En la revista a veces nos damos algunos lujos. Uno de ellos es extendernos en páginas y palabras cuando las pasiones desbordan. En este caso, al redactor de la notable nota que sigue, se le superpusieron las despedidas a tiempos pasados, pero también – gracias al estreno de Dulces sueños– le resultó una perfecta excusa para recorrer parte de la obra y obsesiones de Marco Bellocchio. El resultado no se priva de nada: cine, crítica, política, diario personal. Todo eso y más, en varias páginas a corazón (cinéfilo) abierto. Pasen y luego vayan corriendo al cine.

La pasión manda

Por Tomás Carretto

 

Ausencias. Siempre deseé escribir en El Amante. Lamentablemente por una cuestión cronológica empecé a ser lector de la revista en su mejor época, la de los (grandes) redactores consolidados, esos que hacían escuela y proponían con pasión, cada uno y a su modo, una visión de mundo; cuando ya se habían agotado los distintos concursos o canales para convocar a nuevos redactores entre los lectores, y en el ínterin de la apertura de su escuela de crítica, donde ya para ese entonces había asumido otros compromisos académicos y mi relación con el cine distaba de la de un neófito. Entendía además que con la escuela de crítica la prioridad la iban a tener los nuevos egresados, entonces –a partir de entonces- pasó a transformarse en un horizonte bastante lejano. Tampoco era muy bueno para las relaciones públicas y mucho menos para proponerme para ocupar un lugar. Mezcla de pudor y de falta de coraje.

A pesar de eso, o a consecuencia de ello, mi relación con EA  era la de una especie de “amigo invisible”, un amigo afectuoso, con el que compartía descubrimientos mutuos y oficiaba de lector silencioso, porque tampoco iba a escribir una carta de lectores. No era ese mi estilo. Tenía muchísimos números de esa época (casi todos) de los que me fui desprendiendo -en su abrumadora mayoría- en las sucesivas mudanzas. Todos están furiosamente escritos. Con ideas resaltadas y a los sumaba (otras) ideas, acotaciones y listas de películas. De hecho hasta no hace mucho, el tesoro mas preciado de la colección era (literalmente) un par de paginas azules y rojas (se habían transformado en eso después de tantas anotaciones encima) con las listas de las 50 películas favoritas de todos los redactores (arrancada del nro. 150 si no me falla la memoria).

Años antes había conocido por primera vez un redactor del Amante. Fue Hugo Salas (mi profesor) mientras cursaba la materia Estructuras Narrativas Audiovisuales en la FADU. Hugo fue uno de los mejores profesores que recuerde. Era muy joven (apenas algunos años mas viejo que yo) pero su histrionismo, precisión para las palabras y sabiduría eran impagables. Creo por cómo enseñaba le puse mas energía a los ejercicios de escritura que proponía que a la materia misma. Gracias a él –por ej- conocí el cine de Douglas Sirk. Y fue él el que terminó de convencerme de adentrarme en ciertos autores que estaban por fuera de la cinefilia mas canónica. Sí, como Marco Bellocchio. Una exploración que yo venía haciendo en solitario y a la que le iba sumando cada vez mas fichas: Max Ophuls, George Cukor, Jacques Demy, Jacques Becker, Jean Vigo, Jean Eustache, Josef Von Sternberg, Maurice Pialat, Jacques Rozier, Leo McCarey, King Vidor, Kenji Mizoguchi, Joseph Lewis, Manoel de Oliveira, Vincente Minnelli, John Stahl, Raoul Walsh, Luis Garcia Berlanga, Preston Sturges, Anthony Mann, Victor Erice, Jean Douchet, Jean Pierre Melville, Francesco Rosi, Jean Rouch, el Indio Fernandez y las películas mas personales (no canonícas) de Buñuel, Renoir, Nicholas Ray, Rossellini, Carl T. Dreyer, es decir buena parte de una injustamente nominada “segunda línea” del panteón cinéfilo (al menos durante un tiempo) de la que me convertí en un cultor obsesivo. Un factor decisivo fue mi “socio” y compañía en toda esa empresa: la videoteca Liberarte, de Felipe y Richi (enfrente al Teatro San Martín), que hoy, como EA, tampoco está presente (y se echa de menos). Venga entonces ese recuerdo.

“Hay que ver Shara”. Un poco por toda esta historia que cuento es que a la hora de sacar las entradas en la previa del Bafici del año 2004, lo hice por una película que a simple vista estaba por fuera de los estándares del festival: Buongiorno Notte (Marco Bellocchio, 2003)-, un film de presupuesto medio, de búsqueda (desde una mirada superficial) mas política que estética. Una narración clásica con reconstrucción de época y aporte de la RAI. Una autentica oveja negra insertada en un festival de cine independiente. Como conocía y admiraba al Bellocchio de I pugni in tasca – Las manos en los bolsillos (1965), su opera prima, lo coloqué en mi agenda festivalera como si fuese la frutilla del postre y sólo me reservé entradas para la última función, en el desaparecido cine América, de Callao y Santa Fe.

