La morgue (The Autopsy of Jane Doe)
Estados Unidos-Reino Unido, 2016, 86′
Dirigida por André Øvredal
Con Brian Cox, Emile Hirsch, Ophelia Lovibond y Michael McElhatton.

Ni olvido ni perdón

Por Federico Karstulovich ( inspirada en muchas ideas de Cecilia Martinez)

Hay, a lo largo de buena parte de la historia del terror cinematográfico, una buena serie de tópicos desatendidos o, cuando menos, poco desarrollados. O con una aproximación cuyo promedio no pasa de lo elemental y básico, como si el tópico en si fuera más un problema del orden de lo estrictamente superficial, es decir, un cliché, un lugar común conocido. Uno de esos lugares comunes conocidos supone adjudicarle al terror la topografía propia del gótico, como si su mera invocación nos retrotrajera a un territorio que puede explicarse solo. El efecto Pitbull llevado a su menor expresión: “Castillo, oscuridad, murciélagos, muertos, ya tu sabeh”.
De lo anterior se deriva que directores como Terence Fisher (o el Roger Corman del ciclo Poe), pero también Freddie Francis y por qué no Mario Bava se hayan podido asentar sin inconvenientes en la falda de los tópicos del terror del período clásico para luego reformular muchas de sus constantes. Al menos durante una época, la del terror de los primeros años 60. No, la idea no era revolucionar nada, pero si mutar algunos elementos del sistema, como una suerte de manierismo tardío. Una socialdemocracia del género. El gran inconveniente es que esa toma de conciencia, que en los 60’s podía ser revolucionaria, hoy es parte de una tradición instalada. Y en esa tradición es donde se asienta la iconografía perviviente del gótico (mal entendido).
No obstante, el gótico europeo y el gótico estadounidense no es igual. Y frente a esa diferencia hay quienes han sabido aprovechar el contraste y quienes no. La autopsia de Jane Doe (LADJD desde ahora, porque me niego a repetir el pésimo título hispanohablante La morgue no le hace justicia alguna) tiene un punto de partida (iconográfica, temática y formalmente) que la vincula al gótico (en su versión americana), pero posiblemente sea algo más que eso: se trata de una de las películas de terror contemporáneo que mejor ha trabajado el punto de vista como un problema propio de aquella aproximación conceptual del género (en la literatura de terror de los últimos 60 años podemos pensar en Soy Leyenda, como ejemplo parangonable del gótico como inversión de la visión de mundo). ¿Por qué la diferencia con un océano de por medio? Si en su vertiente europea el gótico no hacía sino mostrar las facultades de resistencia de un mundo irracional frente al avance de las formas de la racionalidad (o también el retorno de lo reprimido irracional en un contexto plenamente racionalista), en el gótico americano (parodiado con inteligencia en una de las películas más desatendidas de Tim Burton, La leyenda del jinete sin cabeza) el diálogo se establece en la tensión entre un orden fundacional todavía arraigado a ritos religiosos y un orden racional-científico-institucional que le dé cauce a lo que en un inicio pudiera ser foco de la más absoluta irracionalidad. Ese conflicto es propio del pasaje del siglo XVIII al siglo XIX. Y la función arquetipica que construye esa relación en perspectiva es la que pone en el centro a la bruja como figura de LADJD.
La ingeniería que ostenta nuestro film en cuestión comprende de todas estas tensiones pero se pregunta: cómo podríamos volver a contar la historia de persecuciones y de irracionalidad en un pleno contexto racional (y políticamente correcto con el avance de la fuerza el hombre sobre el cuerpo de la mujer) como el del siglo XXI? El subterfugio que la película encuentra es tenebroso y espectacularmente lúcido: la excusa es el análisis forense, en el que se junta la condición racional que se inscribe fríamente sobre el cuerpo, contrapuesto al gesto sádico de la mutilación asesina de un cuerpo humano frente al cual no hay empatía alguna. La gran idea que trasunta la película resuena a Brecht por otros medios: “hay tanta crueldad en diseccionar un cuerpo como en acabar con su vida”. El juego brillante del film es ese: construir o valerse de la construcción de un whodunit detrás de un crimen sin huellas para, en el fondo, hablar de otra cosa: el gore como instrumento científico que racionaliza el sadismo. Esta notable idea (que sintetiza las inquietudes del gótico en un solo cuerpo pero que en realidad comunica dos espacio-temporalidades distintas con su correspondiente visión de mundo) es la que hace de la película un exponente brillante.
Claro, hasta que la necesidad resolución mete su cola de manera torpe e inverosímil y lo que inicialmente funcionaba como estrategia de inmersión en un mundo de ideas contrapuestas termina convertido en otro lugar común. Y lo que era autoconciencia del género y su historia se convierte en un paso en falso hacia el vacío del lugar común. Lo que era un cuestionamiento a las formas de representar el cuerpo muerto termina siendo una reproducción de los tópicos repetidos sobre el tema. Por lo pronto durante 3/4 partes del asunto la película logra fusionar inquietudes que mezclan el gore con el feminismo, gótico como problema derivado de la tensión entre racionalidad e irracionalidad (obvio, es cierto, pero no por eso dejar de reconocerle la originalidad en la manera de encararlo), el policial clásico con el componente sobrenatural como resolución de un whodunit. Y en medio de todo eso un pequeño drama padre-hijo sobre la necesidad de interrumpir la cadena de tradiciones de familia, esas que nunca se cuestionan.
Cuando LADJD confía en su multiplicidad de ideas y las hace coexistir, el asunto funciona como un relojito suizo. Cuando precisa forzar un cierre pero opera de manera irrespetuosa con los propios postulados que se propuso, el asunto desbarranca. Sea como fuera, el resultado pide más películas que crean en la potencia del género, sostenida sobre las propias raíces, y menos desesperación por parecer contemporáneo para un género al que, a veces, el pasado le sienta mejor.

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