Marty Supreme
Estados Unidos, 2025, 149′
Dirigida por Josh Safdie.
Con Timothée Chalamet, Odessa A’zion, Gwyneth Paltrow, Tyler the Creator, Abel Ferrara, Fran Drescher, Sandra Bernhard, Ralph Colucci y Koto Kawaguchi.
Lust for life
A los hijos que pudieron ser y a los que vendrán
1.Nada se pierde, todo se transforma. Crecemos montados en tradiciones y nos ordenamos como podemos hasta encontrar la propia. Tener hijos es, en alguna medida, una forma de prolongar la especie. Las formas en las que el talento encuentra lugar de expresión que pueda conservarse en el tiempo, también.
2. Marty Supremo narra ese intermedio entre multiplicarse como especie (tener hijos) y fundar una tradición propia (dejar una marca en el mundo en una disciplina específica). Pero lo hace de una manera desesperada, a las corridas (en su acepción castiza inclusive), como si el tiempo se le acabara, como si realmente no hubiera un mañana.
3. No todos tienen talento. No todos pueden hacer uso de ese talento. Probablemente una de las cosas mas dolorosas del cuento moral que cuenta la película de Josh Safdie tenga que ver, precisamente, con el talento que se evapora, con el tiempo que pasa y con el miedo a crecer y a ser uno mas entre la multitud mientras la especie se multiplica (la cesión -contra el individuo y su libertad- a la comunidad de una vida, una persona, pero también un aportante al sistema económico) pero el legado se interrumpe (la cesión individual a la comunidad de un saber, un conocimiento, una capacidad que puede cambiar o no al mundo).
4. Diversas críticas pusieron el ojo en Marty supremo como un coming of age sobre el proceso de volverse padres y asumir la adultez a partir de la llegada de un hijo al mundo. Otros tantos jugaron por el costado teológico en donde toda la película logra estructurarse detrás de un sistema de referencias bíblicas más o menos evidentes según el grado de conocimiento del antiguo testamento. Pero si me lo preguntan, creo que el aspecto más emocionante de esta película justamente está en ese centro indeterminado entre la juventud y la adultez (no casualmente la elección actoral es la de Timothee Chalamet: un adulto con cara y cuerpo de niño que interpreta a un adulto que se comporta irresponsablemente como un niño).
5. Ahora olvídense de todo lo anterior.
6. Marty Supremo juega todo el tiempo a que la vida no alcance. Por eso Marty corre. Y hace correr a una película que no puede respirar porque no le alcanza el aire pero corre igual hasta que la vida se termine a la vuelta de cualquier esquina. El peligro en el cine de los hermanos Safdie (pero ahora solo en el de Josh) es menos una excusa que una poética del tiempo en fuga: los personajes se exponen al peligro para que la experiencia pueda contarse y la vida adquiera sentido (ex-perículum: aquello que fue peligroso pero que hoy podemos narrar como parte de nuestro devenir vital).
7. Marty Supremo corre porque su personaje necesita que el tiempo no se instale sobre sus hombros y la vida le pese. Como si fuera sacado de una película de John Huston y Nicholas Ray al mismo tiempo, lo que mueve a Marty es el temor a lo normal, a lo ordinario. Pero al mismo tiempo lo que lo hace avanzar es una adicción al fracaso como constante, como si el ritual de una vida normal fuera kriptonita.
8. Miramos Marty Supremo y nos preguntamos dónde quedaron nuestros sueños de juventud. Nos preguntamos por los hijos que no tuvimos (y los que perdimos), nos preguntamos por los legados. Pero decidimos correr con Marty y perdernos en los callejones de una vida que nos va quedando corta pero que vivimos en las películas para que la realidad no nos alcance de manera definitiva y no hayamos legado nada valioso al mundo. Y escribimos desesperados: ¿Dejaremos algo o simplemente vamos a seguir corriendo de meta en meta hasta que la vida nos detenga de alguna manera cruel?
9. Cuando Marty Supremo termina, lloramos y nos convertimos en él. Lloramos con Marty en el Boulevard de los sueños rotos, que es esa calle infinita en donde creíamos que no ibamos a fracasar. Y fracasamos monumentalmente con una idea: somos infinitesimalmente pequeños como para que el mundo nos recuerde. Y elegimos pensar que, alguna vez, una vida nueva va a redimir (cruelmente) aquello que nunca pudimos o supimos ser: eternamente jóvenes.

