Una tensa paz
Un intento por entender qué pasa y qué puede pasar con el cine bélico

Por Hernán Schell & Federico Karstulovich

 

FK: Si a mi me lo preguntás, yo creo que, hoy por hoy, el cine bélico puro no solo no existe sino que es una pieza de museo. La pregunta que me hago (y esto creo que podría hacerse extensible a otros tantos géneros canónicos del clasicismo) es si vale la pena seguir preguntándose por esas piezas de museo como tales sin caer en la sensación de ejercicios de estilo o reconstrucciones de época impersonales. No obstante creo que siempre hay anomalías: las películas de Bigelow (Vivir al límite La noche más oscura) a su vez como ciertos momentos o tensiones dentro de las películas de Bourne, las Misión: Imposible y -bastante menos  de todos modos- en la saga Bond de los últimos 10 años, son ejemplos de que el cine bélico puede tomarse a si mismo como objetivo de estudio no para auto parodiarse sino para reconocer sus problemas. En ese sentido si tuviera que elegir una película bélica radical y contemporánea en lo que hace al vacío del género (justamente por ser una película que se pregunta qué mierda es eso que llamamos poder y su ejercicio como un problema de información) es El topo (Tinker Tailor Soldier Spy, Thomas Alfredson, 2011), que creo que es una de las pocas películas del género que entendió que el cine bélico solo puede recomponerse desde la ligazón entre el misterio mental de personajes sin motivaciones y las acciones bestiales. Creo que el cine bélico tiene esos dos polos entre los que debe moverse con inteligencia para no ser otro de los tantos casos en los que un género se convierte en pieza de museo. Pero dije muchas cosas, contame qué pensás…

HS: Si entendemos el cine bélico puro como ese que estableció convenciones más o menos firmes en la década del 30 y sobre todo el 40, y no, no puede volver más, pero no porque esas convenciones se hayan agotado necesariamente, sino porque ya no vemos más a la guerra de la misma manera ni se combate de la misma forma. Es muy bueno y original el ejemplo de El Topo, pero yo sigo pensando en La Noche más Oscura como la película definitiva sobre este tema. Estar en guerra hoy o pensar la guerra hoy tiene un problema y es que no tenés -al menos no en Occidente y mucho menos desde la perspectativa de Estados Unidos- un enemigo fácilmente identificable sino disperso, y cuyos orígenes e ideas concretas también son dudosas. Creo incluso que en el plano final magistral de La Noche más Oscura se resume mucho esta idea: una mujer que acaba supuestamente de cumplir la misión de matar al enemigo y se encuentra igualmente angustiada, frustrada, y dejando al espectador -quien de hecho ni siquiera sabe si lo que se mató o no a Bin Laden- de la misma manera. Pero el tema es que no sólo están cambiando las modalidades de guerra, sino que la épica de la batalla y la figura del enemigo a combatir ya es cada vez menos aceptable en estas épocas. Hoy no podés pensar la Segunda Guerra como la pensabas hace cincuenta años, olvidate. O sea, sigue siendo una de las pocas guerras que no se discuten, de las que sabemos que estuvo bien combatir porque había un enemigo claramente nocivo del otro lado, pero el conocimiento histórico hace que ya no se puede pensar ni a la figura del nazi como un estereotipo del Mal Absoluto  (quizás el primer director en reflexionar en serio sobre esto fue Verhoeven con El Libro Negro), ni la batalla con tanta inocencia de pensar que no hay ningún costo moral o traumático en las trincheras en sí. Las dos cosas tienen que ver por un lado con el agotamiento de ciertas convenciones que se vieron obligadas a mutar, pero también -y sobre todo- por la misma distancia histórica que hace que hoy pese más el horror de la guerra que su costado euforizante (que lo tiene, aunque sea de una euforia oscura) y que hoy nos preguntemos más por el nazi como un ser humano que podía ser inquietantemente “normal”. Justamente dos películas del SXXI como Capitán América de Joe Johnston o Bastardos sin Gloria de Quentin Tarantino pueden seguir hablando de la euforia del combate y el nazi como villano de historieta (y en el caso de la de QT incluso ni siquiera eso: sólo Goebbels y Hitler están así, el resto de los uniformados alemanes está totalmente humanizado) porque están envueltos en un clima retro o de farsa -o las dos cosas juntas-. Por eso Rescatando al Soldado de Ryan me sigue pareciendo una película de una torpeza infinita, una anomalía en un director generalmente lúcido como Spielberg. Ahí se arranca una película bélica mostrando la guerra como horror y destrucción, tomando consciencia de la realidad histórica de la batalla, y después termina yendo a una película bélica más o menos clásica, llena de convenciones viejas y ya poco creíbles como la de no ayudar al enemigo y haciendo un rescate a último momento. Una vez que mostraste ese principio brutal ya no podés volver atrás.  Algo se quebró en tu forma de representar la guerra en general y la Segunda Guerra Mundial en particular. Pero Spielberg sigue avanzando con su película como si nada, sin darse cuenta del desfasaje entre su principio y su final. A su modo sigo pensando en El Soldado Ryan como una película que sin darse cuenta termina representando una crisis dentro del cine bélico. Si su último tramo parece querer aferrarse a convenciones ya gastadas, su primera parte es una forma más contemporánea en la que empieza a percibirse la guerra y en la cual el espíritu épico empieza a eclipsarse por el esencial descontrol y horror que transmite la batalla. Sólo Gibson en la excepcional pero también bastante enferma (bueno, es Gibson) Hasta el Último Hombre puede volver a la idea de anteponer la épica al horror de la batalla, pero también lo hace corriendo hábilmente el eje de la guerra como hecho histórico, a una película religiosa y hacia el final directamente mística. Pero bueno, en fin, quizás me esté desviando de tema.

