Yo soy Tonya (I, Tonya)
Estados Unidos, 2017, 121′
Dirigida por Craig Gillespie.
Con Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Julianne Nicholson, Paul Walter Hauser y Bobby Cannavale.

Otro muerde el polvo

Por Raúl Ortiz Mory

1. Lance Armstrong alcanzó algo que parecía imposible en el mundo del ciclismo: ganó siete veces consecutivas el Tour de Francia, la carrera más importante del mundo. Más allá de todos los logros deportivos, el tejano también recibió premios fuera de los márgenes asociados a conducir una bicicleta a toda velocidad. Por ejemplo, en el 2000 fue condecorado con el premio Príncipe de Asturias de los Deportes, el mismo galardón que han recibido en la categoría de Artes algunos genios creativos como Leonard Cohen, Woody Allen, Bob Dylan o Francis Ford Coppola. Todo estuvo sobre ruedas para Armstrong hasta que en el 2012 fue acusado de dopaje y llegó a ser despojado de todos sus títulos ciclísticos, más la inhabilitación de por vida. Su lucha contra el cáncer y su moderado éxito en otros deportes no lograron salvarlo del juzgamiento popular.

2. Mike Tyson fue un boxeador que entre finales de los ochenta y principios de los noventa acuñó una costumbre que apasionaba a los apostadores: noquear a la mayoría de sus oponentes en los tres o cuatro primeros asaltos. Don King, el promotor más poderoso del pugilismo, convirtió al pegador de Brooklyn en un genuino ícono boxístico con una proyección que pudo haber emulado al mismo Muhammad Ali. Como en tantos casos, Tyson encontró en el cuadrilátero una tabla de salvación para afrontar la impronta del barrio bravo y la pobreza heredada. Sin embargo, no pudo con la vorágine de la fama y del dinero. El consumo de cocaína, las acusaciones de violencia sexual, la condena en prisión y la bancarrota financiera, tumbaron al peleador. Su regreso al ring solo causó lástima. Los realities y las películas de baja estofa empezaron a ser los nuevos escenarios del ex-campeón mundial.

3. A los 15 años, Marion Jones fue campeona nacional universitaria de baloncesto. A los 18 ganó su primera medalla de oro en una carrera de 100 metros en el marco de un campeonato mundial de atletismo. Un año después, en 1998, se coronó como la velocista más rápida del mundo en 100 y 200 metros, y acabó primera en el ranking de salto largo. Su consagración definitiva se dio en los Juegos Olímpicos de Sidney 2000: cinco medallas (tres de oro y dos de bronce). Los siguientes años no fueron tan positivos para la californiana: fue acusada de dopaje, lavado de dinero y fraude. Su segundo esposo, el plusmarquista de 100 metros, Tim Montgomery (con quien solía compartir drogas y jeringas), la acusó de “inestabilidad emocional con tendencias suicidas”. El desenlace de su carrera se resolvió con la inhabilitación deportiva indefinida, una temporada en prisión y el repudio nacional.

4. La historia de los héroes americanos del deporte es tan gloriosa como trágica. Todos, con peculiar estilo, han marcado sus caminos para alcanzar el american dream, aunque todo el proceso de consolidación y declive no estaría completo sin la intervención del propio pueblo estadounidense como actor fundamental de la tragedia. Tonya Harding, en esta dirección, fue una patinadora artística que alcanzó notoriedad a mediados de los noventa por ser la primera deportista de su país en completar un triple salto axel (algo así como el gol de Maradona a los ingleses o la cantidad de anotaciones de Kareem Abdul-Jabbar en la NBA). Al igual que Armstrong, Tyson y Jones, Harding luchó por ser la número uno en su disciplina. Tenía todas las condiciones para serlo. Y al mismo estilo de sus compatriotas terminó su carrera de forma accidentada. El principal “incidente” que la enterró fue la acusación de tramar, junto a su esposo, un accidente contra la patinadora Nancy Kerrigan, su principal oponente.

