28 Years Later: The Bone Temple
Reino Unido-Estados Unidos, 2026, 109′
Dirigida por Nia DaCosta.
Con Ralph Fiennes, Jack O’Connell, Alfie Williams, Erin Kellyman y Chi Lewis-Parry.
Memento mori
El Templo de Huesos, como era de prever, sigue la historia de 28 años después, pero lo hace como un derivado autónomo, especie de spin off o recuela, de la serie de 28 días después, de Dannie Boyle, quien ahora funge como productor de la cinta, cediendo el testigo de la dirección a Nia Da Costa, cuya experiencia previa fue desigual y polarizante.
Con el libreto de otro escritor dispar, Alex Garland, los tres han gestado un pico para la franquicia, uno que se concentra más en las acciones endemoniadas que en las habituales bajadas de línea del cine mainstream.
El espectador percibe que el terror de Exterminio, no necesita de mayores coartadas morales, que las de ofrecer una historia coherente, que le sigue los pasos a tres islas de sentido que tendrán que colisionar en el final de la trama.
Primero, el niño Spike debe ganarse un lugar en la banda de matones de los Jimmies, batiéndose a duelo con un contendiente alienado.
La secta adopta la forma de un culto satánico que conduce un líder hiperviolento y radical, que parece un hooligan cabeza hueca de Trainspotting, suerte de personaje británico que hemos visto desde If… hasta La Naranja Mecánica. Una distopía que se liga con el cuestionamiento que quiere hacer el film, sobre los problemas derivados del aislacionismo, post Breixit, en Reino Unido.
En segunda instancia, continuamos con la vida y rutina del Doctor Ian Kelson, encerrado en su concha de huesos, donde escucha música retro y busca una cura, una vacuna para la infección. Todo remite al contexto de la postpandemia, con su crisis de soledad y sentido. Ralph Fiennes encarna la visión del científico loco, un arquetipo que se blinda desde el guion, amén del oficio del intérprete y la realizadora.
Por último, figura la historia romántica del zombie Sansón, siendo anestesiado por el Doctor. Las dosis de opio que suministra el médico, van atemperando la monstruosidad del infectado, vislumbrando alguna posible cura, que parte de una experimentación con técnicas psiquiátricas. El guion explora un costado de reflexión acerca del buen salvaje, recordando el diseño de Frankenstein en su origen. Por igual, salta a la vista un posible acercamiento homoerótico, tras la relación de los personajes en un entorno bucólico.
Pero al final, cualquier percepción de domesticación y buenismo, se descontrola y pulveriza, a consecuencia del inevitable choque entre mundos, el del Doctor y el de la secta satánica.
El acto conclusivo eleva los estándares de locura, al momento de armar un pequeño concierto con música de Iron Maiden, específicamente con la canción del número de la bestia, razón por la cual será recordada la película y el unipersonal desquiciado del actor.
En el desenlace, El Templo de Huesos ofrece un cierre de confrontación, entre paraíso, infierno y ciencia, poniendo sus dimensiones en un mismo plano paradójico y dilemático.
Gran película al final del día, a pesar de una inevitable conclusión que debe cumplir con el ritual de seguir abriendo el relato, garantizando su infinitud a través de un bucle eterno, como de Marvel con sus escenas postcréditos.
Un defecto de una época que curiosamente no quiere aceptar el cierre, la finitud, la muerte de una narración, que permita que pensemos en ella. Ahora hay que poner la cola, el cliffhanger del final, para extender la experiencia, que llaman, como en scroll.
Con todo, El Templo de Huesos es un filme único en su género y merece la consideración del respetable.

