National Gallery
EE.UU., 2014, 180′
Dirigida por Frederick Wiseman

La mosca en la pared 

Por Sebastián Rosal 

La máquina Wiseman funcionando a pleno, o lo que es lo mismo: la refutación, la excepción a la regla que niega la posibilidad de la mosca en la pared para el registro documental. La excusa esta vez es la National Gallery, la centenaria pinacoteca británica ubicada en Trafalgar Square. El comienzo es el de siempre: la ciudad, el barrio, la plaza, el edificio elegido tomado desde el exterior, desde la visión pública, y el ingreso para no volver a salir. Una vez allí, no habrá nada nuevo en el método utilizado, y nadie debería pedirle tal cosa tampoco, vistos los resultados: el mismo registro paciente de siempre para con todos los elementos que hacen a la vida de una institución de semejante tamaño, y una cámara-escalpelo que se vuelve invisible, logrando que todas las puertas se abran. Todos hablan o se muestran por si mismos, sin entrevistas ni intertítulos, conformando un puzzle que lenta pero fluidamente se va ensamblando hasta construir la imagen total. Así, es posible ver desde las discusiones del directorio acerca de las partidas presupuestarias hasta el trabajo del personal de limpieza, o  ese artesano que, con el mismo amor y obsesión del propio cineasta, fabrica marcos de cuadros con las técnicas propias de varios siglos atrás.Sin embargo, en National Gallery algo novedoso se filtra, algo que se aparta del habitual foco sobre la dinámica funcional de la institución elegida y que se desplaza hacia el propio material del que dispone el museo, cuando las discusiones sobre la representación en la pintura ocupan el centro de la escena. Eso también es parte de la maquinaria usual de Wiseman, su razón de ser, si se quiere: que la tersura de las imágenes, que su amabilidad sin condescendencia establezcan un diálogo entre el adentro y el afuera de la película, un camino de ida y vuelta entre la representación y lo representado (y aquí contaba con un extraordinario material visual, en esos cuadros que tanto como piden ser mirados también obligan a una reflexión sobre la propia mirada). Por eso también es que al director del museo le bastan un par de apariciones para convertirse en el centro gravitacional alrededor del cual los demás giran: cuando se empeña en no aceptar que la maratón de Londres termine en las escalinatas del edificio, porque eso afectaría al público de la Galería; o cuando irónicamente propone que la institución celebre el Año Nuevo Chino, lo que está haciendo es establecer una discusión en torno a los alcances de la masificación de las actividades de una institución cultural, en tanto y en cuanto hagan o no mella en la calidad y en el rigor de las mismas. Frente al avance incontenible del marketing y la publicidad, hay un punto en el que lo que queda es resistir. Ni más ni menos que el mismo tipo de resistencia silenciosa pero tenaz que nos propone Wiseman con su cine.

Publicado originalmente en rock & pong cine, diciembre de 2014.

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