Vidas al Límite (The Hurt Locker)
Estados Unidos, 2008, 131′
Dirigida por Katryn Bigelow.
Con Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty, Guy Pearce, Ralph Fiennes y David Morse.

La Noche más Oscura (Zero Dark Thirty)
Estados Unidos, 2012, 157′
Dirigida por Kathryn Bigelow
Con Jessica Chastain, Jason Clarke, Reda Kateb, Kyle Chandler, Jennifer Ehle, Harold Perrineau y Jeremy Strong.

Lo que no se ve

Por Diego Maté

Los protagonistas de Vivir al límite y La noche más oscura están vacíos, como ahuecados: la adrenalina del combate, de la cacería humana es lo único que pone en movimiento, que los arranca del agujero negro que parece devorarlos cuando tratan de reintegrarse a la vida civil. Su lugar está en Medio Oriente, en el centro de alguna operación bélica, o para ellos no hay nada: el mundo se reduce a los límites de un perímetro militar.

Vivir al límite y La noche más oscura son películas incómodas porque no entran en ninguna de las cajas en las que suele colocarse al cine bélico. Ni denuncia de los excesos de las fuerzas de ocupación norteamericana, ni celebración del american way of life y de sus embajadores. No se sabe bien qué hacer con películas así. Algunos, como José Pablo Feinman o Slavoj Zizek, no dudaron (pero si se permitieran la duda ya no serían los mismos): para ellos, una y otra no son más que propaganda imperialista financiada por el Pentágono. No fueron los únicos que hicieron comentarios de ese tenor, a pesar de que hay momentos de sobra en los que las películas derrumban esos argumentos. Curiosidades del cine bélico estadounidense: las películas se estrenan tan rodeadas de sospechas extrafílmicas, comentarios previos, errores de interpretación y cegueras ideológicas que ya casi nadie las mira, no se ven las imágenes, solo se escucha el machaqueo de las opiniones precocidas, del propio prejuicio, de la última boludez que dijo Zizek.

Maya, de La noche más oscura, es una mezcla de tabla rasa y esponja, uno de esos personajes que absorbe cualquier clase de enseñanza que le permita hacerse de una ventaja a la hora de cumplir con su objetivo. En su primer interrogatorio, se sobrepone al malestar que le produce la violencia de la situación: entiende enseguida que cualquier dato obtenido, incluso bajo tortura, la acerca un poco más a Bin Laden. Pero tampoco es que antes estuviera en contra del maltrato de los prisioneros y ahora el sistema la haya doblegado: Maya no es nada, no tiene un perfil caractereológico nítido, el personaje se reduce a una tarea y a los medios para cumplirla. La mueve la obsesión, Maya es una arcilla capaz de adoptar muchas formas, las necesarias para cumplir con su misión. Nota al pie: durante el interrogatorio, el punto de vista adoptado termina siendo el del prisionero abusado. El final de la escena nos ubica en los ojos del interrogado, introducido en una pequeña caja de madera, mientras ve (vemos) cómo le (nos) cierran en la cara la tapa. La película se atreve a ponernos del lado de un terrorista acusado de matar inocentes. Zizek no lo vio, estaría en otra sala.

De William James, el protagonista de Vivir al límite, tampoco se sabe mucho, y lo poco que se sabe no alcanza del todo a definir al personaje. El tipo se lanza sin precauciones ante el peligro o cree sentirse preocupado por la suerte de un chico de la zona, pero nada de eso lo caracteriza plenamente, se trata más bien de rasgos de personalidad sueltos y fluctuantes, de pistas falsas. El personaje puede ser todo y nada de eso a la vez. El relato avanza y James y sus motivaciones continúan siendo un misterio. En un momento, se sugiere la razón última de su comportamiento: el tipo es un adicto a la adrenalina, a la tensión del conflicto armado. Un poco como Chris Kyle, de Francotirador, pero sin las patologías que sobreactúa Bradley Cooper. Pero el James de Jeremy Renner es más enigmático y la película respeta ese misterio, no intenta agotarlo o usarlo para declamar sobre los trastornos producto del combate.

La inquietud de James lo empuja hacia cualquier dirección: la cuestión es moverse, forzar una pelea amistosa, desarmar una bomba más. No se sabe con certeza qué busca el personaje ni que lo impulsa, y el resultado de esa incertidumbre es plenamente cinematográfico: las imágenes se vuelven centrífugas, dirigen la atención fuera del cuadro, como si la mirada hacia el off de James expandiera el mundo de la película.  Lo que le pasa a este hombre es un misterio y yo no filmé una película para tratar de explicarlo, podría decir Bigelow, mientras señala como contraejemplo Francotirador, donde la crisis del protagonista tiene causas y efectos claros.

En las dos películas, la directora va más allá incluso del profesionalismo hawksiano: si en algún momento se sugiere que los dos protagonistas actúan de acuerdo a una ética laboral inquebrantable, los relatos despejan esa posibilidad cuando muestran a Maya y a James poseídos por sus tareas. La promesa narrativa de llegar a saber qué los moviliza funciona como un punto de fuga inaccesible que queda siempre por fuera de nuestro alcance, pero que igual nos invita a seguir mirando, a seguir preguntándonos por los resortes de esos personajes. Bigelow, directora personalísima, formada en el clasicismo y cultora de los cuentos y los vínculos fuertes, acá da un giro y modela un material frágil, casi evanescente: el centro gravitatorio de Vivir al límite y La noche más oscura es esa especie de temblor que sacude a los protagonistas, que los retuerce en silencio y los hace lanzarse hacia la acción ciegamente y sin medir costos. El realismo preciso con el que se retrata el universo militar y sus protocolos no es más que una vía para acentuar ese misterio. Bigelow hace cine con algo que está siempre fuera del plano, que se desplaza más rápido que la cámara.

Comentarios