Paralelo a esto desde hacía un par de años la revista El Amante había habilitado su propia página web donde subía algunas notas y publicitaba la escuela. En ese 2004 con Quintín al frente del festival, la revista había decidido hacer una especie de cobertura en vivo del mismo vía web. Todo se desenvolvía con normalidad (compartiendo experiencias de visionado con mi “amigo cinéfilo”) hasta que un día antes de la función programada de Bellocchio, en letra bold tamaño catástrofe desde la web se pedía en forma urgente “Hay que ver Shara”. Aludiendo que la última función de una película de ese estilo: chiquita, asiática, de una directora desconocida, posiblemente sea la última posibilidad de ver ese film en nuestro país. Un acontecimiento cinéfilo que nadie podía perderse. La misiva escrita -creo que por Javier Porta Fouz (para colmo programador de salas del festival)- era mucho más que un imperativo. El problema es que yo tenía entradas para Bellocchio y era uno u otro. O Bellocchio o Naomi Kawase. Un decisión díficil. Es ahí donde decidí ser un poco fiel a mí mismo y terminé ese día en el cine América, una elección bastante pesada en el devenir porque me sentía uno de esos cinéfilos mayores de Pantalla Pinamar. Nos separamos: Mi “amigo cinéfilo” iba al multicine Hoyts del Abasto a ver Shara (con los “jóvenes de morral”) y yo a Callao y Santa Fe (con los “viejos cinéfilos de sábado a la tarde”) a ver una de las experiencias cinemáticas que cambio mi vida para siempre.

La apuesta de El Amante totalmente razonable (y que seguía la lógica con la cual se producía y se distribuía cine hasta ese momento) fue totalmente en contrario. No solo Shara se estrenó luego comercialmente, sino que se editó en dvd y se pasó infinidad de veces en la señal de cable I-SAT. Hasta se puede ver (gratuitamente)en youtube. La de Bellocchio -una película FUNDAMENTAL en su lectura política del setentismo- jamás se estrenó comercialmente en Argentina, tampoco se editó en video o DVD ni se pasó jamás por cable. Internacionalmente es ese cine tamaño medio destinado a desaparecer. Sobran circuitos para el cine independiente (por mas microscópico que sea), pero no hay salas para ese cine tamaño medio, salas copadas (a su vez) por los blockbusters y las películas de superhéroes. Pero además Buongiorno Notte es una película que prefiguró los años políticos que sobrevendrían en la Argentina: Una mistificación de los años 70 que la película dejaba totalmente en ridículo, poniendo de manifiesto como la glorificación y el fanatismo faccioso daba paso a una muerte incomprensible (la de ex premier italiano Aldo Moro, el 9 de mayo de 1978) y de la ineptitud, corrupción y doble moral no sólo de las “brigadas rojas” sino de aquellos que los combatían y también de políticos, jueces, empresarios, periodistas y hasta del propio Sumo Pontífice. A esta altura creo que su no-estreno y difusión no fue casualidad pero sigamos (en los años posteriores traté sin suerte de convencer a algunas de las distribuidoras de cine independiente que aparecían y desaparecían de fijarse en la película sin suerte alguna). 14 años han pasado de esta verdadera película maldita.

En el nombre del padre. Años después y otra vez en el Bafici (2010 en este caso) se estrenó otra película de Bellocchio fundamental y extraordinaria: Vincere (2009) sobre la mujer e hijo no reconocidos del dictador Benito Mussolini. Ya por entonces Bellocchio gozaba de un renovado prestigio internacional a tal punto que gran parte de la redacción de EA estaba avisada de que era un film a seguir muy de cerca. Tal es así que Vincere fue elegida como mejor película de 2010 en la tradicional encuesta de fin de año que hacía la revista. Está vez Vincere sí se estrenó en salas y pudo circular en los formatos caseros además del cable.

