Juego Perfecto

Por Marcos Ojea

Poker Face
EE.UU., 2022, 94′
Dirigida por Russell Crowe
Con Russell Crowe, Liam Hemsworth, Elsa Pataky, RZA, Jacqueline McKenzie, Matt Nable, K. Callan, Lynn Gilmartin, Daniel MacPherson, Dan Matteucci, Benedict Hardie, Molly Grace, Steve Bastoni, Paul Tassone, Addam Bramich, Jemima Quinn, Zack Grech, Oscar Mitchell, Aden Young, Zara Zoe, Darcy Tadich

Lo que es la ambición

En Juego Perfecto, su segunda incursión como director, Russell Crowe decide merodear ese subgénero cuyas tensiones se orquestan alrededor de una mesa de póker. Las posibilidades son claras, y hasta teatrales en su forma: un espacio reducido y un grupo de personajes enfrentados en una competición que muchas veces requiere dominar el arte de las apariencias y del engaño. Los ejemplos son varios, pero podríamos nombrar Casino Royale, Maverick (la de Richard Donner con Mel Gibson, una joya un poco olvidada de los 90), y la más reciente The Card Counter. También es posible caer en la tentación de sobre interpretar la mesa de póker, y entenderla como una representación de las pasiones humanas puestas, justamente, en juego. Lo cual no sería del todo errado, si la historia de fondo y los personajes tienen la carnadura suficiente para sostener la apuesta por la metáfora. Como el lector ya podrá intuir, lo que ocurre en Juego Perfecto está lejos de eso, con un director/actor/escritor ambicioso en el sentido negativo, y una película que pretende ser muchas cosas sin poder destacarse en ninguna.

El prólogo nos sitúa varios años en el pasado, donde un adolescente Jake Foley juega al póker con sus amigos y rivales en un verano que parece idílico. Elipsis, y ya tenemos a un Jake adulto (Crowe), millonario y con un cáncer terminal. Después de la visita a una especie de retiro espiritual que lo ayuda a congraciarse con la idea de la muerte (una secuencia bastante desencajada y que se justifica sólo desde lo funcional), Jake decide organizar una partida de póker con sus viejos amigos de la infancia. Una velada que, por supuesto, esconde mucho más de lo que aparenta, porque la película se encarga de mostrarnos que tres de los cinco asistentes han traicionado de una u otra manera a Jake. Con un anfitrión que tiene las horas contadas y que, además, está al tanto de estas traiciones, no es muy difícil adivinar para qué lado irán los eventos.

Más allá de la chatura con la que está filmado todo, con algunos planos que parecen salidos de un comercial, el principal inconveniente de Juego Perfecto es un guión que apila temas y, para peor, sentencias. Crowe pareciera saber unas cuantas verdades sobre el mundo; lo que no parece saber es cómo administrarlas. Sin exagerar, la película intenta pasar por el género de apuestas (lo obvio), pero también por el drama sobre la mortalidad, la película de robos, el retrato de la amistad y la lealtad entre hombres, la comedia, e incluso la telenovela berreta de “mi mujer me engaña, y ha quedado embarazada de mi mejor amigo”. Cuando finalmente todas las cartas están sobre la mesa (perdón), aparece la idea terrible de que el póker no solo no es importante para la trama, si no que, como casi todo, está puesto en función de habilitar un giro enroscado del guión.

A esas vueltas se suma la imposibilidad de generar continuidad en los personajes y sus acciones; al no ser más que instrumentos, pueden pasar de odiarse a hacer chistes con un par de escenas de distancia, sin que una u otra cosa nos importe demasiado. El inverosímil no se detiene ahí, porque también tenemos a Liam Hemsworth en la piel de un cincuentón. Una decisión injustificable (tampoco es que se trate de un actor irremplazable) que no funciona nunca, pero que, en el caos general, no deja de ser anecdótica. En el afán por decir cosas importantes y no dejar nada afuera, Crowe termina estrellándose contra lo que podría ser el peor enemigo de un cineasta: una película intrascendente, y un espectador aburrido e indiferente. Un apunte personal para terminar. En un momento dónde se devela una deslealtad a causa del dinero, mi tía, que vio la película conmigo, reflexiona: “lo que es la ambición, eh”. Podríamos decirle lo mismo al australiano.

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