FK: No, no creo que te hayas desviado. En todo caso creo que en el final de tu argumentación, luego de lo que mencionás sobre la película de Bigelow y el tema de la eliminación de un enemigo invisible, si te fijás, casi sin darte cuenta volvés a ejemplos relativamente estables en lo que hacen a las convenciones del género. La bazofia de Spielberg, quien con Rescatando al soldado Ryan quizo hacer una suerte de Summa Belicae (como en el 92 lo hizo Coppola con todas las influencias posibles que habían formado el mito histórico de Drácula en el género de terror), es un ejemplo de ese cine bélico que mira al pasado y no puede desligarse, como si no pudiera desembarazarse de una serie de convenciones. El problema es que además lo hace con una torpeza de manual. Cuando quiere ser pacifista le sale una cosa patriotera y al revés. Pero no porque comporte un modo contradictorio, sofisticado y adulto a la hora de abordar el género (El libro negro para mi sería un caso paradigmático de esa sofisticación), sino porque es lisa y llanamente torpe y lineal en sus razonamientos. Me gusta, además de la mención de la de Bigelow, que incluyeras a Gibson, que en su salvajada creo que es uno de los pocos tipos que entendió las lecciones de Fuller vaya a saber si vía Scorsese o qué. Y si me preguntás por Scorsese yo creo que su gran (y fallida) película salvaje dentro/fuera del bélico es Pandillas de nueva York. Gibson le pone el cuerpo a lo que Alfredson le pone cerebralidad. Y en ese punto me parece que uno puede seguir viendo hechos atractivos dentro del género, porque creo que son películas que todavía se cuestionan cosas en vez de responderse todas las preguntas. En ese punto es que en parte me molesta el lugar perezoso al que llegaron las tres grandes sagas de espionaje contemporáneas que menciono en mi nota sobre el subgénero. La sagas James BondMisión:ImposibleJason Bourne parecen haberse avivado (y exponen sus conclusiones como si avivaran giles) que los servicios de inteligencia y sus auto depuraciones son quizás el último gran tabú y peligro como tema del género bélico. Pero la idea de que el enemigo está adentro ya era vieja y remanida para otros géneros como el terror. Y esto, al menos para ese género, ya dejó de ser novedad hace años. En cambio para el cine bélico de espionaje pareciera ser una panacea tranquilizadora. En ese sentido es que me quedo más con las preguntas de El topo o en las dubitaciones de La noche más oscura. O en la exaltación adrenalínico-mística o adrenalínico-material de Hasta el último hombre (en el primer caso) y de Vivir al límite (en el segundo). Igualmente me sigue apasionando la idea de la diseminación de las formas de lo bélico en el mainstream no-bélico actual. De ahí que (en el artículo que escribí sobre algunas cuestiones básicas del género) yo me pregunte por el actual cine que adapta cómics y la epopeya como un género de la antigüedad clásica que, gracias a una serie de franquicias exitosas, así, de la nada, reaparece en el mapa. Bueno, ese cine multigenérico que encuentra en tanques como los de Marvel (Los Vengadores, fundamentalmente con su imaginario de destrucción, algo propio del bélico también) y los de DC (pienso en Batman – El caballero de la noche asciende y su parábola leninista-robespierreana) una vía de atraer espectadores no es otra cosa que una derivación de cosas que ya existían en las hibridaciones de tipos como Verhoeven-Cameron-McTiernan en los 80’s-90’s. Incluso las Star trek de Abrams tienen (y fundamentalmente la última, Star Trek: Beyond, que es una relectura de El corazón de las tinieblas vía Apocalipsis Now) esa capacidad de entender perfectamente al bélico como un estado de hibridación puro. Pero ya me voy de tema y en parte lo dije en otras notas. Insisto: como siempre (y como bien lo muestra el cine clase B) el bélico creo que sigue sobreviviendo gracias a sus excepciones que a sus cultores más canónicos y ordenados. Por eso es maravilloso volver a tipos como Joe Dante y a Pequeños guerreros. 

