Las quinientas veintidós veces del amor (*)

Por Geraldine Salles Kobilanski

Cuando adolescente y con poca plata en el bolsillo, intentaba aprovechar las funciones gratuitas del BAFICI. Y en una ocasión, ingresé a una sala para ver unos cortometrajes de un cineasta austríaco. No sabía quién era y mucho menos si me gustaría o habría sido mejor no enterarme de aquella función. Fue la primera vez que vi en el transcurso de una proyección, la mano del cineasta cortando fotogramas; la evidencia del soporte; la materia fílmica como elemento formal, generando la articulación rítmica entre las imágenes (y ciertos sonidos); la deconstrucción de mundos narrativos lógicos en pos de una libertad expresiva. Sentí por primera vez que mi mente deshilvanada encontraba cobijo. La experiencia resultó ser una de las más importantes de mi vida. Por lo que decidí compartirlo con su autor.

Peter y yo comenzamos una amistad a través de epístolas virtuales. A los pocos meses de la inolvidable función, recibí un video con sus cortos realizados entre 1981-1999. Mi videocasetera no funcionaba y mis ansias aumentaban progresivamente. No tuve mejor idea que pedir permiso en mi colegio para utilizar “la sala de proyección” un viernes por la tarde −día tranquilo y casi estepario. El día felizmente llegó.

Trece cortometrajes, que reafirmaban en mi inconsciente la radicalidad y la pregnancia propias del cine experimental, fueron devorados por mi ser. Necesitaba compartir aquella experiencia con mis compañeros para que sintieran la misma descarga cinefílica que había cambiado mi percepción. Pues bien, sentados todos allí, con mi profesora de Lengua (una de mis preferidas), el VHS ingresó en el reproductor y comenzó la función. Como para todos se convirtió en una cita soporífera, volví mejor a mi función privada.

Uno de los cortometrajes que más me había cautivado era Liebesfilm (Filme de amor). Un filme de casi ocho minutos de duración, silente, blanco y negro, filmado en Super 8. Su acción era sencilla y mecánica: una mujer y un hombre se acercan para besarse. Sin embargo, el beso jamás se consuma (¿o sí?). La acción previa a la representación del tacto real de los labios de ambos se repetía una, dos, tres, quince, cien veces. A medida que la acción continuaba repitiéndose, mi visión se nublaba, se perdía entre las imágenes, sin abandonar la ilusión ni un solo instante de que aquel beso finalmente llegaría. La acción previa se repitió quinientas veintidós veces ante mis ojos. ¿Por qué llamarse Liebesfilm si la acción afectiva no tiene un desenlace? No volví a ver el cortometraje. Quizá porque sentí muy internamente que lo había visto quinientas veintidós veces. Quizá porque siento que su proceso, y no su fin, me ha enseñado a volver a confiar en la cotidianeidad, en la originalidad muy sutil que separa los días, en el deseo de que ciertos procesos no acaben jamás. Como el del amor.

Liebesfilm significa en mi vida volver a confiar todos los días en que el amor y el cine se perpetúen en el tiempo y en el espacio, siempre y cuando podamos detenernos (casi) ocho minutos de nuestras vidas para comprender que los procesos son más apasionantes que sus finales.

(*) Este texto fue publicado originalmente en 2013 en el sitio Grupo Kane

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