La muerte de un unicornio

Por Marcos Ojea

Death of an unicorn
EE.UU., 2025, 127′
Dirigida por Alex Scharfman.
Con Jenna Ortega, Paul Rudd, David Pasquesi, Anthony Carrigan, Richard E. Grant, Téa Leoni, Will Poulter, Jessica Hynes, Denise Delgado, Kathryn Erbe, Sunita Mani, Stephen Park, Nick Wittman.

¿Para qué?


Se estrenó en Estados Unidos en 2025, pasó sin pena ni gloria y ahora desembarca en el streaming. Así y todo La muerte de un unicornio tenía todo para triunfar: un elenco de estrellas convocantes, entre los que figuran Jenna Ortega, Paul Rudd y Will Poulter, más una apuesta híbrida entre el terror y la comedia, con unicornios asesinos como principal atractivo. Bueno, quizás no tenía “todo” para ser recordada, pero sí potencial; haber quedado tapada, acaso por culpa de los vericuetos del mercado y la distribución. Ahora bien, si nos adentramos película adentro, lejos de los pósters y la promoción, lo que sucedió cobra sentido. O, al menos, tiene justificación, porque La muerte de un unicornio, más allá de algún que otro acierto, deja bastante que desear.

Un padre (Rudd) y su hija (Ortega) emprenden un viaje en auto. Al final del camino los espera la mansión de un empresario farmacéutico, jefe del padre, del que espera obtener un ascenso. El clima entre los dos no es el mejor: él trabaja demasiado y luce desconectado de sus emociones; ella es mucho más pasional y, como buena adolescente, parece estar harta de todo. Cada uno, a su manera, atraviesa lo que primero se intuye y después se revela: el duelo por una madre/esposa muerta. Es un viaje con tensiones familiares como cualquier otro, hasta que, de repente, atropellan a un animal, que resulta ser un unicornio.

Si bien, en principio, pareciera haber cierta vocación por el disparate, con el padre sacrificando al unicornio y cargandolo en el auto, lo que sigue se desarrolla en un tono que pocas veces invita a la diversión. En la mansión los esperan un matrimonio de millonarios (Richard Grant y Téa Leoni), él moribundo y ella más jóven; el hijo insoportable (Will Poulter, haciendo gala de su glow up estético), y el personal de servicio, entre los que destaca el mayordomo, interpretado por el gran Anthony Carrigan. Una cuadrilla de personajes de los que uno esperaría un caudal de entretenimiento, que por desgracia nunca llega. Los largos intercambios aburren, expulsan, mientras que el espectador se pregunta cuándo van a venir los demás unicornios a matarlos a todos.

Claro, hay otros además del primero, atropellado en la ruta, todos parte de una mitología cósmica con la que la hija se conecta, y que de alguna manera se relaciona con su madre. Es intrincado, a nadie le importa, pero si nos detenemos ahí es porque el terror y la sorpresa nos pasan por el costado. A excepción del primer contacto del unicornio con los miembros de la casa, cuando se despierta y sale del auto (una escena genuina de película de monstruos, que funciona), el resto de las secuencias con criaturas carece de impacto. Impera la sensación de “bueno, unicornios malos, sí… ¿y qué más?” Una pregunta que atraviesa los 107 minutos sin encontrar una respuesta satisfactoria, y sin animarse a dar el salto hacia el delirio. La falopa prometida, al final, resultó estar cortada; ya no con talco, vidrio o cuerno de unicornio molido, si no con pocas ganas de deleitar a la audiencia. 

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