Zoe
EE.UU., 2018, 103′
Dirigida por Drake Doremus
ConEwan McGregor, Léa Seydoux, Rashida Jones, Theo James, Matthew Gray Gubler, Miranda Otto, Christina Aguilera, Anthony Shim

Simulaciones

Por Rodolfo Weisskirch

Dentro de la ciencia ficción hay diversos subgéneros que deberían tener fecha de vencimiento. Los dramas de – o para – androides, están empezando a agotarse. O quizás, deberían encontrarle algún giro o vuelta narrativa y de estilo para que lo que veamos no termine siendo el reciclado de numerosas producciones que, de por sí, ya son imitaciones de subproductos de tres o cuatro décadas atrás.

Zoe, última obra del prolífico pero casi desconocido Drake Doremus – tiene solo 35 años y ya cuenta con ocho films independientes que no han cruzado fronteras – es otro exponente del género “robots con sentimientos”. Producida por Ridley Scott – que realizó la mejor película sobre el género sin caer en discursos densos, sino explotando visualmente el material, como fue Blade RunnerZoe muestra a una sociedad donde los “sintéticos” o robots ya están instalados entre los humanos.

El laboratorio para el que trabajan Zoe – la maravillosa Lea Seydoux en una interpretación muy sólida pero desaprovechada – y Cole – Ewan McGregor en clave sentimentaloide – se dedica a buscar la forma de prolongar las relaciones románticas a través de tres métodos: la máquina, que posibilita a los solteros encontrar su pareja perfecta por medio de estadísticas, que también brindan a parejas solidificadas el porcentaje de compatibilidad que tienen entre sí; farmacéutica, a través de una droga que otorga a quién la consume la sensación durante unas horas de enamorarse locamente por otra persona; y la sección robótica, que brinda sustitutos androides para tener una relación sin rechazos.

Esta sociedad triste y artificial recuerda mucho a la de Her, la película de Spike Jonze en la que el protagonista se enamoraba de un dispositivo con la voz de Scarlett Johansson. Y las similitudes no solamente radican en términos narrativos sino también visuales. Doremus decide no crear un universo futurístico, sino más bien una realidad distópica con mayores puntos en común con Black Mirror que con la visión de Fritz Lang de Metrópolis, en donde lo único futurístico es el desarrollo de la inteligencia artificial. Lo notable es que el problema de las réplicas, la identidad y la originalidad, algo propio de la ciencia ficción, termina siendo una referencia involuntaria que expone las limitaciones de esta película, que se hunde en un fango de imitaciones, simulaciones y copias de otras.

Pero volvamos a la historia: a poco tiempo de iniciada, queda claro que el conflicto de la historia es menos el retrato social de un mundo aislado sentimentalmente, que la visión particular de la protagonista, Zoe, que se entera casi de la noche a la mañana que es un “sintético”, y eso le afecta principalmente porque se da cuenta que está enamorada de Cole, su creador. A su vez, Cole también tiene sentimientos por Zoe. Lo que podría interpretarse como una relación casi incestuosa, termina siendo una especie de relectura de La novia de Frankenstein, dado que en el medio de este amor, inventor/criatura, aparece el otro monstruo, Ash – el inexpresivo Theo James – que, a diferencia de Zoe, sí sabe desde el principio que es un sintético, y también está enamorado de ella. El largometraje de Doremus se centra específicamente en las contradicciones sentimentales de Zoe y Cole, con la premisa ¿hasta qué punto un humano puede ver a su propia creación como un invento mercantil, y hasta dónde como una persona igual que él?

La mezcla de historia de amor y ciencia ficción no es para nada nueva, y tanto en el tono como la estética – con cámara en mano para generar mayor intimidad, silencios, cortes rápidos, música lacónica – aparece otra referencia obvia de un imaginario sintético-hispter: Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Pero a la hora de película, y ya notando que no se puede seguir estirando un conflicto amoroso que no tiene más cuerda, Doremus decide mostrar los efectos de la droga del amor: en un plano completamente naif, muestra una sociedad adicta al consumo de una pastilla que convierte a Cole en una especie de Renton – el personaje de McGregor de Trainspotting – y ahí el asunto deriva hacia otra película aún más ridícula que la que veníamos viendo.

Ya no solamente la sobrecarga de solemnidad y pretensiones convierten a Zoe en un bienvenido somnífero, sino que a eso hay que agregarle una suma de subtramas que hacen más absurda e involuntariamente risible a la película. En el último acto, al mejor estilo Inteligencia Artificial, Zoe descubre que se ha convertido en el último juguete del laboratorio, y como si fuese John Malkovich entrando en su propio cerebro, la protagonista abre una puerta y se encuentra con decenas de clones interactuando con posibles clientes.

Vale destacar que lo que Spike Jonze y Charlie Kauffman sabían explotar con inteligente ironía y humor negro, en Daremus solo termina siendo una imitación barata (y aclaremos que la escena de Quieres ser John Malkovich se inspiró en The Play House, de Buster Keaton). Llegando a este punto, ya no se sabe si el director pretende hacer un homenaje o simplemente está subestimando la inteligencia del espectador. El gran dilema de Zoe es que el realizador y su guionista, Rich Greenberg, construyen un universo que les queda grande. Que no solo pretende ser innovador, sino que, por el contrario, no es más que una suma de clichés ya vistos y pobremente ejecutados en términos cinematográficos. Incluso no falta el submundo de prostitución sintética, en donde se encuentra Christina Aguilera (!) brindando sus servicios.

Lo único realmente destacable de Zoe es Lea Seydoux. No solo tiene esa potencia seductora de la que carecen la mayoría de las actrices contemporáneas, sino que además su personaje logra ser genuina y generar empatía. La cámara devora su mirada, y la sutileza de la actriz para moverse, para tocar a sus coprotagonistas, para intentar emocionar al público es notable. Uno se enamora de Lea Seydoux fácilmente – lo vimos y experimentamos en La vida de Adele – y acá no es la excepción. Pero ni siquiera ella logra salvar a este culebrón soporífero robótico donde no puede hallarse una sola idea transgresora.

Parece que la ciencia ficción, género que en algún momento prometía ser la alternativa experimental adecuada para pensar que el séptimo arte aún tiene futuro, se muere mucho más rápido de lo que se murió el western en la década del 70. Y no son los grandes estudios con sus millonarias franquicias los que la matan, sino estos subproductos indies que lo único que hacen es repetir un patrón hasta dejarlo completamente fagocitado, como si la matriz de imitaciones e imitadores ya no precisara de grandes presupuestos, sino de una ausencia masiva de ideas.

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