Bellocchio cuenta siempre que cuando hizo Buongiorno Notte lo hizo por la nostalgia hacia su padre que perdió de joven. Una ausencia fundamental en su vida. Rasgando con sutileza en aquella película, la figura del padre era representada por Aldo Moro (personificado por el entrañable Roberto Herltizka), que era una suerte de padre de L’Italia, un personaje componedor al que frente a su secuestro y muerte, lo sobrevendría el caos. Moro, al momento de su cautiverio había logrado conseguir un acuerdo de unión nacional entre la Democracia Cristiana (su partido) y el Partido Comunista de Italia (el Compromesso Storico), para combatir el terrorismo en Italia. Las Brigadas Rojas, según se supo años después, estaban alimentadas por los propios anticomunistas de la Propaganda Due -del tristemente célebre en la Argentina- Licio Gelli, de fuerte ligazón también con la CIA, la camorra italiana y el Banco Vaticano. Gelli fue además fundamental para la vuelta de Perón a la Argentina y padrino político de Lopez Rega, Massera y Suarez Mason. En la Argentina la persona que denunció los contactos de Massera y Firmenich coordinando la “contra-ofensiva” en París, Elena Holmberg fue muerta y secuestrada el mismo año que murió Moro, 1978. Gelli, un ex fascista en su juventud, era agregado en la embajada argentina en Roma y para moverse por el mundo contaba con un pasaporte diplomático argentino. Recién en 1981 con las investigaciones por la quiebra del Banco Ambrosiano, los italianos descubrieron los 962 nombres pertenecientes a la logia (entre los que se encontraban los personajes más poderosos de Italia: políticos, empresarios, jueces, banqueros … y 21 argentinos). Todos respondían al “Gran Maestre” Gelli. Dicen también que ese fue el principio del fin de la dictadura argentina. En 1982 cuando Gelli fue arrestado en Suiza (tenía pasaporte argentino), fue el final también de la protección con la que gozaba Massera (que empieza a ser investigado por el secuestro y muerte del empresario Fernando Branca) y de la propia dictadura -que intentó perpetuarse sin suerte con el último manotazo de ahogado en Malvinas-.

Tanto Buongiorno Notte como Vincere son películas espejo. Si una se encarga de retratar a los fanáticos (las Brigadas Rojas) la otra se ocupa de los conversos como Mussolini (el ex militante socialista que impuso el fascismo en Italia), izquierda y derecha apadrinas en las sombras por “dobles agentes” como Gelli.

La fe del converso, se dice, es la fuerza más poderosa. Y en Vincere el tema del padre también está presente. Mussolini está obligado a hacer desaparecer a su familia bastarda para lograr el apoyo de la Iglesia. Esa fuerza destructiva y negadora es lo que hace que Benito junior (negado por su padre) y su madre Ida Dalser (-sensacional Giovanna Mezzogiorno- la verdadera mecenas del propio Mussolini cuando este no tenía donde caerse muerto) pasen el resto de su vida y mueran en distintos manicomios sin siquiera poder verse y encontrarse.

El tercer film de Bellocchio en esta “tríada del padre” -y que ayuda a comprender los otros dos- es precisamente su opera prima, I pugni in tasca. Acá el padre está muerto desde el comienzo siendo la historia de una familia burguesa en notable decadencia y toda la trama gira en ir a visitar al padre ausente a la tumba y administrar la herencia. Como verán las tres operaciones están presentes en torno a ese padre ausente en esta tríada: el padre muerto-el padre asesinado-el padre buscado. Frente a la muerte del padre (real o figurado) sobreviene el caos y la locura. Cuando Bellocchio en Vincere decide mostrar la transformación de Mussolini (ese padre ausente y deshumanizado) no le queda otra que apelar a las imágenes de archivo del propio Mussolini, sus gestos y poses grandilocuentes, la vehemencia y sinrazón de sus palabras. Ese Mussolini que creyéndose hijo y mesías de L’Italia (se ve reflejado en Jesucristo), no es mas que un padre negador de su propia barbarie y salvajismo. Frente a la locura –parece decirnos Bellocchio-solo se puede apelar a lo documentado como acto de defensa y exposición. Y si no –como Filippo Timi en su rol de Benito Jr. imitando a su padre casi de manera autodestructiva– a la burla de la imitación. La parodia y el grotesco. El exceso como representación de la locura, como por ejemplo aquel Arturo de Cordova de Él (Luis Buñuel, 1952), golpeando los barrotes de la escalera obsesivamente con un bastón. Un pater auténticamente bellocchiano.

El diablo en el cuerpo. Ausente el padre es bastante fácil “acabar” con el resto como si fueran fichas de un mismo domino. Uno se ve -frente a las mujeres de Bellocchio- en la tentación de rescatarlas de ese mundo de encierro y de muerte. Mujeres retenidas en una casa, en un departamento, en un hospicio, en un psiquiátrico, en un convento de monjas. Mujeres enjauladas. Postradas o retenidas en una cama (Paola Pitagora, en I pugni in tasca). Obligadas a encerrarse (Maya Sansa, en Buongiorno Notte), hechas pasar por dementes (Giovanna Mezzogiorno, en Vincere). Borradas de la historia oficial. Agentes del demonio. Su pecado: desobedecer. Enamorarse. Responder a su naturaleza femenina. Dudar. Confiar en los hombres. Sus deseos no son satisfacibles (poder encontrarse con el hijo). Sus fantasías están por fuera de los márgenes del mundo (el incesto en I pugni in tasca o la liberación de Moro) como en Medea. Una sociedad encuadrada en los valores alienantes de una familia corrompida, o bien en el verticalismo de la orga estalinista, o de un estado fascista que se hace imposible desobedecer. El orden se impone con muerte y mano de hierro.

