George Harrison: Living in the Material World.
Estados Unidos, 2011, 208′.
Dirigido por Martin Scorsese.
Con George Harrison, Olivia Harrison, Louise Harrison, Paul McCartney, Ringo Starr, Eric Clapton, Tom Petty.

Ciudadano Harrison

por Hernán Schell

Ante un documental tan riguroso, exhaustivo, extenso y al mismo tiempo potente como  este quizás lo mejor sea empezar con decir una obviedad y describir dos momentos muy breves que en algún punto definen buena parte de la película. Empecemos con la obviedad: Living in the Material World, el enorme documental de Scorsese sobre George Harrison, es una película que aborda, entre otras cosas, el tema del paso del tiempo: el que hizo que este músico cambiara de manera radical durante los años, el que alteró los rostros de los entrevistados de manera notable (no creo que sea casual que algunos de estos entrevistados de más de 60 años estén vestidos prácticamente de la misma manera que en las fotos y grabaciones de ellos que se muestran en la película) y el que hizo también que los contextos sociales de hace apenas 40 años nos parezcan hoy sociedades de ciencia ficción. Digamos incluso que Living in the Material World  pareciera un tipo de obra que sólo puede filmar una persona ya entrada en años, que sabe que está mucho más cerca de la meta final que del inicio y que vio a lo largo de las décadas los suficientes cambios tanto en sí mismo como en lo que lo rodea como para que le empiece a obsesionar el final de su vida –otro tema recurrente en la película si los hay-. Living in the Material World podría ser perfectamente el canto del cisne de Scorsese, su Érase una vez en América rockero y en formato documental. Digamos incluso que si uno tiene que buscar una contracara scorsesiana de Living in the Material World dicha película debería ser Shine a Light, el recital filmado de los Rolling Stones. Si este largometraje parecía mostrar gente vital –tanto los Stones como Scorsese- que parecen vivir su trabajo con la misma intensidad de siempre, comportándose como si el tiempo no les hubiera pasado, Living in the Material World es la obra de un cineasta que decidió tomar de pronto y de nuevo a un músico pero para ir por el camino contrario y hacerse consciente de lo inevitable.

Vayamos ahora a las dos escenas breves. Una dura segundos, se trata de un testimonio de la última esposa de Harrison (Olivia) diciendo a la cámara que a su marido le gustaban mucho las mujeres y que era alguien muy seductor. El tono y la expresión que adopta Olivia revela de manera muy elegante que la fidelidad no era precisamente el fuerte de Harrison y que el hecho de haber sido un beatle no le hacía demasiado difícil conseguir mujeres. Sin embargo la esposa simplemente dice que eran situaciones de pareja que ellos lograron llevar adelante. El gesto que adopta la mujer es de una dignidad extraordinaria –contrario, podría decir uno con malicia, al gesto aún despachado de Joan Baez para con Bob Dylan, algo que Scorsese registra en No Direction Home- como quien tiene perfectamente asumido el tema y no guarda ni un solo rencor hacia su pareja. Es también un momento que oscila entre la ternura, la melancolía y el desconcierto, tres sustantivos que como veremos se mezclan en el documental cuando se aborda la figura principal. La otra escena es la imagen inicial del documental. La misma empieza con el rostro sonriente de Harrison detrás de unas flores, escondiendo parcialmente su rostro mientras dice que él es el responsable de ese jardín. Que MS empiece su documental con esta escena habla a las claras de la consciencia que tiene sobre su propio material, del personaje que ha documentado y de la intención de captarlo de la manera más personal posible. Por otro lado, hay algo significativo en la idea de un Harrison escondiéndose tras lo que creó, porque si hay algo que la película insiste en mostrar es a alguien que siempre prefirió estar en el segundo plano de las cosas, trabajar en grupo sin ser el líder del mismo, ser una pieza clave de un engranaje pero no quien manejaba la máquina. Harrison fue mayormente un integrante de cosas: del proyecto de La Vida de Brian, de los Travelling Wilburys, del concierto compartido de Bangladesh y por supuesto de Los Beatles. Incluso cuando era solista trataba de estar bien acompañado de gente e invitar músicos permanentemente, dando a entender que lo suyo fue más la idea de integrar proyectos colectivos que de liderarlos. Por eso también Scorsese toma siempre material de archivo que muestren fotos grupales en las que George siempre aparezca a un costado, como pidiendo disculpas de estar ahí.

Lo que viene después de esa imagen casera inicial es una cantidad abrumadora de material sobre su vida: primero un montaje virtuoso que con la canción All things must pass de fondo resume en pocas imágenes el contexto histórico y social en el que nació Harrison y a partir de ahí su infancia, su adolescencia, los Beatles,  las drogas, el hinduísmo, Ravi Shankar, la psicodelia, la carrera de solista, su amistad con Eric Clapton y el “affaire” de la canción Layla, los Monty Python, su relación con el jardín de su casa, la familia, las carreras de autos, los Travelling Willburys, el cáncer, el atentado a su vida y la muerte. Sí, el documental dura más de tres horas pero como puede verse la información amerita la duración. También, como puede verse, el documental aborda varias cosas ya más o menos conocidas, pero justamente parte de las grandes virtudes de esta película es lograr aportar una mirada novedosa de las cosas simplemente cambiando el punto de vista (ver sin ir más lejos la parte en la que se nos leen la cartas que Harrison le escribía a la madre en la que mira la fama de los Beatles desde su perspectiva). Otra enorme bondad del documental es construir una narración fluida que a través de muchísimos testimonios e imágenes de archivo nos va contando la historia de Harrison como si fuese un cuento. Este formato narrativo ya fue probado por Scorsese en No Direction Home, su documental sobre Bob Dylan, que al igual que el de Harrison, se caracteriza por su cantidad de documentación y lo extenso de su duración.

