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Tiempo de lectura: 11 minutosAlgunas ideas sobre la nueva censura: un mundo sin crítica ni críticos

Federico Karstulovich

Sólo contra todos (perdón, Wittgenstein)

Por Federico Karstulovich

Escribir crítica no es volar. Es mas bien (cuando funciona) caer con estilo. Escribir crítica implica siempre una pérdida. Contrario a los que creen que hay una ganancia económica o de alguna índole, los críticos no hacemos mas que perder (excepto kilos, algo que el sedentarismo nos agita en vez de sustraernos). No hay crítico que gane (no me refiero a dinero, sino a prestigio o algún bien simbólico que pueda usar en su favor). Si hay ganancia, créanme, hay otra cosa. Si hay ganancia el crítico estará operando de algún modo para obtener algún beneficio a cambio (algo que per sé no es malo, desde ya), pero no hay derroche, algo que la crítica debe tener siempre: improductividad. Si el crítico es productivo hay relaciones públicas, ok. Pero la crítica se acabó. Si no hay riesgo de lectura, no hay crítica. Si no hay riesgo de escritura, no hay crítica.

Quién dijo que escribir es sacarle el cuerpo a la experiencia? Mas bien parece otra variante de poner el cuerpo (y la cabeza, y las ideas) al no servicio de nada mas que del derroche. El crítico debe poder pensar, equivocarse, contradecirse, quedar expuesto a tener que pensar las ideas que ha pergeñado. Y a cambiarlas, de ser necesario. Pero el crítico no puede ser ni resultante de la agenda de intereses públicos de una época (ni de interés privados). La libertad, la honestidad intelectual, la capacidad de pensar desconectado de condicionamientos debe ser su horizonte. Porque sin eso no es nada. Un crítico no es un simple recomendador. Para eso hay mucha gente pululando, escribiendo, hablando. Los recomendadores hacen un servicio. La crítica no puede ser servil. Y si lo es simplemente está haciendo amigos (como dije, RRPP).

Escribir crítica es también una tarea inactual. Pero no solo con respecto a esta actualidad (hoy, 2020). Lo ha sido siempre. La escritura crítica tiene que mirar el recorrido, tiene que desplazarse de los intereses de las modas, tomar distancia y exponerse a la pérdida (a llegar tarde a hablar sobre cierto film, sobre cierta serie, sobre cierto evento). Si se corre sobre la novedad no hay crítica, hay servilismo gacetillero (las viejas gacetillas de prensa son ahora un texto en extinción ya que cada vez mas las críticas se les parecen, porque no vaya a ser que alguien se ofenda, menos que menos en épocas de cuarentena «donde todos estamos haciendo un gran esfuerzo y hablar mal contra una película es cagarse en el trabajo ajeno»: si, así de psicopático puede ser el medio en algunos casos y con algunos críticos). Exponerse no es convertirse en cordero sacrificial, sino pensar que existe la posibilidad de un lugar distinto para la crítica que el de una disciplina de reposición de góndolas (la obsesión por hablar de «lo último», «lo que todos están viendo» tiene algo de esa locura, de la cual hay que salir pero de la cual también es dificil salir ya que en muchos casos supone la pérdida de lectores: a título grupal, no nos preocupa, pero es solo cuestión de levantar la cabeza y ver cómo se encara la inactualidad del ejercicio para comprender el fenómeno).

La experiencia de la crítica en Argentina tiene una historia pobre y rica a la vez, que no viene al caso reconstruir porque no es el fin de esta nota. Tenemos a lo largo de los años una numerosa producción que reúne a grandes críticos con experiencias pobres y degradadas de la crítica, instaladas entre nosotros como una normalidad aceptable (las reseñas que dan cuenta de los argumentos de las películas sin exponer la menor idea personal en juego, sin la aventura intelectual de pensar, abundan: por uno y otro lado). Pero sea como fuera, la experiencia de la escritura crítica (de cine, siempre hablamos de cine, perdón si no lo aclaré) ha sido una experiencia con un recorrido vasto e irregular. Por eso, como dije antes, tampoco la idea es señalar a quienes leer y a quienes no. No es mi rol. Tampoco me interesa. Pero si podemos señalar qué cosas, que problemas atentan contra la crítica para que su existencia suponga un riesgo.

