El método Tangalanga

Por Amilcar Boetto

Argentina, 2022, 98′
Dirigida por Mateo Bendesky
Con Martín Piroyansky, Julieta Zylberberg, Alan Sabbagh, Rafael Ferro, Luis Machín, Luis Rubio, Antonella Saldicco, Silvio Soldán, Lucía Maciel

Un poder oculto

En la nota que realicé hace unos meses, a modo de cobertura del último Festival Internacional de  Cine de Mar del Plata, destacaba particularmente la conexión que El Método Tangalanga pudo  establecer con el público en su única función. De ese modo, intenté alejarme de mis  percepciones personales para tratar de entender qué era lo que generaba una conexión tan  íntima entre aquel puñado de personas y la película de Mateo Bendesky. 

Biopics. La primera aproximación que tuve fue pensar la forma en que la película aborda el género  biográfico. Bendesky utiliza el fantástico como arma para escaparle al causa-efectismo, que es la  tendencia posible de ver en Bohemian Rapsody o Blinded By The Light. Así, no solo la película es  sobre Tangalanga, la película es Tangalanga. O al menos, es lo suficientemente cercana tonalmente como para que nos creamos que los audios verdaderos de Tangalanga, que se reproducen en varios momentos de la película, son parte de la diégesis. De hecho, creo que hubiera sido más efectivo usar siempre la voz verdadera de Tangalanga, como si esa posesión momentánea que vive Piroyanski además tuviera incorporada un cambio de voz.  

Lugares comunes. Por otra parte, esa ruptura del tono realista, habitualmente usado en las biopics contemporáneas, no deriva en un desborde, en una exageración o en un tono cínico. Nada de eso: la película se cuida de no caer en los lugares comunes de la comedia argentina, que usualmente convierte a sus personajes en caricaturas hiperbólicas del bastardeado concepto de la argentinidad. En relación a este punto, no hace falta alejarse mucho en el tiempo para seguir encontrando ejemplos de este tipo de comicidad: Granizo, Re Loca, Mamá se fue de Viaje son apenas algunos ejemplos desafortunados de esta tendencia. En EMT el personaje de Tangalanga se vuelve canchero, insulta y es grosero, si, pero nunca pierde su ternura y su modo, a veces torpe, de relacionarse con el mundo. Al no caer en ese lugar común mencionado, sino invirtiendo la carga, utilizándolo a su favor, genera un choque entre ese tono tan molesto y el registro deadpan del comienzo. Ese efecto nos obliga a preguntarnos qué es lo que estamos viendo. 

Empatía. Al mismo tiempo el humor, sostenido desde la posición humana de quien lo enuncia, como respuesta a la tiranía de un burócrata cagador (pero peor aún: falto de humor), se vuelve un motor empático al que el público no se puede resistir. Más aún cuando (y aquí  posiblemente haya otro acierto de Bendesky) la película se reconoce como una comedia trágica, una película en donde el humor es una de las grandes y pocas armas para enfrentar el dolor. 

Aciertos. Hay, inevitablemente, otros aciertos, probablemente ubicados en el casting (la decisión de que Tangalanga sea Piroyanski pareciera inmejorable, pero además hay pequeñas-grandes decisiones como la  inclusión de Silvio Soldán), en las decisiones del departamento de arte (no solo buscando lograr un registro de época, sino por articular en la paleta de colores potenciando dramáticamente la narración al permitirnos entender el modo en el que los personajes habitan el espacio: haciendo de los espacios lugares hostiles o cálidos según el caso), en ciertas decisiones del montaje (hay, particularmente, una excelente secuencia de montaje en la que se corre la voz de los audios de Tangalanga). Mito. Sea como fuere, todos sus aciertos giran en torno al mismo centro neurálgico, que es la construcción de ese mito, el de Tangalanga, como un hecho fantástico, casi superheroico. Y al mismo tiempo, la película nos muestra cómo la utilización de esa magia, la del humor como forma de enfrentar la tragedia, el dolor, el padecimiento cotidiano, es también, a su manera, una forma de usar al mito para interpelar a la cultura argentina, la que se vuelve inaprensible y no la que hoy por hoy nos resulta un lugar común insoportable sobre esa imposible abstracción llamada el ser nacional.

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