Más allá de la gloria (The big red one)
EE.UU., 1980, 113′
Dirigida por Samuel Fuller
Con Lee Marvin, Mark Hamill, Robert Carradine, Bobby Di Cicco, Stéphane Audran, Siegfried Rauch, Kelly Ward, Charles Macaulay, Alain Doutey, Maurice Marsac

En carne propia

Por Federico Karstulovich

Es difícil tener una voz. Una que salga y que convierta al aire en sonido, en tono, en inflexión personal. Pero cuando se encuentra, cuando sale y se consolida, ya es otro el asunto. Una voz es una voz, ni siquiera una autoridad. Por eso las voces son subjetivas. Es, si se quiere, el viejo problema de las víctimas a lo largo de la Historia (así, en mayúscula): su voz no hace Historia, sino que hace memoria. El problema es que con el tiempo hemos tendido a asumir que todo discurso de parte de las víctimas es -solo por tratarse de la voz de la víctima y nada más que eso- verdadera. No obstante los hechos y la historia y la verdad parcial de las víctimas no tienen que estar necesariamente homologadas. Hablar desde una perspectiva personal, entonces, supone la asunción de una paradoja: una voz con identidad propia a la vez que una voz que puede ser falaz en su condición de expresión histórica.

Todas estas disyuntivas entre la voz personal/memoria y la voz impersonal/historia parecen importarle poco menos que un pedo al genial Samuel Fuller, quien con toda la carga subjetiva encima (ni más ni menos que la carga de su propia experiencia de combate en la Segunda Guerra Mundial) concibe casi cuatro décadas después de finalizado el conflicto una obra maestra como lo es Más allá de la gloria. Al viejo Fuller parece importarle bastante poco eso de (re)construir un hecho histórico a la altura de sus propios ojos y de sus oídos (en lo que sería la inversión de un caso como el de Spielberg, quien no ha vivido la guerra pero que ha intentado contarla desde una perspectiva casi íntegramente personal, al menos para su cine: desde los ojos de los niños, algo que he analizado en este mismo dossier aquí) porque el proceso de abordaje de los recuerdos en la película de Fuller es, irónicamente, un proceso de borroneado, como si escribiera con su mano pero luego borrara sus propias marcas personales. Como si quisiera que la carga subjetiva quedara impregnada naturalmente a los hechos pero sin explicitarla, sin destacarla.

Algo de esto es lo que usualmente llamamos ética, y que consiste, precisamente, en el pudoroso juego de denunciar sin enunciar. Porque en la película de Fuller el recuerdo se configura como amalgama de la historia y no al revés. Y porque Fuller, sin ser parte de la generación que lo precedió, narrativamente también supo ser clásico como convenía (así como supo ser moderno y clase B cuando lo necesitaba).Esa decisión, que en Más allá de la gloria no es otra sino contar los avatares de un grupo de soldados y el sargento que los lidera (Lee Marvin, más viejo y zorro que nunca) a lo largo de distintas batallas en el proceso del desarrollo final de la segunda guerra mundial, es la ética del pudor y la humildad. No obstante a Fuller poco le importa como es el componente histórico, sino como se lo llena de humanidad. Por eso en sus películas que referencian hechos históricos reales, el anclaje no está dado por la veracidad histórica sino por la capacidad de convertir a su propio recuerdo en testimonio objetivo, como si el mismo Fuller (aquí uno de los soldados del grupo, especial amante de los cigarros, como el viejo Samuel) quisiera correrse todo el tiempo (de hecho el personaje que encarna a Fuller no es el de Marvin sino un personaje lateral), como si lo histórico adquiriera peso a partir de la empatía de lo personal y subjetivo, pero a la vez como si el pudor no permitiera asumir esa voz propia.

Ese corrimiento, esa lucidez que supone la ausencia de los focos de luz puestos sobre si, habla a las claras de la capacidad de un director de entender que ser parte de la historia no es ni más ni menos que eso: poder animarse a contarla sin oros, sin oropeles, sin la necesidad de gritar verdades a los cuatro vientos, sino, apenas, silbar lo suficientemente bajito, al costado de los desfiles condecoratorios, mientras la historia grande se cuenta en los titulares y la historia que importa se susurra.

Comentarios