La crítica tiene miles de riesgos a enfrentar (el interés económico, la deshonestidad intelectual, la pereza escrituraria, la comodidad de las relaciones públicas y el gacetilleo, la obsesión por la novedad, la ausencia de ideas), pero creo que el peor de ellos es la censura. Si existe desde hace mucho tiempo? Claro que si. Actividad inútil hacer un racconto histórico de la censura a la crítica en Argentina. No obstante, con el tiempo habíamos perdido algo de práctica con el tema. Digámoslo con todas las palabras: con la recuperación de la democracia en 1983 también recuperamos la experiencia de la palabra crítica sin mediaciones ni regulaciones. No obstante ese ejercicio (el de silenciar antes, durante o después) con el tiempo dejó de ser privativo de un solo origen. El silenciamiento puede venir por cualquier lado y tiene distintas caras. Cuando se produce desde afuera del contexto de produccion material, es decir, cuando no proviene de quienes son empleadores del crítico en cuestión, la censura no se vuelve mas tolerable ni es menos censura que otras, pero en todo caso, el condicionamiento es distinto al de la censura del empleador. Cuando quien censura lo hace en su derecho a disentir, no está expresando silenciamiento alguno. Ahora bien, cuando quien disiente apela al rol del empleador como regulador, la censura se vuelve explícita, se vuelve un acto de censura pública teñida de disenso.

No es la primera vez que experimentamos este último caso en Argentina (y dudo que vaya a ser la última). En esta dirección de cosas vale decir que, desde hace años, diversos diarios cuentan en su grupo de críticos a variadas personalidades con perspectivas y opiniones distintas. Nos pueden gustar mas o menos, pero no podemos dejar de decir que hay diversidad editorial al menos desde su origen. Bastante mas diverso (o menos según el caso) es el caso de los staff de las publicaciones especializadas. Todo esto viene a que incluso en esa dirección de diversidad hay medios que han expresado una preocupante tendencia al silenciamiento de voces diversas. Y no, no me refiero a una diversidad de cosmovision de mundo (hoy por hoy la corrección política galopante se ha convertido en un gran regulador implícito de los modos de hablar y escribir para muchos), sino en la potencial diversidad de opiniones. El caso de Página/12 y la relación con sus críticos acreditados es un ejemplo paradigmático de la naturalización de esta nueva forma de crítica implícita. Es el único medio que hace lo que voy a contar? No, seguro que no. Pero sin dudas es quien ha dejado a la vista con mayor torpeza ese acto censor que todos los colegas deberíamos rechazar (y que desde sucedidos los hechos no recuerdo haber escuchado a nadie hablar sobre el tema).

No es la primera vez que Página/12 censura a sus propios trabajadores. Pero lo hace con una estrategia curiosa: el desdoblamiento de publicaciones. En diversas ocasiones ese diario ha dispuesto una política de publicaciones cuando menos curiosa, sino lisa y llanamente censora: publicar una nota en la versión online y publicar otra distinta en la versión escrita. No, no está mal para nada ampliar las posibilidades mientras ambas coexistan. Excepto, claro, que hubiera dos publicaciones con sus propios contenidos no cruzados con la otra (una versión puramente online y una versión en formato puramente físico). Pero no es ese el caso. Cuando se trataba de una película en la que una crítica negativa implicara «complicaciones de intereses contrariados» (léase cuando la película implicaba una simpatía ideológica expresa de parte del medio o cuando parte directiva del diario estaba implicada en la produccion de la película), P/12 elegía publicar una nota elogiosa (incluso convocando a redactores que no formaran parte del staff habitual) y en caso de publicar una nota crítica lo hacía en su formato on-line, de manera marginal. Ahora bien…podía ser posible que una nota crítica fuera a salir en el formato impreso pero al atestiguarse su perspectiva crítica se la desplazara a otro lugar o directamente fuera levantada? Si, eso también es posible. Eso sucedió. Decido no hacer nombres para no comprometer a colegas que decidieron no hacer públicas estas prácticas (pero que entre muchos conocemos que existen, incluso naturalizadas y minimizadas por los mismos colegas que fueron víctimas). Pero mas grave me parece cuando se produce una presión pública para que el crítico se retracte y sea el medio el que decida «levantar» el material publicado y cambiarlo por otro.

