A QUIÉN LE IMPORTA

Siempre, hacia finales de febrero, buena parte de la cinefilia se organiza (aunque cada vez menos, porque la convocatoria es cada vez menor año tras año) para ver unos premios cuya característica principal ha sido la oscilación. Lo sabemos: el nacimiento de la academia de artes fue más bien accidental. La leyenda indica, inclusive, que el nacimiento de la bendita academia fue más que nada una reacción desesperada. Y acaso la cita anual no fue más que un modo de defensa eufemístico y autocelebratorio frente a los ataques recibidos por las grandes majors hollywoodenses de parte de diversos frentes que no viene al caso retomar. Si, lo sabemos: estamos frente a un premio que por un lado celebra, por otro institucionaliza esa autocelebración y al mismo tiempo legitima y normativiza. Eso no quiere decir que lo que premie carezca de logros. Muy por el contrario, a lo largo de buena parte de la historia de los premios fueron canonizadas películas extraordinarias. No viene al caso convertir a los Oscar en una disquisición absurda sobre bueno/malo. Tampoco convertir a la historia del premio en material narrativo (o al backstage de Hollywood en narración del morbo: para lo primero hay miles de libros, para lo segundo los dos increíbles tomos de Hollywood Babylonia de Kenneth Anger). Insisto: la historia de los Oscar es invariablemente la historia del ingreso al panteón de la legitimación. En todo caso lo curioso fue el modo en el que se efectuó la transición: pasar de ser una ceremonia de autolegitimación a una ceremonia popular en la que el interés fuera del público hacia los premiados y no de los premiados hacia adentro. Pero quizás esa legitimación no hizo más que construir un público a partir del cual poder establecer una falacia que repetimos como si fuera un mantra: “se premia lo que el público quiere” cuando en realidad ese público ha sido sistemáticamente construído en pos de una necesidad.

Por eso la historia de los Oscar es también la historia de la construcción de un discurso público a la vez que la historia de su legitimación. De ahí que el mismo premio esté plagado de injusticias: si John Wayne fue un ganador tardío, si Cary Grant nunca lo ganó, si Irene Dunne fue una eterna nominada, es decir, si las injusticias existen, es porque este premio no premia sino que legitima. La pregunta que debemos hacernos es qué es lo que legitima y qué relación hay entre aquellos premiados y el discurso legitimado que emerge de esa premiación en particular. Si, la mirada de este premio legitimador es estrábica: un ojo puesto sobre el público al que se le “devuelve” una presunta percepción de intereses (que en la mayor parte de los casos no refiere a ningún interés concreto sino a eso que llamamos “espíritu de época” y que no tiene dueño pero que extrañamente supone consensos implícitos) y un ojo puesto en el interior de la industria. Demagogia y autocontrol. Quizás sea por eso que las películas premiadas a lo largo del tiempo, con el ojo puesto en la circunstancia de la época, son fácilmente olvidables. Desde La vida de Emile Zola (William Dieterle, 1937) a Hamlet (Lawrence Olivier, 1948); desde El espectáculo más grande del mundo (Cecile B. De Mille, 1952) a Marty (Delbert Mann, 1955); desde La vuelta al mundo en 80 días (Michael Anderson, 1956) a Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966); desde Al calor de la noche (Norman Jewison, 1967) a Gente como uno (Robert Redford, 1980); desde Carrozas de fuego (Hugh Hudson, 198 ) a Conduciendo a Miss Daisy (Bruce Beresford, 1989); desde El paciente inglés (Anthony Minghella, 1997) a Una mente brillante (Ron Howard, 2002); desde Crash (Paul Haggis, 2006) a El discurso del rey (Tom Hooper, 2010); desde 12 años de esclavitud (Steve McQueen , 2012) a Green Book (Peter Farrelly, 2019). Han sido todas y cada una de ellas hijas de los intereses de su época? En buena medida si. En otros casos debemos pensar cuánto de esos intereses responden a las internas y negocios por ventas futuras. Pero claro, sindicar a este premio devaluado como el único espacio en el que se puede atender en vivo y en directo a la compraventa de intereses y al lobbismo de turno es un poco injusto.

