Gasoline Raimbow

Por Amilcar Boetto

EE.UU., 2023, 108′
Dirigida por Bill Ross IV y Turner Ross.
Con Micah Bunch, Makai Garza, Tony Aburto, Nichole Dukes y Nathaly Garcia.

Sin lugar adonde ir

En los últimos años el cine de autor norteamericano (porque seguir llamándolo independiente  resulta insultante para los que verdaderamente hacen cine independiente) incurre con cada vez  más frecuencia en el coming of age y en la road movie para poder representar la crisis identitaria  de su juventud. La representación de una juventud alienada o una juventud que escapa de la  alienación es el relato central en el que convergen ambos géneros para darle una identidad al cine  de autores que tienen su meca en Europa, particularmente en la tríada Berlín-Cannes-Venecia. 

Gasoline Rainbow comparte con Riddle of Fire y The Sweet East esta búsqueda, así como su  gusto por la nostalgia analógica y su intención de extrañamiento, o desconfianza a los valores  americanos tradicionales. Las tres películas (todas con un recorrido en festivales el año pasado)  entienden el desplazamiento como un arma narrativa que les permite conocer otra América. Una  América más profunda si se quiere, diversa, amarga y anacrónica.  

Pero The Sweet East, al igual que Never Rarely Sometimes Always tiene el trauma como eje  central desde el que la aventura comienza, mientras que Riddle of Fire hace gala de un McGuffin totalmente absurdo que revela toda la aventura como un juego formal. Gasoline Rainbow no tiene  esto, más bien tiene al viaje en sí mismo, como una extraña heredera de Two Lane Blacktop Easy Rider, se enfrenta a la materialidad misma del desplazamiento. La película comienza in  media res con los personajes ya viajando, soltando datos de ellos a medida que avanza la  película, así como la aparición esporádica de una voz over que parece sacada de un comercial  inspirador cuyo título sea manifesto (o de Quién lo impide de Jonás Trueba, lo cual es lo mismo),  que explica algunas cuestiones internas de cada uno.  

La dupla de directores, entonces, debe ponerse cara a cara con su material, con la noche, la ruta  y con los adolescentes. Y aquí es donde la película no sabe bien que hacer, o, si lo sabe, no lo  decide. Porque, si bien estos tropos del cine de autor norteamericano vienen dejándonos bien en  claro la metáfora del desplazamiento, del escape y del desconocimiento de lo ajeno, aunque sea,  varias de esas películas tienen una idea clara a la hora de enmarcar ese mundo, de darle un  sentido particular a las imágenes y de construirlas con cierto espesor físico, más allá de la  fetichizada textura del fílmico. Gasoline Rainbow, en cambio, con una lógica más parecida a la de  la publicidad que al cine, parecer acumular antes que narrar, cortar las acciones a la mitad,  montar charlas de carácter político con tipos jugando al pool, elipsar las caminatas, las charlas y  los besos, así como nublar todo esto con escenas de personajes cantando, gestitos de autor  (como aquellos zoom in-zoom out a los carteles de la ruta) y una voz over melodramática. 

El espacio indeterminado de una América desconocida deviene, en los ojos de Gasoline Rainbow  en una continuidad total, en la que no podemos distinguir cambio alguno. Casi como el terreno  exactamente opuesto al de James Benning, la dupla de directores iguala y empata las imágenes,  haciendo vivir a sus personajes en un limbo Mubi-core con imágenes lo suficientemente  particulares como para parecer profundas pero sin un punto de vista que las vuelva realmente  únicas. En ese problema esencial del cine de autor es en donde la película parece quedarse  cómoda: en construir imágenes que parecen personales, que no podrías ver en otras películas,  momentos que tachan el ABC de los recursos formales que se ven en las salas de los festivales  caros y que aplauden críticos sedados por la cantidad inmensa de películas que tienen tras sus  ojos, pero sin dotar nada de esto de una mirada, dándole a las imágenes personalidad antes que  sensibilidad. 

La incapacidad sorprendente que tiene Gasoline Rainbow para detenerse en algo, para observar  con detenimiento lo que sea, hace que The Sweet East y Riddle of Fire parezcan obras maestras  por el simple hecho de tener una visión acerca de ese espacio recorrido, o incluso, tan solo  porque muestran cómo se recorre ese espacio. Basta comparar como Price Williams filma Nueva  York y como los Ross filman Portland. “Por fin llegamos” en plano general, con la ciudad en  profundidad de campo, en la cual apenas podemos adivinar algunos rascacielos, montaje de  fotos sacadas en la ciudad con el río de fondo y despedida contra una pared, sin que veamos el  movimiento urbano. Los Ross anuncian y pasan a otro tema sin importarles la curiosidad de sus  propios personajes ni las diferencias posibles entre ellos.  

A su vez, un último gran problema de Gasoline Rainbow radica en su pobre relación con la  realidad política, de la que los personajes hablan mucho pero sus imágenes no representan. En Portland, el personaje afroamericano pasa por al lado de un WASP al que le dice un cumplido por  su bigote, pero como el bigotudo no le responde, dice “no le deben gustar los negros, le dije esto  y no me contesto” todo esto filmado en un plano general que no puede admitir ningún punto de  vista de la situación. No le vemos la cara al blanco, ni vemos su bigote, pasa como una sombra  desapercibida a la cual no le hubiésemos prestado atención de no ser por el comentario del  personaje afroamericano.  

Lo que nos termina sucediendo, como espectadores, es que, si bien los personajes explican sus  frustraciones étnicas y sociales, su rebeldía nos parece vacua y superficial por el simple hecho de  que la película no narra esa diferencia ni esa actitud radical en ellos. Y si lo hace lo corta, lo  desarma y lo convierte en belleza de Pinterest, como aquella escena final del fuego. La potencia  de la juventud rebelde se ve reducida a un gesto para ganar laureles y pantallas de visualización,  lo que, a su vez, nos vuelve a despertar esa sensación de que el cine norteamericano no sabe  hacia donde ir, parece perdido y apuntando hacia todos lados para no darle a ninguno, muy  seguro de nuevas tradiciones que no representan a nadie y muy desconocedor de sus antiguas  tradiciones, que parecen más actuales que las actuales.

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