Las fiestas

Por Mariano Bizzio

Argentina, 2022, 89′
Dirigida por Ignacio Rogers
Con Cecilia Roth, Dolores Fonzi, Daniel Hendler, Ezequiel Diaz, Margarita Israel Gurman

El infierno tan temido

Si para Sartre el infierno eran los otros, la temporada de fiestas (que en la cultura anglosajona amplía el muestrario de posibilidades a otras fechas que las de navidad-fin de año de la tradición cristiana como las de las festividades judías como Roshhashana y Januca, por mencionar un par, para la comunidad judía) supone el infierno para buena parte de los seres humanos que habitan el montículo de tierra que orbita alredededor del sol y festeja ese prodigio. Porque quienes calientan las sillas son los otros y los unos. Y viceversa en la tolerancia rancia de las caras largas o sonrisas cortas mientras se deglute el vitel toné.

Ignacio Rogers sabe esto, por eso apela a los lugares comunes de partida de el subgénero navideño (acaso una de las formas derivadas del melodrama doméstico), como para que todos conozcamos, en mayor o menor medida, el orden de las cosas, el juego que vamos a jugar. Una reunión familiar luego de una internación de la matriarca de una familia que gira en torno a ella como los planetas al sol. Un reencuentro en un espacio aislado. Las clásicas tensiones. Que comiencen los juegos del hambre. O no tanto, porque Rogers, como ya lo había hecho en su primer largometraje, El diablo blanco, no se siente muy cómodo respetando todos y cada uno de los lugares comunes desde los que parte. La desmarca como un gesto personal, como una marca de la casa.

Qué se hace con los lugares comunes? Lucrecia Martel, siguiendo a una tradición modernista que la preexistía al menos con cuarenta años de distancia, entendía en La ciénaga, que lo mejor que se puede hacer con los lugares comunes es dinamitarlos, como experiencia de la modernidad, como gesto (el problema es que Lucrecia encontraba viejo lo que ya había sido nuevo alguna vez, mientras que Bielinsky encontraba nuevo lo que había envejecido en el olvido: la narración moderna para la primera, la clásica para el segundo). Rogers puede declararse modernista. Y puede sumarse al club, incluso aunque se valga de los géneros para despreciarlos, para desplazarse lateralmente cuando ellos avanzan como un tren frontal. El problema es si tiene otras herramientas.

Las relaciones patológicas al interior de una familia, a primera vista, podrán o no movernos el amperímetro de intereses. Pero nuestro interés resulta de nula importancia, porque Rogers no busca que empaticemos tan fácilmente. Por eso rehuye de la exhuberancia, de los modos exagerados, de las situaciones remanidas, de los estereotipos. Por el contrario, con el paso de los minutos adopta el credo modernista de la dispersión, generadora natural de rupturas no explícitas.

Si, en Las fiestas hay una madre conflictiva, competitiva (y controladora, bajo una apariencia pasivo agresiva), tres hijos con sus correspondientes problemas personales. Pero la decisión ante el lugar común de las clásicas explosiones resulta en lateralidades, que afectan a la expectativa como si actuara un especialista antibombas: no hay detonación. Y todo queda entre paréntesis y tiempos muertos, hoy, también lugares comunes en rigor de verdad, entre el ocio y la pérdida de tiempo (otra vez Martel).

No hay lugares. Ni comunes. No al menos en el orden de aquello que hemos definido una y otra vez como tradición clásica. Pero tampoco hay vida en su resistencia, en la omisión, en la ausencia de las angustias. A veces en un laberinto sin salida la única salida es el laberinto.

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