Porto
Portugal, 2016, 76′
Dirigida por Gabe Klinger
Con Anton Yelchin, Lucie Lucas, Paulo Calatré, Chantal Akerman, Florie Auclerc-Vialens, Françoise Lebrun, Aude Pépin, Filomena Gigante, Diana de Sousa, Rita Pinheiro

Dos días en la vida

Por Federico Karstulovich

Plagado de intensidades. Así es el melodrama, que usualmente juega a construirnos un artificio del que conocemos todas las reglas. “Las almas que se creen gemelas están condenadas a ser incompatibles” es la inversión perfecta de la lógica de la comedia romántica. Bueno, sobre esa certeza de incompatibilidad entramos igual, como caballos a un establo con heno.

Porto no es otra cosa, ni más ni menos que un melodrama pequeño, hecho y derecho. Un melodrama afrancesado en el que resuenan los ecos de influencias como las del cine francés de la post-nouvelle vague, particularmente el cine de Jean Eustache pero también el de Phillipe Garrel. Ese cine, el cine francés de los setentas, ponía el cuerpo como una manera de exorcizar la incapacidad de hablar con verdad, porque a veces la boca dice cosas que el cuerpo no siente. Bueno, en alguna medida, sobre esa disociación (y sobre el trauma de darse de lleno contra una pared a 300km de amor por hora) habla la película de Klinger.

One night stand mis polainas: lo conmovedor de la película es que lo que tiene de melodrama también lo tiene de verdad. Porque si bien sabemos que las cosas no pueden sino terminar mal, muy mal, así y todo decidimos creerles a sus dos protagonistas. Decidimos creerles que hay mas que sexo en esa cama, que esa intensidad puede expandirse más de la cuenta, más de la hora. Por eso la película trabaja con la extensión de los planos en tiempo real como si, en alguna medida, nos quisiera meter de lleno a vivir en ese mundo habitable (mundo de insectos: dura algunas horas, pero para ellos es toda una vida). De ahí lo conmovedor: lograr convencernos por enésima vez que esa cosa llamada amor es posible, incluso en las condiciones más desfavorables.

Frente al hechizo acabado, entonces, se re impone el montaje que vuelve a hacer pedazos (literal y cinematográficamente) la unidad de ese mundo de planos largos en profundidad de campo, de planos cenitales. Por eso la película también está estructurada en la oscilación entre lo que pudo haber sido y lo que, en definitiva, fue. Por eso, luego de que el hechizo se disuelva -como si Anton Yelchin (QEPD) fuera una versión masculina, flaca y desgarbada, pero a la vez manteniendo el mismo nivel de desazón que la protagonista de El eclipse (Michelangelo Antonioni, 1962)-, lo único que queda es recorrer el espacio, agotarlo, sacarle jugo como a una piedra, para, finalmente, volver a aceptar que los micro mundos pueden albergar felicidad, si. Pero no somos insectos como para vivirlos como una vida entera.

 

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