En su camino internacional de cine de «prestigio» y «temas trascendentales», Vache Folle no se aleja demasiado de ese cine de mierda que ha hecho escuela a partir de lo que bien podríamos llamar la estética de la crueldad. La criminalidad, las drogas, el trauma de la guerra, la humillación y el sometimiento físico y psíquico son apenas un punto de partido para narrar un proceso de escalado de locura (elemento que siempre rinde bien en festivales) que termina, como es previsible, en estallido. Cine histérico, ordenado para agredir al espectador y rechazar la naturaleza de lo propiamente cinematográfico, la película del dúo Hugo García-Lorenzo Bentivoglio, expone otro ejemplo de que el cine de festival puede ser, también, radicalmente despreciable.
Podríamos comenzar con el clásico «¿Qué hacés, perdido?» y direccionar la pregunta a Pablo Trapero, que tras El Clan (2015), se había extraviado casi por completo (La Quietud, de 2018, es, lisa y llanamente, impresentable) para los espectadores argentinos (aunque se dedicó a ganar experiencia en la televisión internacional). Con & Sons el director lleva a otros lugares una de sus obsesiones autorales: las relaciones familiares en estado de tensión. El problema es que la apertura de mercados y el cambio de cultura e idioma no le traen ideas nuevas a Trapero sino mas bien la consolidación de ciertos vicios y lugares comunes, por momentos lindantes con lo teatral (en el mal y mas afectado de los sentidos). El problema es que, a diferencia de lo que podía suceder con algunos de sus films previos, aquí no hay conciencia de esa limitación. Aunque sí, a cuentagotas, hay humor, algo que releva de solemnidad al asunto. Pero en el fondo no deja de tratarse de una propuesta plana.
En A magnificent life Sylvain Chomet se vale de la animación para narrar una vida extraordinaria, que no es otra que la de Marcel Pagnol. Lo hace con ligereza, sin subrrayados ni desprecio, sino con una fluidez bienvenida para contar una sucesión de hechos sorprendentes que forman parte de eso que el cine y la literatura han llamado Success story. Caída y apogeo de uno de los artistas mas importantes de la primera mitad del siglo XX, acaso la película de Chomet esté algo limitada por cierta sensación de condescenencia con su protagonista. Así las cosas debe tratarse de una de las experiencias más empáticas y amables del festival y un verdadero antídoto contra el cine de la crueldad.
Brides cuenta una clásica historia de refugiadas y de migraciones (una de las protagonisas es paquistaní, la otra es siria), pero la curiosidad es que lo que narra la película es un proceso inerso al esperado, es decir, el viaje desde el occidente cosmopolita a un medio oriente construído como un lugar en el que el futuro es posible, es decir, una utopía. En este aspecto, la película expresa una no muy solapada crítica al progresismo biempensante que construye imaginarios delirantes en redes sociales sobre experiencias contrarias a la vida en el occidente liberal. En definitivas cuentas una película sobre gente que huye de los males de la libertad para encontrar soluciones en el totalitarismo. Obviamente las soluciones nunca llegan y el aprendizaje y contraste de vuelve devastador.
Cordillera de fuego, de Jayro Bustamante cuenta (cuando no) otra historia (y van) de seres luminosos que pelean contra corporaciones u organismos de gobierno corruptos. En este caso
se trata de dos vulcanólogas que deben evitar el desplazamiento de una comunidad maya ante la inminencia de una erupción volcánica. En el medio el trauma del desplazamiento, el encuentro con la propia identidad, un ambientalismo soft mezclado con indigenismo light trazado con el trazo más grueso posible para una película arty y el trazo más elemental para un film de denuncia para todo público. El problema es que ni el mismo director parece saber exactamente dónde posicionarse.