Esto último le sucedió al colega Horacio Bernades, con quien no tengo relación personal y con quien tengo mas divergencias que confluencias en nuestros intereses. Hago la aclaración para que no se lea en lo que sigue amiguísimo alguno. No obstante, carecer de vínculo íntimo y personal no me impide ver con preocupación lo sucedido hace algunas semanas, con el estreno de la película La fiesta silenciosa, cuya crítica fue escrita por Horacio y publicada en su momento por el medio sin problema alguno. Pero sigamos la línea de los hechos.

Horacio publica su crítica en la que habla elogiosamente de la película y en la que expresa su interpretación sobre los hechos narrados (a título personal creo que hace una interpretación equivocada, pero es lo que menos importa: para eso existen las instancias de réplica en los medios, o incluso la polémica). La misma comienza a circular en internet y en redes sociales. Como bien sabemos muchos críticos compartimos los materiales que escribimos en los medios en los que trabajamos vía redes sociales, que al final de cuentas son herramientas para visibilizar nuestro trabajo (además de lo que haga el medio en si con las herramientas de visibilizacion que disponga). Horacio decidió publicar su crítica en Facebook, donde la leí por primera vez y donde disentí con algunas de las cosas que dijo. Hasta ahí nada muy distinto a lo que podemos estar habituados (quienes duden de lo que cuento y sean amigos de Horacio en esa red abierta pueden constatar esto: me limito a no poner esa información por aquí ya que si bien es abierta y pública, el público también lo determina el grado de privacidad de quien publica en su red, nivel de privacidad que desconozco cómo pudo haber configurado Horacio: acceso para todos o solo para amigos, no lo sé, pero no puedo compartir esa información sin su consentimiento porque no deja de ser parte de su vida privada lo que haga en sus redes sociales). El problema aparece luego. Horacio comienza a recibir en ese post una diversidad de opiniones divergentes con lo que él expresaba. Hasta ahí nada raro: es el derecho de todos a opinar con respeto. Pero fue una participación la que me preocupó, que la llevó adelante la protagonista de la película, Jazmín Stuart, quien le indicó a Horacio no solo su divergencia con lo expresado en la nota publicada sino la gravedad de la opinión de Horacio.

Ahí el juego había cambiado. No se estaba expresando una simple disidencia sobre las ideas, sino que se estaba regulando, implícitamente (recordemos: la protagonista de la película) qué debía interpretarse, cómo y cuando. Pero no terminaba ahí: la impugnación avanzaba sobre la persona del crítico con acusaciones personales (avalar posiciones machistas, reproducir lugares comunes del mas rancio discurso patriarcal), algo que ya de por si resultaba incomodo de leer, pero que en todo caso expresaba una agresividad en los modos. Frente a eso Horacio podía decir «estás en todo tu derecho a opinar lo que quieras como yo en opinar e interpretar lo que yo quiera». Y de haber terminado ahí esta nota no tendría lugar. Pero no, el asunto escaló. Jazmín indica en uno de sus comentarios «me llama la atención esto en un medio como Página/12», como si el medio tuviera el rol de regular contenidos e ideología (o interpretaciones, erradas o no, no importa) de sus empleados. Lo que exprese Jazmín o cualquiera, sea con las formas que fuera, no deja de ser una opinión. Pero lo inquietante era la irrupción o la invocación del empleador. Poco tiempo después de esa invocación (por la que no hago responsable a Jazmín de los hechos que siguen, pero si al diario), una comentarista le indica a Horacio que leyó el debate…pero que su nota ya no está disponible en el diario. Si: la nota había sido publicada online, había estado varias horas (incluso un par de días si no me equivoco), pero alguien o varios habían leído las derivaciones (o se ve que leyeron pobremente a la hora de editar y publicar y tuvieron una revelación súbita de censura)…y la nota de Horacio desapareció. Me metí a constatar y así fue (y lo sigue siendo: por mas que la googlee no la puedo encontrar relocalizada siquiera en el mismo diario). Nuevamente un diario argentino había censurado a un periodista propio (aunque Página/12 nos tiene acostumbrados a esto: indaguen los nombres Julio Nudler + Horacio Verbitsky + Alberto Fernandez hace mas de una década y se van a sorprender…).

