por Ludmila Ferreri

El Danny. Boyle. Si algo ha caracterizado al cine de Danny Boyle es la intensa búsqueda de lo extraordinario frente a la vida cotidiana y ordinaria (no por nada una de sus mejores películas le dedica alusivamente su centro neurálgico a esta idea: A life less ordinary, conocida por estas pampas como Vida sin reglas). Por eso, cuando nos enfrentamos a las películas de este director, no dejamos de estar frente a un cine de inadaptados. O al menos un cine de personas que no quieren adaptarse, que no quieren tener una vida más y no saben cómo lograrlo, cómo no caer en lo mismo que la gran mayoría (esa otra gran obsesión del cine de Boyle: no ser como la multitud es la clave). Por eso también en su cine los personajes que perecen frente al mundo de las responsabilidades cotidianas suelen ser portadores de alguna clase de castigo. Ahora bien, si la lectura siempre fuera esta, o en esta dirección (leer la obra de los directores como autores también tiene un poco de facilismo) nada tendría que hacer dentro de este conjunto una película como Yesterday. O quizás si pertenezca, pero sea Boyle en este caso el que, vía Richard Curtis, de un giro de tuerca a sus propias fábulas, sus propios cuentos de hada oscuros para narrar un cuento de hadas hecho y derecho. Si me preguntan, incluso, creo que hay en Yesterday una operación similar a la que hiciera Friedkin con el guión filo-cristiano de William Peter Blatty a la hora de filmar El Exorcista: filmar contra el guión, como quería Godard (pero sin que se notara, claro). Hay un giro con respecto al propio cine de Boyle y respecto a las fábulas edulcoradas de Curtis, entre otras cosas, porque esa vida extraordinaria que aleja a los personajes de la cotidianeidad no tiene en esta película una valoración cercana al límite de la muerte como ya hemos visto en otros films de Boyle. En todo caso, si forzáramos la lectura autoral, en Yesterday la única muerte posible viene asociada a la pérdida de la identidad, a la despersonalización. Por eso, en alguna medida, funciona como un cuento de hadas invertido. Y qué mejor referente para pensar en esta clase de volteretas que uno de los directores que sobrevuela todas y cada una de las películas de Boyle: hablamos de Frank Capra.

En Capra, el mundo exterior, la aventura, lo extraordinario no es algo a lo que se renuncia voluntariamente. En todo caso es algo que siempre funciona como límite, precisamente para que el retorno al mundo ordinario sea un retorno con fascinación: mejor no haberse ido. Al fin de cuentas las parábolas carpinas tienen algo de eso: reconocerse a si mismo volviendo a observar el mundo de origen de otra manera. Por eso, en esta curvatura respecto de su propio cine anterior, el retorno al origen no está cargado de cinismo ni de desprecio sino que supone un giro acaso más oscuro que sus películas anteriores: el retorno al mundo de inicio es un retorno confirmador de todos los aspectos ordinarios del personaje, pero enrarecido, con un tono de pesadilla luminosa, que recuerda vagamente a esa obra maestra olvidada de John Ford llamada When Willie comes marching home (John Ford, 1950), en la que un aspirante a soldado humillado por la imposibilidad de ir a la guerra termina siendo un héroe que retorna a su pueblo pero que a su vez no puede revelar nada por una cláusula que le impone el estado, que lo considera que puede tratarse de un doble agente. Bueno, en el caso de Yesterday tenemos un sistema de coordenadas reversibles que hacen que lo oscuro sea en realidad luminoso y que lo luminoso se vuelva realmente oscuro (algo que también ya sucedía en otra película de Boyle malentendida de aquí a la China: Slumdog Millonarie). Por eso estamos frente a un sistema que construye un mundo luminoso (el de la cotidianeidad) contrastado con un mundo presuntamente oscuro (el de la fama), al que se accede suplantando una identidad y asumiendo una identidad que no es la propia. Pero ahí donde la película bien podría establecernos en el clásico mapa de las parábolas moralistas de “lo que importa es ser feliz con lo menos posible” o “nunca abandones tu terruño, que ahí están los que verdaderamente te quieren”, lo que sucede es más retorcido: el retorno al mundo ordinario es un retorno cargado de psicopatía.

