Con amor y furia

Por Diego Maté

Avec amour et acharnement
Francia, 2022, 116′
Dirigida por Claire Denis
Con Juliette Binoche, Vincent Lindon, Grégoire Colin, Bulle Ogier, Mati Diop, Issa Perica, Hana Magimel

Hincar el diente

Claire Denis hace todo al revés. La mujer va, viene o retrocede solo para tomar carrera y adelantarse varios casilleros mentales al espectador. Después de haber levantado durante casi cinco décadas una filmografía personalísima sobre un puñado de temas (la pareja, el sometimiento, los hombres peligrosos o las tensiones raciales), la directora hizo un quiebre de caderas que dejó pataleando en el aire a seguidores y críticos por igual. A simple vista, Un bello sol interior se parecía menos a sus películas anteriores que a un destilado de libros de autoayuda, y High Life exploraba un terreno inédito para Denis como la ciencia-ficción. Por supuesto, la directora se apropia de todo lo que toca, incluso si se trata de abrise paso a través de esas terras incognitas. En 2022, a los setenta y seis años, Denis lanza no una sino dos películas. Con amor y furia, que se estrena en salas, narra un triángulo amoroso, aunque en verdad todo conduce a una historia de vampiros.

Jean (Vincent Lindon) y Sara (Juliette Binoche) están de vacaciones en algún paraíso terrenal. Toman sol, chapotean en el agua, se agarran de las manos, se dan besos con las caras al revés. Cuando vuelven a París, los efluvios del viaje empiezan a deshacerse imperceptiblemente. Él vive en la casa de ella, ella trabaja en un programa de radio y él se va a hacer las compras a un supermercado que queda en otra ciudad (porque dice que allí hay de todo y porque le gusta usar el auto). La vida es buena, o eso parece hasta que Sara ve de lejos a François (Grégoire Colin) arriba de una moto con una chica. Terremoto: Sara se queda agarrándose la panza y repitiendo el nombre. La mujer vuelve y a la noche, entre abrazos y mimos estratégicos, le dice de sopetón a Jean que lo vio a François: lo hace de manera abrupta, sin cálculo, no esperando producir ningún efecto, solo tratando de ordenar un poco el caos de sensaciones que la tienen a mal traer desde temprano. Jean realiza un gesto elemental que repetirá toda la película: el hombre no tiene idea de qué hacer y no toma ningún curso de acción, se queda cavilando o pidiéndole precisiones imposibles a Sara. 

Ya están los dos hasta las manos. Porque resulta que François se contactó con Jean para invitarlo a trabajar nuevamente con él haciendo scouting de jóvenes rugbiers. Y Jean le dijo que sí. Fulminado. Le abrió la puerta de su casa al vampiro, y el tipo ya está haciendo de las suyas a la distancia. De a poco se aclara el pasado en común de los tres: Sara estaba con François pero le iba mal, entonces cambió por Jean, un exrugbier que estuvo preso ocho años por un delito difuso. Jean está al tanto de cómo viene la mano, pero el tipo no puede negarse: está sin trabajo, y la invitación seguramente sea la única oportunidad de volver al deporte. Los vampiros son seductores, hacen ofertas que no se pueden rechazar.

No se sabe mucho de Francois, el Drácula de la discordia, solo que aparece de buenas a primeras y envenena lentamente la salud de la pareja. Siguiendo la tradición de mantener oculto al monstruo, Denis lo muestra poco, solo lo necesario: el tipo se mueve de noche, siempre con una campera aparatosa (como si estuviera envuelto en una capa), tiene una mirada y una sonrisa matadoras y parece acostumbrado a conseguir lo que se propone. Solamente el dato de que François anda de nuevo por París alcanza para que Sara se vuelva loca. La mujer está en llamas, tiene conversaciones nerviosas con Jean, le pregunta por él, se pone a recordar el pasado. Jean sabe perfectamente en qué se metió, entiende que en su mujercita vive una fiera a la que no sabe si encerrar o dejarla salir de cacería. Acorralado, aún olisqueando la amenaza, Jean opta por lo segundo. Todo se derrumba a una velocidad extraordinaria.