Pero el asunto no termina ahí. Con suficiente gravedad encima, Horacio indica no saber por qué se bajó la nota ni haber dado consentimiento para tal cosa (algo distinto si el mismo medio no publica una nota por problemas de información, técnicos, de escritura o porque el mismo autor desiste de lo dicho o prefiere publicar una segunda nota como contrapropuesta). Pero nada de esto había sucedido. Horacio había sido censurado y ya se había encargado una nueva nota que saldría poco después (sobre la incomodidad de ese reemplazo me limitaré a no hablar, ya que eso quedará entre Horacio y quien escribió el nuevo material a pedido del diario, que hasta donde sé no pidió dos notas distintas que polemizaran, sino que encargó una nota en reemplazo de otra). Hasta ahí la gravedad del caso en términos periodísticos. Algunas horas después, Horacio publicaría en su muro de facebook una retractación pública, aclarando, pidiendo disculpas y desdiciéndose de sus argumentos de apenas un día antes (incluso le comenté que me solidarizaba en el acto de censura contra él). El esquema cerraba perfecto: el diario había dejado de ser censor sino que el esquema discursivo era otro: el autor se había retractado. Pero no: la censura sucedió primero. Y la retractación conveniente (desconozco si real o no, pero no viene al caso) fue posterior.

En 1971, en Cuba, Heberto Padilla, un poeta cubano que había llevado a cabo le lectura pública de su libro «Provocaciones», fue arrestado. En su momento fue acusado pública (y judicialmente) de perpetrar actividades subversivas (discursivamente hablando) contra el gobierno. Su detención durante casi 40 días implicó la participación y el reclamo internacional de diversos escritores filo-castristas y no tanto. Tras los días en prisión, Padilla se prsentó en la Unión de escritores de Cuba y se desdijo públicamente. Ese texto, llamado «autocrítica» implicaba un arrepentimiento respecto de lo escrito por el autor previamente (escritos de carácter crítico con el régimen comunista de los Castro). A partir de aquel momento Padilla jamás pudo volver a ser quien era. Su humillación pública fue responsable de que su obra posterior se disolviera poco a poco en el olvido. Pero la gravedad del caso partió en dos a la relación de admiración de muchos intelectuales con el régimen.

Horacio no es Padilla. Seguramente cuando lea todo esto (si es que lo hace) se enoje con quien defiende su libertad en vez de con quienes lo censuraron (por mas que ahora se arrepienta de todo lo que dijo, oportunamente). Poco me importa. No soy su amigo, ni tengo una relación personal con él. Pero si defiendo que pueda escribir con riesgos, incluso en un medio que lo humilla reemplazando su texto (vaya uno a saber con que origen para esa decisión). Porque, en definitiva, la crítica no deja de ser un animal en peligro de extinción que cada vez le importa a menos gente. No obstante los peligros están ahí (allá por 2012, cuando varios críticos salímos de ver el adefesio de Paula De Luque llamado Nestor Kirchner: La película, varios habíamos naturalizado lo que se escuchó a la salida «no, yo sobre esto no escribo»: no casualmente varias de las publicaciones celebratorias sobre la película fueron escritas por invitados a medios, nunca por críticos).

El silenciamiento espera, ahora también con la forma de las agresiones en redes sociales. Pero la novedad que trae la experiencia de Bernades es la de la regulación de contenidos (legislando por fuera de los medios y dentro de ellos), es la de la limitación de las ideas y de las opiniones.
Pero, como se imaginarán, en medio de la pandemia, se pasan tantas cosas por alto que, excepto a quienes estamos en esto y a unos pocos mas parece apenas importarles que un periodista escriba con la tranquilidad de no ser apretado directa o indirectamente para «encarrilar» su escritura. Me limito a no reproducir en detalle las humillaciones que siguieron a la rectificación posterior. Pero nada bueno puede emerger de la frase » una película no puede quedarse sin un público potencial porque el crítico tiene dificultades ideológicas para interpretarla. Suerte con la deconstruccion, Horacio».

En alguna época, la barra entre Página y 12 fue una barra inclinada. Desde hace años que la barra está alineada. Los signos hablan solos. De lo que no se puede hablar, mejor es hablar. Perdón, Wittgenstein

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