Glass Onion: un misterio de Knives out

Por Rodrigo Martín Seijas

Glass Onion: A Knives Out Mystery
EE.UU., 2022, 139′
Dirigida por Rian Johnson
Con Daniel Craig, Edward Norton, Janelle Monáe, Kathryn Hahn, Leslie Odom Jr., Jessica Henwick, Madelyn Cline, Dave Bautista, Kate Hudson, Ethan Hawke, Noah Segan, Jackie Hoffman, Dallas Roberts, Hugh Grant, Stephen Sondheim, Natasha Lyonne, Kareem Abdul-Jabbar, Angela Lansbury

Un globo explota

Si hay algo que no se le puede reprochar a Rian Johnson es la falta de ambición, aunque eso lo haya llevado a lo estrafalario antes que lo verdaderamente profundo o entretenido. Eso queda claro desde el minuto uno de Glass Onion: un misterio de Knives out, donde además el realizador nos quiere dejar en evidencia a cada instante que Netflix le dio una montaña de plata para que haga lo que se le cante. Todo es brilloso, desproporcionado, lujoso y hasta barroco en el film, en un juego con el artificio que se le termina yendo de las manos, hasta devorar a los personajes y la trama.

Es cierto que Entre navajas y secretos, la primera parte de la ahora saga del detective Benoit Blanc (Daniel Craig) también indagaba en el poder del dinero y sus efectos en las personas, en un único espacio que estaba repleto de simbolismos de todo tipo. Allí el tópico de fondo era la institución familiar y su rostro más oscuro, en un relato que se las arreglaba para retorcer las reglas genéricas de una forma muy divertida e inteligente. Acá el foco pasa a ser las relaciones de (supuesta) amistad: hay un excéntrico e inventivo millonario (Edward Norton en evidente parodia a Elon Musk) que invita a su pandilla de amigotes a un fin de semana de celebración y diversión en una isla privada aislada del resto del mundo. Allí arriba el ecléctico grupo (que permite a su vez un despliegue de estrellas de diverso rango, que va desde Kate Hudson a Kathryn Hahn, pasando por Dave Bautista), que incluye a antiguos amigos, pero también a una ex socia y ahora enemiga (Janelle Monáe) y, claro, Blanc, que ha sido invitado por error, al menos aparentemente. Cuando el anfitrión plantea un juego de misterio que girará alrededor de su propio asesinato, las cosas se saldrán de control, ocurrirán un par de muertes e irán saliendo a la luz unos cuantos secretos bastante incómodos.

A Johnson, está claro, le interesa indagar en las implicancias de la riqueza, en los condicionamientos (positivos o negativos) que se construyen alrededor de ella, los manejos de poder y las hipocresías que florecen a su alrededor. Pero si su predecesora fusionaba la comedia con el policial de la mano de un humor sarcástico y venenoso para delinear apuntes sociológicos de gran precisión, lo de Glass Onion es bastante más aparatoso. Si el imaginario visual y algunos monólogos quieren decir un montón de cosas, lo cierto es que lo hacen con bastante menos sutileza y sin la misma voluntad de diversión. El realizador podrá redoblar la apuesta, pero lo hace a costa de construir un dispositivo narrativo excesivamente gritón, en el que la necesidad de bajar línea termina restándole matices a los personajes.

La solemnidad en la que termina cayendo Glass Onion -incluso cuando pretende ser irónica y juguetona- la convierte en un dispositivo gigantesco y a la vez efímero, un poco ombliguista y algo superficial en sus conclusiones sociológicas. A la vez, como también repite esquemas narrativos de la primera parte, no es capaz de alcanzar la misma originalidad y solo termina inflando su propuesta, en un gesto algo canchero e inconducente. A Johnson se le podrá reconocer que busca construir un universo con similitudes a los delineados por Agatha Christie, pero con una vuelta de tuerca en la que confluyen lo clásico y lo contemporáneo. También que diseña un que busca romper todo hasta lo (literalmente) explosivo y que es capaz de conducir al espectador por su cuento con bastante habilidad. Sin embargo, acá deja que el cálculo se imponga, hasta convertir a su película en un objeto frío y distante, que relega a sus personajes a ser meros objetos para expresar puntos de vista. Por eso, por más que sume toda clase de elementos a la trama, lo que vemos es un film pequeño, incluso frágil, una especie de globo gigante, inflado a más no poder, que revienta fácil en cuanto se lo pincha un poco.

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