La historia de Con amor y furia es similar a la de muchas películas francesas subqualité que se estrenan todos los años (en la mitad está Daniel Auteil). Pero, como adivina el lector, Denis traza en ese espacio reticulado una trama sinuosa y serpenteante que recoge informaciones dispersas sobre el estado de ánimo de sus personajes, la disposición de sus cuerpos o sobre el abismo infranqueable que se abre de golpe entre Sara y Jean. Dicho de otra manera: Denis le pasa a esos materiales más bien pobres un resonador en el que reverberan los temas y obsesiones de su cine. François está interpretado por Grégoire Colin, viejo conocido de la directora, en el que laten otros personajes oscuros que someten a sus semejantes, sean el comandante de Bella tarea, la banda de Les salauds o el mercenario de El intruso, con el que François comparte el aire intrigante y decidido (parece casi un pase de testigo, como si Colin hubiera heredado el tono amenazante de Michel Subor, con el que trabajó en las tres películas). Sara tiene algo del legionario Galoup que hace Denis Lavant también de Bella tarea, subalterno que movido por los celos y por pasiones no dichas se hunde sin remedio. 

François revolotea y acecha. Sara rechaza con una mano y con la otra le entrega el cuello. La mujer se muere por que le claven los colmillos de una buena vez, es como una Mina Harker putona que no contener sus deseos y toma la iniciativa. En los vaivenes del trío Denis reencuentra el cine de Philippe Garrel: los paseos casuales por la ciudad, las peleas a los gritos con juramentos y revoleo de muebles y las ingratitudes del engaño una vez que se consuma hacen acordar a las últimas películas del director de Los amantes regulares

Jean es un testigo impávido, no tiene un Val Helsing que lo ayude, así que se dedica a intervenir en otro conflicto, el de su hijo adolescente, fruto de una relación con una ex de Martinica, que vive con su madre (la de Jean) y quiere dejar la secundaria para ir a una escuela de oficios. El tipo trata y trata pero el pibe no da bola, anda en la suya, le repite frases hechas sobre Francia, los negros y el islamismo. Jean trata de desarticular esa batería de lugares comunes con la lógica rústica de un rugbier retirado que estuvo preso ocho años: le dice que él, Marcus, es Marcus, ni negro ni blanco, que le escape a esa evangelización y que termine el secundario como corresponde. Pero el chico tiene sus problemas y sus ideas, y su horizonte vital, como el de Sara, se proyecta ya lejos de Jean y sus consejos. 
Así las cosas, Denis está bastante cómoda con la reducción de los personajes a impulsos y gestos elementales: la calentura adolescente de Sara, la furia silenciosa de Jean, los lances milimétricos de la creature of the night que es François. Con esas coordenadas primordiales, la directora se mueve haciendo lo suyo, lo que hizo siempre: mete la cámara entre los cuerpos de los amantes o la pone pegadita al de la protagonista (Juliette Binoche aparece desnuda apenas unos planos después del comienzo de la película: un récord hasta para ella), se detiene en la hostilidad o el cariño de los gestos, sea una caricia o una mirada furibunda. Las escapadas de Sara, los mensajitos que se manda con François, el reencuentro meloso, los roces que se dispensan casi de memoria y la mirada siempre tensada de Jean, como un rayo que quiere clavarse en los dos. Como fondo borroso de la acción aparecen aquí y allá algunos indicios de la pandemia y de las restricciones: alcohol en gel, vigilancia en las puertas y, sobre todo, barbijos. Barbijos que obstaculizan la comunicación, cara a cara o por teléfono, que obturan la observación de los amantes en público, que dejan sin aire y molestan en la cara. Se sabe que a Denis no le gusta el cine declarativo, que lo suyo es el comentario oblicuo, la retórica delicada: no parece raro, entonces, que un cine atento a la vida tormentosa del cuerpo muestre con una insistencia discreta el fastidio ante la invasión de los cuidados.

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