HS: Es que creo que en algún punto lo que terminan mostrando estas películas es que a veces ciertas convenciones que quedaron viejas en géneros de antaño pueden volver disfrazadas de otra cosa. Es lo que pasa con el western. Hoy en día el western no es más un género masivo, sin embargo, encontramos convenciones del western de vez en cuando en películas de superhéroes o de acción. Con el bélico pasa algo similar, el imaginario destructivo del bélico, o convenciones como la figura del soldado egoísta que se sacrifica, ya no pueden estar en el verosímil de una película sobre la Primera o Segunda Guerra. Pero si vos la ponés en una película de superhéroes donde se combaten robots, o en una del espacio donde se combaten extraterrestes (pienso en un ejemplo obvio como Rogue: One), ahí es cuando la cosa ya puede digerirse para el espectador. Respecto de lo que decís de Rescatando al Soldado Ryan, de que cuando quiere ser pacifista le sale patriotera, creo que la gran paradoja es que no sólo le sale patriotera sino directamente belicista. Es la paradoja que señalaba Jonathan Rosenbaum del cine bélico. Que a veces mientras más crudo y violento querés ser, más terminás exaltando esa violencia porque en algún punto esa adrenalina terminaba generando una rara, oscura atracción, en muchos espectadores. Posiblemente por eso las pocas películas que a mi entender son genuinamente pacifistas son aquellas que saben dejar la batalla fuera de campo o que la transforman en farsa, como es el caso de Pequeños Guerreros. Es interesante también el caso de pensar que en alguna medida hoy rasgos de cine bélico sobrevive en películas de espionaje donde se resalta la cuestión del enemigo interno. Digo esto porque una de las figuras más importantes que tiene el bélico es la del enemigo, de quien es esta persona, de que es lo que este quiere. El cine de espionaje tiene la paranoia como eje principal, y el cine bélico más clásico no solía tener esta idea de paranoia, al menos no al modo del cine de espionaje. En el bélico se combatía contra un enemigo y la tropa podía estar hecha de personas diferentes pero siempre estaba el espíritu de camaradería. Las películas que se preguntan por la guerra actual están matando en realidad la idea del enemigo, no sólo porque hablan del enemigo interno, sino de algo más fuerte todavía: el enemigo no identificable -puede ser la persona que está trabajando con vos, pero puede ser también una jerarquía que nunca ves y que obedece a un sistema que no terminás de entender- y también la misión difusa. Pienso ahora en Francotirador de Clint Eastwood, película muchas veces acusada de patriotera y fascista pero que en realidad hace todo lo contrario del fascismo al terminar poniendo en duda quien termina siendo en realidad este soldado, si es un héroe o no, si sabía o no que era lo que estaba haciendo o cual era la causa real por la que estaba combatiendo. Ahí Eastwood alterna cada tanto el punto de vista seguro de su protagonista con hechos que desestructuran su visión del mundo, y termina hablando de su adicción a la guerra, a su necesidad de estar siempre con un arma al lado. Esto hace que uno empiece a cuestionarse que tan heroica era esta persona que al fin y al cabo, y como el personaje de Vivir al límite, terminó necesitando la guerra y las armas como una droga. Se trata de películas más sutiles de lo que aparentan en una primera visión, tal y como dice Diego Maté en su nota en este dossier.

FK: Creo que esa diseminación en lo bélico como marca en el mainstream, como modo de supervivencia de un verosímil, tiene el correlato en películas más pequeñas y arriesgadas. Por eso me parece interesante cómo esta lógica de un cine industrial que aspira ideas quizás pueda volver a aspirar algo de lo más incómodo que puede hacerse desde películas más marginales. No hoy, no mañana, pero quizás no dentro de tanto tiempo. Hoy por hoy, por lo pronto, entre un enemigo invisible (interno y/o externo) y una guerra microscópica (los atentados de lobos solitarios) el mundo se le adelanta 300 pasos al cine bélico (no porque éste último tenga que imitar nada, pero a la vez no podemos negar el componente de relación con la realidad) y habrá que ver hacia donde lleva las cosas. Si a mi me preguntás, yo creo que es un género al que todavía le falta su hipérbole final y definitiva. Ya no su deconstrucción, como en alguna medida señalaba Tomás Carretto sobre Samarra, sino su exageración apoteótica, su abrazo de oso al espectáculo bigger than life, su aceptación de la fascinación plena con la violencia. El bélico no tuvo a su Moulin Rouge! aunque indirectamente Gibson estuvo cerca con Apocalypto. Entre el laconismo de la película de Alfredson, las tentativas multigenéricas de el mainstream, la bestialidad de tipos como Gibson…sabés qué…me acabo de dar cuenta. Quizás la gran hipérbole bélica haya sido Mad Max: Fury Road y se nos estuvo pasando frente a las narices. Estuvimos flojos en no incluirla en el dossier. Y un tipo como Miller sería el responsable más lógico de ese gran finale  al mejor estilo spectacular spectacular. O quizás tengamos que empezar a mirar hacia Bollywood y no ser tan occidentales en la búsqueda, qué sé yo.

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