Felicidad Blanc contaba en El desencanto (Jaime Chavarri, 1976) que la poesía la ayudó a sobrevivir. Aquella película de Chavarri bien podría ser la versión documental de I pugni in tasca. Como una suerte de película prima hermana. Allí también se lamenta la ausencia del padre (el prestigioso poeta franquista Leopoldo Panero). Allí también hay hijos que sueñan con reemplazarlos. Allí también están los “hijos locos”, los “agentes desestabilizadores” los que ponen en evidencia el artificio y la arbitrariedad del mundo.

Hacia el sur. Tercera parte de este diario cinéfilo. 2016 fue la despedida definitiva (y triste) de El Amante. Fue el año también en que aquel entusiasmo grande por Bellocchio devino ya en bienvenido fanatismo. Javier Porta Fouz se había convertido en director del festival y programó una retrospectiva sobre Bellocchio en el último año (no se sabía en aquel momento) de la revista. Quizás el punto mas fuerte de toda la muestra fue la versión restaurada de la propia I pugni in tasca. Película que en esas condiciones (toda su modernidad y potencia galopante) se podía apreciar por primera vez. En aquel momento escribí en mi blog: “Uno de los placeres del Bafici: El embriagante final de la oscuramente hermosa I pugni in tasca (Con los puños en los bolsillos), la gigante opera prima del maestro Bellocchio (tenía 25 años cuando la hizo), una película que sin ningún complejo por momentos se anima a dialogar con el cine del propio Buñuel (e incluso llegar mas lejos). Restaurada para su apreciación prístina, con ese indeleble triangulo de hermanos, Lou Castel, Marino Masé y la hermosa de Paola Pitagora, unidos por la locura, la enfermedad, el amor y el desapego, mas la música de Morricone, demasiados nombres propios…puro placer”.

No soy la misma persona que salió del cine America hace 13 años. El mundo (y el cine) cambiaron muchísimo. No tengo las mismas compañías pese a que como dice el querido David Obarrio “escribir y pensar de cine es un acto de soledad”. Sin embargo la vida sigue siendo la misma. Conservando los mismos misterios y las mismas angustias. Por suerte para alivio de unos cuantos el genio de Bobbio sigue ahí presente desplegando su arte. Todavía no le dió cierre a esa trilogía suprema (de sus tres obras mayores) en donde ese gran tema del padre está presente. Esperando que nos cuente un poco -con su humanismo irreductible y su clarividencia- sobre las calamidades de este mundo moderno. Uno se ve entonces obligado a inventar un no-lugar, un cierre provisorio para su poesía. De buscarle una salida a este mundo agobiante. Como aquel final imaginario de Buongiorno Notte, que soñaba con un Moro en sobretodo ESCAPANDO en el frío amanecer romano. Como una Ida Dalser que soñaba encontrarse con su hijo y que miraba a cámara pidiéndonos una salida. Apelando a otra película “prima hermana”, El sur (Victor Erice, 1983), otra película que nos cuenta de la nostalgia por el padre ausente. Por una jugarreta del productor Elías Querejeta, El sur es una película inacabada. Se filmó y se estrenó solo su primera parte. Aquella parte de la historia que finaliza cuando el padre se quita la vida y Estrella (su hija y protagonista, una mujer que por fin puede escapar) decide salir de ese frío y gris pueblo de La Rioja, con la promesa de cumplir toda esa segunda parte del film que nunca se filmó, la de la misión inacabada de su padre tan querido, de ir hacia El sur y descubrir esa doble vida que llevaba su progenitor, un motivo de redención para esa muerte dolorosa e inexplicada, descubriendo –en definitiva- esa otra parte de su identidad (su hermano), una película que Erice pensaba cerrar con esta (gran) cita Robert Louis Stevenson ( de “En los mares del sur”):

“Hay en el mundo unas islas que ejercen sobre los viajeros una irresistible y poderosa fascinación, pocos son los hombres que las abandonan después de haberlas conocido; la mayoría dejan que sus cabellos se vuelvan blancos en los mismos lugares donde desembarcaron, hasta el día de su muerte; a la sombra de las palmeras, bajo los vientos alisios, acarician el sueño de un regreso al país natal, que jamás cumplirán. Esas islas, son las islas del sur; cuentan, que en ellas estuvo en tiempos el paraíso.”

Una licencia de salida y esperanza para este mundo tan terrible.

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