5. Craig Gillespie, director de Lars y una chica de verdad (2007) o El chico del millón de dólares (2014), lleva al cine la vida de Tonya Harding, encarnada por Margot Robbie, bajo el formato de falso documental, algo que, contrario a hundir a la película en la solemnidad del subgénero “basado en hechos reales”, termina por darle libertad y humor. Gillespie recoge con fidelidad las experiencias reales de la patinadora para construir una película alejada de la dicotómica fórmula ascenso-caída. Yo soy Tonya va mucho más allá del biopic que se distingue por el tratamiento épico de los protagonistas que pasan por situaciones similares. Y es que Harding nunca fue la heroína que los estadounidenses soñaron; en todo caso nunca dejaron que se convierta en una. Ese planteamiento es el que Gillespie desarrolla eficazmente. Harding fue un talento único que estaba condenado a ser marginado en un mundo de princesas con traje de tul. De familia pobre, disfuncional y modales groseros, la Harding de Gillespie brega contra las otras patinadoras, el jurado de las competencias, su esposo y su madre. La base en la que se ampara el director se une a otra de carácter social que distingue la idiosincrasia del ciudadano estadounidense: el paradigma y el rol que impone la opinión pública.

6. Gillespie encuentra en su protagonista algo que Armstrong, Tyson y Jones no tienen. Harding no cumple con el requisito de la aceptación oficial porque sus orígenes están divorciados del estatus que tiene el patinaje y no proyecta lo que el país quisiera para una competencia internacional. No solo es la imagen del deportista, también se trata de la cara de una nación. En una escena en que Harding cree haber hecho adecuadamente su presentación, encara a uno de los jurados y éste le dice: “eres una buena patinadora, pero no eres lo que estamos buscando”. Muhammad Ali solía decir que cuando ingresó al mundo del boxeo encontró dos caminos: ser un “negro bueno” (un tipo deferente como Floyd Patterson) o ser un “negro malo” (de pasado carcelario tal como Sonny Liston). Él optó por la tercera vía, ser Ali. A Harding no la dejaron elegir. Siempre quisieron borrarla. En el film, detalles tan delicados como la calidad de la ropa de competencia dicen mucho. El ajuar de Harding no enaltecía al deporte que practicaba… y los jueces se lo hacían saber. Desprecio absoluto.

7. En Yo soy Tonya la marginación de la élite del patinaje hacia la protagonista camina en paralelo con las relaciones afectivas que tenía Harding. Su madre, Lavona Fay Golden (Allison Janney), primero, y su esposo, Jeff Gillooly (Sebastian Stan), después, establecen en torno a la patinadora una relación de amor, odio y dependencia que el director muestra en múltiples situaciones. Lavona es cruel. No duda en castigar física y psicológicamente a su hija a fin de formar un carácter competitivo. Sin embargo, su intención va relacionada a la frustración que ha vivido y no quiere que Harding repita. Janney despliega una actuación memorable donde el cinismo y la autosuficiencia son su marca registrada. Cuando Gillespie saca el máximo provecho a la figura de Lavona cede la posta a Jeff, un marido violento, maniático depresivo, aunque con retazos de ternura. Harding necesita de ambos, por más que sean manipuladores y hayan destrozado su vida. La performance de los tres intérpretes refleja el buen trabajo de Gillespie en la dirección de actores, entendiendo que a veces más es más y que el exceso le sienta bien a las tragedias americanas. Margot Robbie está a años luz de la dislocada y tóxica actuación que tuvo como Harley Quinn en ese bodrio llamado Escuadrón Suicida (2016). Aquí, en cambio, sorprende y convence por un registro que se pasea entre el drama familiar y la comedia negra sin llegar a victimizarse.

8. Algo en lo que también acierta el director para darle verosimilitud a la película, en general, y fantasía a su protagonista, en particular, son las escenas de patinaje. Las grabaciones en las pistas están trabajadas a un nivel de rigurosidad muy cuidadoso. Las coreografías van encajando de acuerdo a los momentos emocionales que atraviesa Harding gracias a la edición y el montaje. Las secuencias de las competencias no serían tan buenas sin los planos detalles de las botas de patinaje y el rostro de Robbie, dos extremos que grafican el sentir del personaje.

Promedio de los jurados: Yo, Tonya es un gran drama deportivo de cuotas humorísticas que profundiza en la figura del antihéroe sin juzgar su proceder, pero que pone en cuestionamiento la catadura moral de quienes construyen la reputación de las figuras públicas pasadas por el filtro del consentimiento popular. Dentro y fuera del escenario social, que en las vidas americanas parece confundirse en un sinfín de simulaciones trágicas, escupiendo y formando ídolos de barro para que los derrita el sol.

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