WAAGTTWF

We’re all Going to the World’s Fair

Por Federico Karstulovich

EE.UU., 2021, 86′
Dirigida por Jane Schoenbrun
Con Anna Cobb, Michael Rogers

Una experiencia común

Si bien no es recomendable generalizar, la realidad es que no debería resultarnos extraño (en lo más mínimo) que un adolescente quiera atesorar la mayor cantidad de experiencias posibles en la menor cantidad de tiempo. Para colmo tienen cuerpos que les permiten lidiar con experiencias límite (drogas, dolores, descomposturas, ausencia de sueño, híper exigencia, presión social, etc), aunque no estén listos, necesariamente, para poder lidiar con esa necesidad de experimentar, justamente porque carecen de la experiencia previa que les permitiría atravesar mejor todas esas etapas de exposición a los peligros (pensando en la palabra de manera no peyorativa, aclaremos).

Por otra parte tenemos un mundo de adultos privados de la experiencia, ya sea porque en su adolescencia o juventud no se propusieron llevar las posibilidades a un límite y el tiempo les ha indicado que es demasiado tarde, pero, no obstante, lo intentan, en una suerte desesperada de recuperar ese tiempo perdido. Esos adultos no son simples pendeviejos (prefiero la expresiòn kiddult, pero hay distintas variantes precisas), son resultados de esa privación que no se aferran al pasado, sino que en alguna medida, se proponen reescribirlo en el presente intentando redoblar las posibilidades de ir más allá de los límites que su propio cuerpo y mente les permite.

Como tercer cuestión está la experiencia común, que es una necesidad social que tenemos los humanos para no sentirnos tan solos. Por eso esa experiencia social de convivencia con nuestros pares, familias y otros nos permite darle alguna clase de sentido a nuestra existencia (algo que se alteró drásticamente con la llegada de los confinamientos pandémicos, que se metieron con cuestiones delicadísimas de la salud emocional de las personas). La experiencia común provee una tranquilidad que en algún momento nos brinda la ilusión de pertenencia. Y por ende una percepción vital distinta: las cosas pueden estar mal pero no tan mal mientras estemos atravesando la experiencia junto a otras personas.

En el medio de ese torbellino de demandas por experiencias que acerquen a la vida se construye el mundo más interesante de We’re all Going to the World’s Fair, que trafica algo de terror (en excelentes y perturbadoras dosis) y cine clase B en medio de un drama indie con excusa de un coming of age que, de paso, incluye una potencial trama de grooming. La parte de terror es a cuentagotas. Pero funciona cuando la película confía en eso que en algún momento di en llamar en esta revista el techrror o el tech horror (aquí pueden leer la nota donde explico la idea). Esos momentos perturbadores sobrevienen cuando nos damos cuenta que no podemos soportar seguir mirando la pantalla porque el juego nos convoca a partir de videos creepypastas de internet, que siempre redoblan la apuesta de la valentía del espectador: hasta dónde tolerás seguir mirando? WAGTTWF funciona como exponente del género cuando nos convierte en lo mismo que estamos observando: en adolescentes en busca de experiencias fuertes que nos sacudan la modorra perceptiva y que nos obliguen a preguntarnos si le tenemos miedo a una pantalla con una persona completamente quieta durmiendo. Es, en el mejor de los sentidos, un terror de lo latente y de la espera antes que un terror de jump-scares.

Del otro lado, en mayor medida, hay una suerte de drama adolescente sobre la soledad y la necesidad imperativa de conexión, compartiendo algo -una experiencia común, a la vez que una experiencia extraordinaria- con los demás, sintiéndose menos solo en la oscuridad de la noche y la claridad del día (y la ausencia casi absoluta de padres). En ese punto la película adquiere un tono levemente acusatorio, porque a esa soledad la atraviesa por un segundo personaje, que al hacerse presente en pantalla (un adulto que interactúa con la protagonista) echa a perder esa incomodidad del punto de vista de la computadora, que se desplaza hacia el territorio de otra incomodidad, la de la manipulación emocional de adultos sobre menores.

Hacia su cierre WAGTTWF expresa algo fallido y algo que no se va. El primer aspecto es el que la vuelve una película olvidable. Y pasa por su trama y personajes. El segundo pasa por esa película larvada, ese terror contemporáneo, que todavía no ha encontrado su explosión, pero que espera para revelarnos un mundo misterioso.

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