Si, lo sé. Me van a decir que elegí casi todas las películas más horribles que la academia haya premiado alguna vez (y eso que dejé fuera a porquerías como Shakespeare apasionado, Belleza Americana, El artista, Africa Mia, Gandhi) y que hay muchos ejemplos de películas extraordinarias y canónicas que fueron premiadas. Pero a los efectos prácticos siempre fueron mayores los olvidos, las injusticias y las premiaciones olvidables antes que la apreciación más allá del tiempo. Segundo dato a tener en cuenta: el Oscar no solo como instrumento de legitimación y como reconocimiento demagogo de las agendas de consumo sino también un premio negado a la atemporalidad. Porque para esta premiación siempre es presente. Como si se tratara de un loop anual antes que una progresión estable y definida. Insisto: lo único estable y continuo es la urgencia contextual, por ende, el olvido que provee el tiempo y que echa un manto de piedad sobre películas que no merecen quedar en la memoria. Curioso es esto: si algo ha sabido hacer la gran tradición de Hollywood es narrar y construir mundos posibles para el consumo popular (lo que en general se suele llamar cine de entretenimiento), pero esa gran tradición es continuamente bastardeada, olvidada. Se legitima aquello que dialoga con el presente y se minimiza la gran tradición narrativa, que es atemporal y no persigue el consenso de ninguna agenda. Quizás entonces haya que pensar cuál fue la gran transición entre un sistema de autocelebración, de consenso, de compraventa de intereses a una ceremonia de premiación que ha logrado insertarse en una suerte de agenda implícita que excede los premios, como si en alguna manera fueran los mismos integrantes de la academia los que recomendaran bajar al llano a las estrellas que conforman las constelaciones de multimillonarios (como en la bochornosa edición de hace un par de años, en la que se invitó a gente común y corriente para que saludara a las estrellas, en un acto de un clasismo galopante). Quizás haya que retrotraerse al ridículo del statement público de la corrección política que supuso la negativa a aceptar el premio por parte de Marlon Brando hace 47 años.

La pregunta que cabe hacerse es si esta nueva edición de los premios no hace sino retornar a una legitimación desesperada (la pérdida de prestigio del público, los escándalos de abuso, la evidente agenda que demuestra que la premiación por sexo, color, etnia, grupo social importa mucho más que la calidad cinematográfica). Y la única legitimación posible está dada en el principio de la demoagia, que como todo principio falaz, es populista pero se ofrece como popular. Como si se tratar del resultado de focus groups, el Oscar ya no solo busca legitimarse desde la inevitable corrección política, sino desde la asunción de una voz popular. Ya no se trataría de una ceremonia privada para los propios, sino una ceremonia pública para el interés del público. No solo se trata de un juego ingenioso y falaz, sino también trae como resultado un acto que destruye a la cinefilia con cuentagotas: asistimos a la lenta destrucción de una tradición hasta que se evapore (recuerdan los años en los que el Eastwood de Los imperdonables era nominado? Bueno, olvídense de que algo asi pueda volver a suceder).

Mientras los febreros se suceden y nosotros seguimos padeciendo esta degradación que olvida sus racíces (pero que a su vez las recuerda en el peor sentido), nosotros preferimos hacer cosas más productivas. Y mientras vamos terminando los lanzamientos anunciados les contamos que durante el mes de febrero le dedicaremos un hermoso dossier a las películas del estudio Ghibli que afortunadamente ha subido Netflix a su plataforma (una bien). Sumado a eso nos sorprendemos con algunos estrenos, como De repente, el paraíso de Elia Suleiman. Y les contamos sobre lo nuevo de Olivier Assayas (Wasp Network), Todd Haynes (Dark Waters) y Bi Gan (Long Day’s journey into night). También viene la segunda entrega sobre cine político argentino post 1983, algunas series que nos quedaron pendientes de finales de 2019, otras nuevitas y un podcast explosivo sobre el INCAA que se viene.

Y no sabemos si nos alcanza el mes para tanto. Por lo pronto métanse a chusmear el número del mes que comienza, que va a ser una maravilla. 

ESTRENOS
Judy
Fin de siglo 
Aves de presa y la fantabulosa emancipación de una Harley Quinn
El príncipe
Por fin solos
Sonic: la película
Bad Boys para siempre
El escándalo
Amenaza en lo profundo
De repente, el paraíso
Kursk – Sumergidos
Buscando Justicia
El hombre invisible
El llamado salvaje

NO ESTRENOS

Largo viaje hacia la noche
The Farewell
Dark Waters
Color out of space

TV Y SERIES

The Outsider (I)
Sex education S02
Hunters

VOLVER AL FUTURO

Bacurau

OTROS ESPACIOS
El problema de la propaganda en el cine argentino (II)

INACTUALIDADES
Programa Doble: Al final de la escalera & The addiction

DOSSIER
El jardín secreto: las películas del estudio Ghibli (parte I)

LOST & FOUND
Torso (Sergio Martino, 1973)

Participaron en este número:
Amilcar Boetto
Tomás Carretto
Ludmila Ferrreri
Santiago González
Federico Karstulovich
Carla Leonardi
Diego Maté
Sergio Monsalve
Ariel Esteban Ramos
Marcos Rodríguez
Luciano Salgado
Rodrigo Martín Seijas
Gabriel S. Suede
Rodolfo Weisskirch

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