La diferencia es que mientras Dylan se trata de un ídolo popular que parece hacer todo por no serlo desafiando o hasta disgustando a su público, Harrison es mostrado como alguien que quiere pasar desapercibido como un mero colaborador y que sin embargo termina siendo pieza clave en los proyectos más vistosos y masivos posibles. En ambos casos lo que estas personas se vuelven es una paradoja andante, y por ende una suerte de misterio. De hecho tanto en No Direction Home como en Living in the Material World está la idea de que de que mientras más información se acumula sobre la persona más rara se vuelve. En No Direction Home el propio carácter apático y las decisiones famosas por lo impredecibles de Dylan calza perfecto con esa imposibilidad de un retrato completamente satisfactorio, en el caso de Living in the Material World esto se da de manera más sutil. Harrison es un personaje con una personalidad mucho más amable, querible incluso que la de Dylan, pero también es verdad que con el correr del documental su personalidad se va revelando cada vez más extraña e inaprensible como alguien que poco a poco se nos va yendo de las manos por ciertas actitudes de él nunca explicadas y algunas contradicciones que aparecen entre los testimonios. El momento más evidente de esto se da cuando Scorsese narra la vuelta de Harrison a las drogas en los 70 y muestra su rostro consumido y la ejecución pobre de sus canciones. Hay algo raro en esos momentos ya que Scorsese no explica nunca mediante ningún testigo porqué Harrison de pronto adoptó este comportamiento autodestructivo en un determinado período de su vida. Más raro aún, Scorsese exhibe esto después de habernos mostrado un momento con Harrison en los 80, asegurando haber dejado cualquier tipo de droga cuando fue a Woodstock y vio el desastre que había hecho el ácido en los jóvenes.

Hay otro aspecto también importante que suma a este misterio y que son las canciones. En uno de los momentos de la película se habla de que Eric Clapton tenía una personalidad introvertida y que por ende muchas cosas que él quería decir las terminaba expresando en canciones. Misma filosofía parece que Scorsese le quiere aplicar a Harrison cuando piensa sus temas como una revelación acaso  inconsciente de sus estados de ánimo y de sentimientos que no se atrevía a decir (miren la utilización  de la canción de Between The Devil and The Deep Blue Sea inmediatamente después de la escena entre él y Ringo Starr) sino también de la filosofía de vida del director. Uno puede pensar incluso Living in the Material World como una versión documental, más sentimental y con protagonista más amable que Ciudadano Kane (con los testimonios que van de poco hilando una vida, con la idea de tratar de ver si se puede entender el sentido de una existencia determinada) en donde los temas de Harrison parecen ser muchas veces su Rosebud en clave sonora, sus misterios de lo que acaso pensaba y nunca sabremos dilucidar del todo. Entre esas canciones incluso se muestra una obsesión de Harrison: la idea de una vida después de la muerte y de un Dios que finalmente termine dándole a todo un sentido. Quizás por esto Living in the Material World termina siendo no sólo un documental sobre el misterio de una persona sino sobre el misterio de lo que pasó después de que éste falleció, inquietud que no le fue ajena nunca a dos personas obsesionadas con la religiosidad como lo fue Harrison y como lo es aún hoy Scorsese. Justamente relacionado con esto último recuerdo un artículo de Serge Daney en el que decía que el director de Taxi Driver siempre había filmado a Cristo por otros medios, y basta con seguir la filmografía de Scorsese para dar cuenta que esta afirmación del crítico francés, si bien exagerada, no deja de encerrar una verdad. Obsesionado con el mito cristiano Scorsese filmó una y otra vez la historia de personas que como Cristo resultan marginales, tratados por la sociedad de locos, pero en los que el director presume una insospechada sabiduría. Harrison es el último mito cristiano de Scorsese, el loco cambiante, místico, oculto detrás de bandas, amante de los márgenes antes que de los centros y al que se lo trata de encontrar como se puede en medio de canciones, testimonios y videos caseros. Justamente por esta idea de buscar hasta el último registro de su vida y en mostrar su carácter reservado surge una de las imágenes más cargadas de melancolía de toda la película: se trata de una grabación casera de los pies de Harrison frente a la playa, pasando los que son sus últimos días antes de su muerte. Es un plano calmo y elegíaco, la última imagen de Harrison que se ve en el documental y que no por nada Scorsese decide tomar parcialmente, consciente de un personaje cuya totalidad sólo podemos sospechar. Lo que vino después de eso, la vida posterior con la que Harrison presumió podía encontrarse es algo que permanece en el mismo estado de misterio que la personalidad de un personaje querible pero también desconcertante, retratado por un director obsesionado con los personajes explosivos y que descubrió de pronto una fijación por alguien tranquilo y amable, y por finales que vienen no en forma de grito sino de suspiro.

Comentarios