Zombieland: Tiro de gracia (Zombieland: Double Tap)
EE.UU., 2019, 99′
Dirigida por Ruben Fleischer. 
Con Woody Harrelson, Jesse Eisenberg, Emma Stone, Abigail Breslin, Zoey Deutch, Rosario Dawson, Luke Wilson y Thomas Middleditch. 

De otro siglo

Por Federico Karstulovich

Allá por 2009 se produjo un encuentro feliz entre personalidades, ideas, perspectivas de mundo y…una moda pasajera.
En una década en la que el terror proponía reformulaciones poco atractivas, la comedia decidió meterse con un tópico, el del cine de zombies. Ya lo había hecho en algún momento Edgar Wright con Shaun of the dead, quizás la más acabada comedia con zombies hasta ese momento (2004). Pero tuvieron que pasar cinco años más para que un grupo de guionistas pergeñaran (ya que Ruben Fleischer demostró con el tiempo no poder sostener demasiadas ideas sin un buen guión que lo respalde: vg Escuadrón Antigangster y Venom) algo más que buenas ideas visuales a la hora de construir escenarios post-apocalípticos. Y es que en definitiva, lo que importaba en estas películas, siempre, no era otra cosa que la interacción entre los personajes. Si los personajes estaban bien, el resto era una circunstancia que podía mejorar o no. Pero los personajes siempre fueron el fuerte de estas películas.

A diferencia de la película de Wright, Fleischer convoca en 2009 a Woody Harrelson en su versión más desatada y a Jesse Eisenberg en su versión pre-Adventurland y pre-Red Social, es decir, el Eisenberg bueno y no del todo consciente de sus tics que con el tiempo lo convirtieron en una suerte de parodia de si mismo. Pero también a Emma Stone antes del estallido de su estrellato, es decir, todavía con algo de la frescura de Superbad (2007), al igual que Abigail Breslin, apenas tres años más grande que en Pequeña Miss Sunshine (2006), haciendo confluir ser una niña con ser bastante guarra y violenta. A eso debemos sumarle a los guionistas de Deadpool…pre-Deadpool, es decir Rhett Reese, Paul Wernick, David Callaham, tres personas con una sensibilidad notable con la cultura popular. El resultado no solo fue hermoso, brillante, divertido por donde se lo mire…sino que también fue una película que pasó ligeramente desapercibida. Esto tiene una explicación: el mundo de 2009 no tiene nada que ver con el que vivimos hoy. En aquel entonces buena parte de los tentáculos de la cultura popular se extendían naturalmente hacia el presente de aquel momento de manera natural y orgánica. De ahí que nada de lo que proponía aquel film llamaba particularmente la atención ni suponía una renovación de ninguna clase. En el fondo no dejaba de ser una película hija de su tiempo en mayor o menor medida.

La pregunta, por lo tanto, es si una secuela que se hace una década después, como Zombieland: Tiro de gracia, termina siendo también una hija de su tiempo o es una anomalía para la época que le toca existir. Y yo creo que se impone la segunda posibilidad. En un año en el que se siguen haciendo reescrituras y relecturas del pasado (hace poco vi Booksmart que no resultó otra cosa más que una relectura y reescritura deslucida y políticamente correcta de la hermosa y liberadora Superbad), que exista una película que se plantee a contrapelo de las tendencias, que no pretenda hacer una excursión retro por el museo de la cultura popular del siglo XX, que todavía tenga algún interés por los estereotipos (y por como estos componen personajes), es más que bienvenido. Por eso Zombieland: Tiro de gracia es, a los efectos prácticos, una película de otro siglo, en la que la ironía, la incorrección política, la brutalidad, el salvajismo y el goce por la violencia no son síntomas de un estilo muerto sino marcas de una perspectiva de mundo que alguna vez existió y supo construir la cultura popular más estimulante del siglo pasado. Por eso buena parte de lo que sucede en los breves minutos que dura (apenas 99, con créditos extensos incluídos) supone un festejo de lo que alguna vez fue. Pero en ningún momento la película incurre en gestos de nostalgia, sino que su estrategia es más radical: asume ser una película del presente, si, pero del presente de 2010, como si no hubiera pasado una década en el medio, como si realmente pudiera decir las cosas que dice pero con absoluta libertad, sin miedo a los señalamientos. Porque para esta película, el tiempo no pasó. Pero no significa que lo niegue ni lo reescriba, sino que nos propone experimentar un presente alternativo, en el que la corrección política no se impuso, en donde la solemnidad no ganó.

Zombieland: Tiro de gracia se comporta más como una variación que como una continuidad. Lo que sucede es que en el medio de una primer parte y esta segunda se nos pasó una década y establecimos una relación un poco distinta con el pasado con respecto a la que solíamos tener. Por eso en esta segunda oportunidad el discurso suena más chirriante, más de barricada, más anómalo. Y es que la película -como también lo proponía Quentin Tarantino en Había una vez…en Hollywood– no hace mas que tomarse revancha del presente pero desde un pasado pretérito y congelado (al final de cuentas el mundo postapocalíptico funciona de esa forma: como un tiempo en el freezer). De ahí que sus alusiones a Elvis, a Terminator, al hippismo, a la literatura, a la historia política sean más que nada coordenadas para sentirnos en una zona de competencia cultural a la que la película nos invita. Como si se tratara de una pequeña fiesta entre amigos. Quizás por eso algo de su narración también se siente automatizada, con menos vida que su predecesora. Hay, en esta película, más una necesidad de marcar terreno de pertenencia antes que un goce por narrar. Quizás esa sea también una consecuencia del presente: que aquello que en alguna época nos resultaba común y silvestre hoy sea el último reducto de defensa ante el avance de los civilizados.

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