El imperio del sol
Dirigida por Steven Spielberg
EE.UU., 1987, 145′
Con Christian Bale, John Malkovich, Joe Pantoliano, Miranda Richardson, Nigel Havers, Leslie Phillips, Masato Ibu, Emily Richard, Rupert Frazer, Ben Stiller

Crónica de un niño solo (¿Sueñan los niños con aviones libres?)

Por Federico Karstulovich

La fascinación con los fascismos, con los regímenes grandotes, con los oropeles y la pompa suele ser algo que afecta de manera diversa a distintas personas pero que ataca de manera particular a los niños, precisamente porque les moldea su percepción de mundo cuando el cerebro todavía es plástico, o mejor dicho, plastilina. Ojo, no es condición excluyente ser niño. Susan Sontag le dedicó algo de tiempo a indagar eso de la fascinación por la liturgia y el ritual de esos regímenes. Algo de esa admiración fascinada está en el cine de Leonardo Favio (que encuentra en las diversas formas del lumpenproletariado y la fantasía de ascenso social su molde ideal), más específicamente en Perón, sinfonía del sentimiento, pero también en una película extraordinaria de Miyazaki como El viento se levanta. En ambos casos prima un ideal por sobre un real histórico. Y es que a ambos directores parece importarles bastante poco atenerse a la rigurosidad de los hechos sino que, a partir de ellos, logran construir otra cosa: una mirada congelada en el tiempo, una mirada de niño (que no infantil y menos que menos pueril) que se construye desde la adultez pero que actúa retrospectivamente.
El Favio de aquella obra megalómana omitía y seleccionaba a su gusto los hechos para tamizarlos desde la mirada de un niño de 6 años fascinado con el primer peronismo (que también estaba atravesado por toda la liturgia y las prácticas del fascismo europeo: plena sustitución de importaciones hasta en lo político) pero sin rigor alguno en los datos reales, en las contradicciones del mundo.
En el caso de la película de Miyazaki, la fascinación suspendía la crítica al colaboracionismo con el frente imperial japonés y hacía primar, preferentemente, la visión admirada del protagonista por el mundo de los aviones, como si se tratara de un ideal despolitizado, carente de responsabilidades históricas: haber sido el diseñador de máquinas de guerra para un régimen dictatorial y asesino.
Spielberg no vio nunca (al menos no en 1987, cuando hizo El imperio del sol) las películas de Favio y Miyazaki. No obstante comparte, separado por la distancia el tiempo y las latitudes, la misma obsesión con ambos directores: una mirada puesta sobre otra mirada. Por eso en casi toda la obra del primero prima un procedimiento: el fuera de campo extendido, que supone un contraste entre la mirada fascinada y lo real, eso que Mirazaki y Favio reunían pero que Spielberg politiza a partir de una reflexiva tercera posición: ver la mirada de un niño, ver el mundo (desde una perspectiva omnisciente) y finalmente ver el encuentro extrañado de ambos. Y, al menos si a mi me lo preguntan, no encuentro película más precisa para abarcar este problema, al menos dentro de la obra de ese director que supo entender a otro que miraba la mirada de los niños (pero que les permitía crecer: Truffaut) que El imperio del sol. Por un lado porque es una película que desarma el concepto de lo bélico desde el componente que en general suele quedar afuera: la fascinación con lo heroico de la guerra. Desde esa perspectiva, el mundo que narra la película es aplastante, porque (y algo de dickensiano hay ahí, sin dudas) la guerra es bastante más que la imbecilidad de la letra de Gieco. No es un monstruo grande y pisa fuerte, sino que es un hecho complejo, contradictorio, por momentos necesario e inevitable. El buenismo pacifista no forma parte de los intereses de Spielberg (o al menos no hasta Rescatando al soldado Ryan, en donde la lectura si es pueril y en donde Marshall pareciera ser el abuelo bueno que todos quisiéramos), por eso El imperio del sol es una pesadilla autobiográfica (que cuenta la experiencia del escritor James Ballard en un campo de concentración japonés, separado de sus padres) pero que no se olvida de quién mira y desde dónde lo hace.
La guerra, bien podría decirnos la película, también es un estado de la mente y el ojo (aclaremos: esto no quiere decir que no exista, sino que la percepción de la misma es variable, incluso en el nivel de pesadilla, porque también puede haber pesadillas fascinantes), por eso la película de Spielberg logra en efecto construir (desde los ojos inocentes) y deconstruir (desde nuestra mirada disociada) la innegable fascinación heroica de la guerra, si, pero desde otra perspectiva: la de las víctimas, los prisioneros y los salvados.

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