Ordenemos las cosas argumentalmente para entender el concepto: un músico mediocre, de origen pueblerino, luego de un accidente sucedido en una noche en la que se produce un apagón de luz mundial, despierta en un hospital. Y por algún motivo descubre que en el mundo no han existido nunca ni Los Beatles, ni la Coca Cola, ni los cigarrillos ni Harry Potter. Con esa premisa delirante realiza un salto al vacío: qué podría suceder si el protagonista fuera el único en el mundo en recordar a Los Beatles y sus canciones y decidiera sacar partido de ello simulando ser un cantautor excepcional? Y si a partir de eso su vida cotidiana cambiara radicalmente y tuviera que alejarse de su pueblo de origen? Si nos quedáramos con el formato del argumento en su versión más superficial, Jack Malik, el protagonista, sería la perfecta excusa para pensar un periplo de autodescubrimiento. Y su mejor amiga, la hermosa Lily James (que recuerda a Celeste Cid si le prestan atención), sería aquella encargada de volverle los pies a la tierra. Pero ese no es el juego de Yesterday. No es tan simple. Y lamentablemente es lo que la gran mayoría de la crítica vio (como también sucedió en su momento con esa otra maravilla de reversibilidades y especularidad que es La increíble vida de Walter Mitty) es que en el cine de Boyle las operaciones son en negativo, es decir, por inversión moral. De esta manera la mejor amiga de Jack no debe ser vista como el personaje que construye a la persona, sino que es la principal encargada de cortarle las alas a su amigo. Pero esa castración está construida en la película como un retorno con aprendizaje, cuando quizás, a decir verdad, deberíamos preguntarnos qué clase de aprendizaje se juega en el abandono de la propia identidad tal cual y como la conocemos. En definitiva, es una película que se obsesiona con la pesadilla del terror al cambio.

Es interesante que en Yesterday el mundo extraordinario de la fama no es mostrado por Boyle de manera extraordinaria, sino más bien con recursos bastante más discretos. Ya no más planos con anulaciones extravagantes ni cosas por el estilo como en muchas de sus películas anteriores (algo que ya se había logrado atemperar en esa maravilla que es Steve Jobs. Y quizás en ese aspecto radique parte de la pesadilla: que la hipérbole formal con la que Boyle solía mostrar el mundo extraordinario comience a convertirse, bien de a poco, en algo poco novedoso. Y que la estrategia haya hecho un giro: desidealizar al mundo extraordinario para que el retorno al mundo ordinario parezca menos duro. Y que la novedad esté orientada en dirección a la reformulación del llamado mundo normal. Eso supone un retorno sin gloria: frente a la imposibilidad de que los personajes puedan encontrar su lugar en la sociedad, son ellos quienes buscan hacer un salto hacia lo extraordinario (incluso a riesgo de que se despersonalicen). Pero en un acto de cuidada crueldad Boyle decide traerlos de vuelta al punto de partida, como si se tratara de simples perdedores alegres. Ese movimiento supone un gesto atroz pero no carente de conciencia: el retorno, que parece feliz y luminoso es, en esencia, en las películas de Boyle (y en Yesterday en particular) una verdadera pesadilla.

Pero es la pesadilla feliz de la vida común y corriente (que como dijimos antes, en el cine del director es aquello de lo que se busca huir). Sucede entonces una contradicción feroz, que Boyle no resuelve: propugna a sus personajes una felicidad ficcional, que podemos observar, pero a su vez testimoniamos una felicidad en la cual no podemos creer. Algo pasa frente a nuestros ojos. Parecemos experimentar un final feliz. Pero no hay nada más lejano a eso. Por eso el formato del cine de este director es el de la fábula. Por eso se produce una suspensión de la inverosimilitud. Porque en esa felicidad imposible radica el juego de reversibilidades y espejos. Por eso, el final de Yesterday, que resulta a todas luces simplón, tonto y luminoso es, en su núcleo un dispositivo doble: un acto de piedad hacia los personajes, hacia adentro, habilitándolos a una felicidad posible, por más pequeña que esta fuera. Al mismo tiempo, para nosotros, los espectadores, la exposición de un mundo imposible, en el que una pesadilla, un milagro, sea lo único que pueda obrar para sacar a la gente de su miseria y mediocridad cotidiana (Capra 4 evah). El mundo nunca habrá sido más pequeño para Jack Malik. Eso lo sabemos nosotros. Pero en Boyle obra un acto de misericordia de imaginar una vida feliz, pero poco menos que ordinaria para gente que alguna vez soñó con ser distinta a los demás.

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