En 18 hoyos al paraíso Joao Nuno Pintos no se aleja demasiado de un ecologismo en clave dramática que directores un poco más imaginativos saben explotar con mas cantidad de ideas por celuloide cuadrado. Así las cosas, el temor ambiental se convierte en la mejor excusa para que un conjunto de tres mujeres pongan su vida de cabeza en un contexto en donde la supervivencia se va volviendo cada vez más desesperante, en medio de una escasez de agua que torna todo mucho más complicado en un clima caluroso e insoportable (y para colmo fragmentado en múltiples puntos de vista), como si Haneke hubiera muerto y reencarnado en tierras lusitanas. Independientemente de todo lo poco prometedor que puede parecer lo antedicho, JNP confía en el poder de las imágenes y logra que toda la empresa se sostenga con la fuerza de la ambiguedad. Bordeando la facilidad de la denuncia, pero al final de cuentas saliendo airoso, su director encuentra, en los lugares comunes del progresismo biempensante y ambientalista, un lugar de perturbación.
Con La vida es Lorena Villarreal se propone narrar una clásica historia de crisis de los cuarenta a cuenta de un sistema de acumulaciones y desbordes narrativos, como si necesitara que el torrente de información lograra reemplazar el poco peso específico de cada una de las subtramas y los conflictos secundarios que se propone narrar. El problema es que su directora confunde desborde y exceso informativo con narración, por lo que sumado a los guiños audiovisuales sostenidos sobre una fragmentación confusa y dispersa. Y lo que queda es una suerte de patchwork desordenado, un popurrí narrativo presuntamente «contemporáneo» que al final de cuentas atenta contra aquello a lo que más parecía querer defender: a su protagonista.
Nuremberg, a decir verdad, no se aparta demasiado de lo espeable de «una película sobre el horror del nazismo». No porque nos aburra, sino porque el film de James Vanderbilt no se aleja ni un centímetro ya no del gran film de época para publico comprometido que alguna vez entregó el cine de posguerra, sino que no se aleja del formato cuadrado y telefilmero. En el medio actuaciones acartonadas y de manual de «duelo actoral» para el tandem Malek-Crowe, que no le hacen asco al didactismo de manual escolar. Por suerte el gordo Crowe sabe de su oficio y se vuelve divertido verlo interpretar con seriedad a un jerarca nazi como Goering. Pero no le pidan que cabecee, desde ya.
Con 3000 kilómetros en bicicleta Iván Vescovo se propone documentar la historia de Iñaki Mazza, quien supo ganar una medalla de oro en la competencia BMX en 2018, en los juegos olímpicos para la juventud. Pero contrario a narrar un camino de superación, Vescovo pea un giro hacia una zona personlísima de autoencuentro, que incluye viajes (un viajazo de 3000kms, como podrán imaginar), amigos, amores, hongos alucinógenos y paternidades. El punto es que lo hace con una libertad con aires del indie americano de los 90s, a pura rapsodia narrativa, sin estar atado a una estructura convencional. Puede no ser nada especialmente nuevo (algo que se repitió en este MDQ 2025 fue la sensación de estar testimoniando un festival con un cine muy mid90s, con todo lo bueno y lo malo que eso puede significar), pero tampoco está mal que así lo sea.
Con Amour Apocalypse Anne Emond juega a la comedia absurda propia de un Quentin Dupieux, pero en el conexto de una amenaza ambiental de fin de mundo. En el medio de eso una historia de amor entre personajes extravagantes (desde su estreno internacional se ha hablado mucho de la influencia del Paul Thomas Anderson de Punch-Drunk Love, pero yo guardo alguna duda al respecto). Probablemente lo mejor de la película de Edmond (que guarda relación con otras de la selección marplatense de este año: el imaginario del fin) no sea su presunción reflexiva (que la tiene) sino la libertad de volantear cada vez que lo precisa hacia zonas impredecibles. No es ninguna maravilla, pero considerando que vivimos en una épocaa de crueldades, que haya un mínimo de amor por la libertad y por los personajes ya basta y sobra.

