El viento que arrasa

Por Amilcar Boetto

Argentina-Uruguay, 2023, 94′
Dirigida por Paula Hernández
Con Alfredo Castro, Sergi López, Almudena González y Joaquín Acebo.

La palabra empeñada

Como uno de los problemas tradicionales de la adaptación cinematográfica se suele  señalar la imposibilidad de adaptar el monólogo interior, o de novelas generalmente más  descriptivas que narrativas. Sin embargo, poco se señala un problema que se demuestra  como algo central cuando uno ve El Viento que Arrasa: la dificultad de convertir al diálogo  literario en diálogo cinematográfico.  

El libro de Selva Almada narra una historia que centra su atractivo en la construcción de  personajes complejos y ambiguos, basándose principalmente en el diálogo. Almada  genera las relaciones menos pensadas a través de narrarlos a través de sus palabras.  

Sin embargo, para poder poner en escena esto, Hernádez decide tomar el camino de la  simplificación y la caricatura. Su padre Pearson es un fanático religioso, egoísta y ruin  con la intención de salvar sus pecados mediante el sufrimiento ajeno. Su Brauer es un  resentido, al que la película trata con mucho prejuicio y su Tapioca es un joven tan  extremadamente naiv que parece provocar una mirada paternalista hacia él por parte de  un espectador que se meta en la lógica de la película. 

Aunque Almada ya rozaba esa caricaturización por momentos, a partir de una insistencia  con algunos usos de la oralidad (recuerdo especialmente la sobreabundancia de la  palabra chango), la novela de alguna u otra forma lograba desmarcarse de esto, sobre  todo, como digo, a través de leer a los personajes hablar. Ese fluir que genera la  conversación era la clave para que los personajes no se sientan lineales y para que el  lector pueda escaparse de esa imagen que tiene ya prefijada en su cabeza.  

El problema aquí, no es necesariamente la contradicción de la película de Paula  Hernández con el texto literario, sino más bien la inconsistencia narrativa a la cual  empieza a someterse esta trama que se propone un conflicto bastante complejo y que la  directora decide llevar a cabo con versiones simplificadas de los personajes.  Y esta simplificación no solo se nota en la actuación, en los diálogos que el guión decide  tomar de la novela, en la caracterización tanto de vestuario como de maquillaje, sino  también, y fundamentalmente en el modo de relacionarlos con la cámara. Para ser claros,  en este aspecto, se puede tomar el momento donde, en medio de la lluvia, tras irse  finalmente del taller mecánico, el padre Pearson ve unas ovejas y se baja del auto, con un  contraste lumínico enorme provocada por la única fuente de luz roja, el padre ve a las  ovejas en medio de la lluvia y se arrodilla, mientras suena una música épica y Leni le grita  que por favor vuelva al auto, llorando, sobreactuando. Hay planos detalle de las ovejas,  un plano medio de Pearson y primeros planos de Leni, la escena tiene la apariencia de un  momento épico, mítico, el padre habla con Dios, también a los gritos, y lo que denota,  entonces, además del subrayado, es la falta de imaginación formal para construir ese  momento, en el que la película termina cayendo en todos los lugares comunes antes  mencionados, y convierte la religión en un juego de locos.

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