Il falsario
Italia, 2026, 110′
Dirigida por Stefano Lodovichi
Con Pietro Castellitto, Giulia Michelini, Andrea Arcangeli, Pierluigi Gigante, Aurora Giovinazzo, Edoardo Pesce, Claudio Santamaria, Francesco La Mantia, Michael Schermi, Carlo Tozzi, Mauro Aversano
A falta de verdad
Hay películas que se miran como quien hojea un álbum de postales: todo está bien iluminado, cuidadosamente enmarcado, pero algo íntimo se queda fuera del cuadro. Después de ver El falsario, de Stefano Lodovichi, me quedo con esa misma impresión. Su punto de partida es sugerente y atractivo. Un joven aspirante a artista descubre que puede copiar a la perfección un Modigliani y, de paso, cualquier firma que se le ponga delante. De ahí al fraude sistemático hay un paso breve y casi lúdico. La película convierte esa tentación en un mecanismo narrativo de largo aliento, aunque no siempre logra que el espectador comparta la emoción del juego y de su proceso.
Toni, interpretado por Pietro Castellitto con una mezcla de carisma y arrogancia, es el típico pícaro que confunde astucia con inteligencia moral. Comienza como un muchacho de provincia rodeado de amigos entrañables —un obrero y un cura— y termina navegando las aguas turbias de la mafia en la Roma de los años setenta. Al inicio, la banda sonora, encabezada por Iggy Pop, subraya ese tránsito hacia un mundo donde la diversión y el delito empiezan a confundirse. Toni falsifica cuadros, cheques y, finalmente, propaganda política durante el secuestro de Aldo Moro —ex primer ministro de Italia—. Cuando le preguntan si es rojo (comunista) o negro (fascista), responde que no le importan los colores: solo quiere “vivir bien”. En esa frase se condensa toda su ética, o más bien su ausencia.
El problema es que la película asume que esa ligereza basta para sostener casi dos horas de metraje. No es así. El guion lo empuja de catástrofe en catástrofe —traiciones, golpizas, conspiraciones, romances— sin detenerse a mirar qué ocurre dentro de él. Sabemos lo que hace Toni, pero no quién es. Y cuando un personaje se reduce a una suma de peripecias, el espectador termina observándolo con la frialdad de un matemático. Se agradecen la recreación histórica, el vestuario impecable y las locaciones espléndidas; incluso la intriga política abre un campo fértil para desarrollar una nueva línea realista e ideológica, aunque este rumbo termina por absorber toda la trama. Lo que falta es un corazón que lata debajo de tanta superficie pulida. Toni es excesivamente carismático, tanto que roza el payaseo inevitable. El círculo de gánsteres al que se incorpora es tan impredecible que por ratos no sabemos si estamos ante criaturas de Francis Ford Coppola o de Guy Ritchie.
La película parece negarse al riesgo y prefiere acumular caminos sin profundizar en ninguno. Toni tiene una gran cercanía al Papa, al primer ministro y a las Brigadas Rojas. Se le percibe como un bufón con entrada preferencial al hampa italiana, pero esos encuentros se sienten anecdóticos, casi turísticos. Todo ocurre y nada pesa. Incluso las escenas más duras —sus manos destrozadas o las amenazas de muerte— generan más curiosidad que verdadera conmoción. Más allá de los parecidos y de la cercanía que tenga la película con los hechos reales en que se inspira, se nota la ausencia de un sello autorial. Netflix dicta su pauta y hasta se da tiempo para soltar un suspiro de solemnidad.
Quizá el mayor engaño de El falsario no sea el de su protagonista, sino el del propio relato haciéndonos creer que el vértigo equivale a emoción. Lodovichi filma con sentido del ritmo, pero confía demasiado en los fuegos artificiales de su argumento. El resultado es un triunfo del estilo sobre la sustancia: una obra que luce magnífica, pero que deja un sabor insípido. Al final, uno comprende que ha pasado el tiempo con un producto descartable, una oportunidad desperdiciada y lejos de convertirse en una experiencia plena.
Como en todo fraude, la técnica es impecable, pero falta la verdad. Y sin verdad, incluso la falsificación más perfecta termina siendo solo eso. Estamos ante una copia brillante de algo que nunca estuvo del todo vivo.

